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Argemino Barro

Los «intelectuales oscuros» de Estados Unidos

«La última paradoja es que muchos de estos intelectuales, pese a no gozar en general (cada caso es distinto) del favor de los grandes baluartes periodísticos, son extremadamente exitosos»

Opinión

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Los «intelectuales oscuros» de Estados Unidos
Rebel Wisdom Wikimedia Commons

La universidad estatal de Evergreen, en el estado de Washington, celebra desde los años setenta el llamado Día de Ausencia: un día de abril en el que los estudiantes de color no acuden al campus. Una forma simbólica de demostrarle a la sociedad que su labor cuenta, y que, cuando ellos no están, las cosas no funcionan como es debido.

En abril de 2017, sin embargo, un comité universitario decidió que ese año el Día de Ausencia sería distinto: en lugar de ser los alumnos y profesores de color quienes se ausentasen del campus, esta vez se pidió que fuesen los blancos.

El profesor de biología evolutiva Bret Weinstein, que llevaba 14 años dando clase en Evergreen, rechazó la propuesta en un email donde acusaba al comité de querer hacer una «demostración de fuerza» y de dictar unas instrucciones a otro grupo, en base, además, a criterios raciales. «Hay una diferencia muy grande entre cuando la gente decide ausentarse, ella misma, de un espacio compartido, para hacer una declaración, lo cual apoyo… Y cuando decide que sean otros los que se ausenten, a lo cual me opongo absolutamente», declararía Weinsten después de la tormenta.

El profesor ya había manifestado su disconformidad con el cariz que estaban tomando las cosas en Evergreen. Un año y medio antes, la rectoría anunció la creación de un «Consejo de Equidad», cuyos planes, entre otros, consistían en incorporar la perspectiva racial a la enseñanza de todas las materias, impartir talleres obligatorios de «anti-sesgo» a los trabajadores y profesores del campus, y exigir, por contrato, que los profesores incorporasen a su evalución anual una reflexión sobre su supuesto racismo. Premisas que los miembros de Evergreen acabaron jurando públicamente, durante un ritual en el que, con el sonido del oleaje y de música de tambores indígenas, se subían a una «canoa» imaginaria: la metáfora del viaje hacia ese paraíso llamado «Equidad» que estaban a punto de emprender.

Weinstein y su mujer, la también profesora Heather Heying, fueron de los pocos que se atrevieron a llamar la atención sobre el autoritarismo que se estaba imponiendo en la universidad, donde la libertad de expresión había sido reemplazada por una nueva ortodoxia racial en la que ya no había lugar para el debate. Ahí empezaron sus problemas. Pero fue el Día de Ausencia, finalmente, lo que encendió el volcán.

«Oh, vas a usar conmigo tu mierda racionalista. ¡Que te jodan, tío!», se escucha decir a una estudiante de la cincuentena que se presentaron en la puerta de la clase de Weinstein, a quien acorralaron y emperazon a llamar «traidor» y «pedazo de mierda», entre otros improperios. Le exigían que se disculpase públicamente por el efecto que su email había tenido en los estudiantes de color y que dimitiese de su puesto. Weinstein se negó, pero trató de razonar en medio de las amenazas y los cánticos.

La turba irrumpió con megáfonos en reuniones de profesores, gritándoles y manteniéndolos cautivos en la sala, como se puede ver en este documental sobre los sucesos. Algunos docentes, con un hilillo de voz, preguntaron si podían por favor irse a sus casas, balbuceando disculpas por sus crímenes racistas imaginarios, en una de las universidades más bucólicas y progresistas de Estados Unidos.

El rector, George Summer Bridges, que había aceptado, aplicado y agradecido todos aquellos ritos del Consejo de Equidad, también fue retenido en su despacho. Los estudiantes le gritaron que no moviese las manos al hablar, porque se sentían amenazados. Bridges les prometió que tomaría medidas contra los profesores que, como Weinstein, no habían sido convertidos a la ortodoxia. «Los traeremos, los adiestraremos, y, si no lo pillan, los sancionaremos», les dijo. Cuando Bridges preguntó a sus secuestradores si podía ir al baño, estos se rieron de él, pero al final le permitieron ir. Con una escolta para que no se escapase.

Aún así, Bridges dio orden a la policía del campus de que no actuase contra los estudiantes. Durante el tumulto, que duró varios días, Weinstein recibió una llamada de la policía diciéndole que ni se le ocurriera pisar la universidad. La turba, armada con bates de béisbol, andaba buscándolo, y la policía del campus había recibido instrucciones del rector de no mover ni un dedo contra el alumnado.

Pese al peligro, Weinstein no renunció a dar sus clases, que trasladó, por seguridad, a un parque público de fuera del campus (ninguno de sus estudiantes era parte de la turba; algunos, de color, dieron la cara por él y lo defendieron; a estos se les acosó igualmente y se les tachó de «traidores raciales»).

Esta es la historia, en versión muy corta, de los sucesos de Evergreen en 2017. Bret Weinstein y Heying no tuvieron otra opción que abandonar sus puestos, no sin antes denunciar al rectorado por haber puesto en peligro su integridad física y recibir una compensación de 500.000 dólares. El matrimonio y sus hijos se mudaron a otra población por motivos de seguridad.

Lo curioso es que estos graves incidentes, que obligaron a celebrar la graduación en un estadio lejano con todo tipo de medidas de seguridad, como un detector de metales, apenas recibieron cobertura en los grandes medios de comunicación. Casi un mes después, este artículo del New York Times pasaba por encima obviando importantes detalles, como el contexto del Consejo de Equidad y cómo esta ideología, ya desde 2015, había tomado posesión de los órganos de Evergreen.

The Huffington Post hizo una caricatura: parece que todo se desencadenó por una caprichosa rabieta de Weinstein, seguida por la reacción de unos estudiantes justificadamente agobiados por la reciente victoria de Donald Trump y el ascenso de la ultraderecha, que aprovechó lo ocurrido en Evergreen para proferir sus amenazas y presentarse armada en la universidad. Los extremos no solo se tocan; se necesitan.

El único que prestó un oído amistoso a Weinstein, paradójicamente, fue Tucker Carlson, de Fox News, siempre dispuesto a coger cualquier cosa negativa de la izquierda y transformarla en una siniestra, irreparable hecatombe.

Es paradójico porque Bret Weinstein es un izquierdista de toda la vida. Un reconocido progresista, participante de movimientos como Occupy Wall Street, simpatizante en 2016 del socialista Bernie Sanders, crítico con el capitalismo y el sector financiero y ardiente defensor de una reforma social profunda que reduzca la desigualdad, de la que, en su opinión, emana una gran parte del racismo en EEUU.

Pero Weinsten se había colocado en una situación imposible: el dogma lo había tildado de racista, y ese es un estigma prácticamente imborrable. Hoy, Weinstein y Hayar son una especie de parias: se han convertido en material tóxico para la mayoría de las universidades de Estados Unidos, temerosas de que tenerlos a bordo pudiera despertar de nuevo las iras de los jóvenes identitarios.

Su alternativa ha sido crear un podcast para hablar de biología evolutiva, y de fanatismo, censura y otras de las lacras que vivió en aquella primavera. El hermano de Weinstein, Eric Weinstein, inversor y Doctor en física matemática, también se ha dado a la vida pública online, solo que en una versión algo más mamporrera. Eric, y aquí es donde cobra sentido el título de este artículo, acuñó el nombre de “Web intelectual oscura” para referirse a los pocos pensadores que, como él y su hermano, debaten en los márgenes de los medios tradicionales: aparentemente plagados por los tabús de la corrección política que les habría hecho evitar el tema Evergreen.

Otra figura que también cabalga fuera de los límites de lo «aceptable» es Jordan Peterson, el psicólogo clínico canadiense que saltó a la fama por un caso parecido al de Bret Weinstein, y que desde entonces no aparece en un diario mainstream sin ir acompañado de la palabra «pseudociencia» y de ser retratado como el supuesto santo patrón de los hombres vírgenes de cuarenta años.

Joe Rogan, el cómico experto en artes marciales y entrevistador, también está en la lista. Dado que ha llevado a su programa a Weinstein, Peterson y otros enemigos de lo políticamente correcto, a Rogan se le ha llegado a asociar incluso con la extrema derecha, lo cual le solía poner enfermo (hasta que dejó de mirar Twitter). El supuestamente ultraderechista Rogan ha sido otro progre de siempre, en cuestiones como sanidad, educación, uso de la marihuana, rechazo de la violencia policial, etcétera, etcétera. En 2020 dio su apoyo público a Bernie Sanders. “¡No he votado a la derecha en mi vida!”, le dijo a Bill Maher durante una entrevista el año pasado.

También se suele añadir a este grupo informal a Jonathan Haidt, profesor de Yale y uno de los más activos críticos de la censura identitaria; Steven Pinker, de Harvard; Sam Harris, filósofo, neurocientífico y autor de un famoso podcast; el divulgador británico Maajid Nawaz, la Doctora en filosofía y experta en neurociencia sexual, Debra W. Soh, o la filósofa conservadora Christina Hoff Sommers.

La palabra «oscuro» quizás no ayude a abrillantar mucho el perfil de estos renegados, pero lo cierto es que tiene su deliberada ironía. Así empezaba un artículo de la periodista Bari Weiss sobre estos intelectuales en 2018:

«Estas son algunas de las cosas que escucharás cuando te sientes a cenar con la vanguardia de la Web Oscura Intelectual: hay diferencias biológicas fundamentales entre hombres y mujeres. La libertad de expresión está bajo asalto. La política identitaria es una ideología tóxica que está deshaciendo la sociedad americana. Y estamos en un lugar peligroso si estas ideas son consideradas ‘oscuras’».

Dos años después de escribir este artículo, Bari Weiss, que había sido contratada por el Times para explorar las opiniones conservadoras de Estados Unidos, dejó el diario acosada, según su testimonio, por sus compañeros de redacción, que la llegaron a tildar de «nazi» (Weiss es judía) y de «racista» por textos como ese.

La última paradoja es que muchos de estos intelectuales, pese a no gozar en general (cada caso es distinto) del favor de los grandes baluartes periodísticos, son extremadamente exitosos. El villano Peterson lleva sumados unos 700 millones de visitas en su canal de Youtube, lo cual equivale a una sólida porción del género humano; Weinstein está haciendo despegar su podcast, y las 10 entrevistas más exitosas de Joe Rogan han sido vistas por 210 millones de personas.

Cifras que quizás estén transmitiendo un mensaje sobre las audiencias.

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