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José García Domínguez

El 100 cumpleaños de nuestros comunistas

«El problema del comunismo no está en un solar urbanizable de las afueras de Galapagar, sino en la naturaleza profunda del homo sapiens»

Opinión

El 100 cumpleaños de nuestros comunistas
Steve Harvey Unsplash

Con los grandes conceptos políticos de la Modernidad ocurre en la opinión publicada española algo demasiado parecido a aquello tan célebre de mi paisano y vecino Valle. Recuérdese: «La Vida es un magro puchero; la Muerte, una carantoña ensabanada que enseña los dientes; el Infierno, un calderón de aceite albando donde los pecadores se achicharran como boquerones…».

Así, la efeméride del 100 cumpleaños de la mayor parte de los partidos comunistas europeos occidentales -verbigracia el español, el francés, el portugués y el italiano, fundados los cuatro a lo largo de 1921-, a su vez todos ellos escisiones por la izquierda de sus respectivas organizaciones socialistas nacionales, está siendo aprovechada aquí para verter muy profundas y agudas cogitaciones a propósito de cierta póliza hipotecaria, la suscrita en una cooperativa de crédito barcelonesa por el señor Iglesias y la madre de sus hijos, destinada a adquirir un chalé, ese dotado de un lago artificial algo hortera, en las afueras de Madrid. Y es que la definitiva carga de profundidad crítica contra el comunismo remite a que el cesante Iglesias no vive debajo de un puente como, al parecer, será su obligación. Argumento manido, el del célebre casoplón de Galapagar, que, sin duda de modo inconsciente, viene a reafirmar por parte de los esforzados publicistas de la derecha la arraigada creencia en la superioridad moral de la izquierda.

Al cabo, la suprema acusación que nuestra prensa de derechas lanza todos los días contra el líder de Podemos es la de no comportarse en su vida personal y privada como un auténtico comunista. Lo que se le afea a Iglesias no es, pues, su presunto comunismo sino, bien al contrario, que actúe como alguien que no fuera en absoluto comunista. Una línea de pensamiento, la que podríamos llamar doctrina Galapagar, que encierra en su núcleo argumental una defensa cerrada del comunismo en tanto que credo liberador, si bien traicionado por los dirigentes políticos que estaban llamados a ponerlo en práctica. Al igual que Iglesias aquí y ahora, los malvados serían los jerarcas de las distintas nomenklaturas que controlaron los regímenes del socialismo real, no el ideal comunista en sí, que resultaría de ese modo absuelto por el tribunal de la Historia. De ahí lo pertinente de preguntarse si los comunistas, en el poder durante medio siglo en la difunta Unión Soviética y en la Europa del Este, se condujeron o no con fidelidad a los principios igualitarios inspiradores de su filosofía toda. Y la respuesta es que sí, que en lo fundamental los países comunistas del bloque soviético actuaron con genuina lealtad a los principios igualitarios de la doctrina socialista revolucionaria.

Naturalmente, los popes del partido vivían rodeados de privilegios materiales vedados a la población general, pero los jerarcas del partido no dejaban de constituir una pequeña minoría insignificante en términos absolutos. El comunismo fracasó no por traicionar sus ideales, como sugieren ahora de modo implícito tantos cráneos privilegiados de la derecha hispana, sino por haber sido fiel a ellos. Porque en los países comunistas la igualdad efectiva fue algo real y tangible, no una quimera ideológica. Al punto que nunca han existido sociedades en la era moderna y contemporánea más igualitarias que las comunistas. El drama para el comunismo reside ahí, en que sus principios sí se respetaron realmente. Branco Milanovic, acaso el mayor especialista mundial en desigualdad, ha calculado que las naciones comunistas eran un 25% más igualitarias que los países nórdicos de Europa, el ejemplo máximo de igualitarismo socialdemócrata dentro del ámbito capitalista. El comunismo fracasó no pese a ser igualitario, sino por ser igualitario. Fue un enorme experimento histórico que a la postre sirvió para demostrar dos cosas. La primera, que la igualdad, esa vieja utopía tan soñada, era posible. La segunda, que la igualdad llevada a su extremo, justo lo que reclamaba la utopía, destruye los incentivos para el trabajo por los que se mueve la condición humana. Por eso el estancamiento crónico al que, pese a todos los esfuerzos por superarlo, que fueron muchos y muy variados, se vio abocado el bloque soviético desde el día siguiente mismo del golpe de Estado de Lenin contra Kérenski. No, el problema del comunismo no está en un solar urbanizable de las afueras de Galapagar, sino en la naturaleza profunda del homo sapiens.

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