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José Carlos Llop

Berlanguiana

«El cine de Berlanga también estructura y define España, nos ordena desde su humor y al fondo está el Goya previo a las pinturas negras, no un humorista cualquiera»

Opinión

Berlanguiana
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A Luis García Berlanga le gustaba la palabra austrohúngaro y la metía de rondón en sus películas, como se metía Hitchcock al comienzo de las suyas, viniera o no a cuento. Esto, más o menos, es lo que se ha dicho de su afición por la esdrújula centroeuropea: una cuestión de gracia y de eco en el paladar. Pero creo que hay más. Berlanga retrató como nadie su nación, España. O mejor: la retrató todo lo bien que la retrataron Valle-Inclán –sobre todo, Valle-Inclán– y algunos otros. Y al mismo tiempo su patria chica, su país, Valencia, le dio las maneras, el estilo, para hacerlo. Sensualidad, humor y desmesura, fueron tres de ellas. Pero, además, debió de ser Valencia la que incubó en Berlanga su afición austrohúngara: desde la herencia de moros y cristianos –o la amenaza turca para el imperio austríaco– hasta sus dos lenguas, como tantas había en los territorios de Francisco José.

Es posible –la hipótesis quizá sea equivocada– que estas cosas contribuyeran a que su mirada sobre España, su nación, repito, sin olvidarnos del cine, que también era su nación, fuera una mirada de nación de países, empezando por el suyo natal. Y que fuera esto lo que le inclinara por sus citas austrohúngaras como aceite para todas las ensaladas. En cuanto a la sensualidad mencionada, pensemos en la prosa de Gabriel Miró, de Juan Gil-Albert –nunca suficientemente valorada y es de lo mejor que hubo en el XX español– o de Manuel Vicent, sin olvidar tampoco la música o el sentido de la armonía del levantino, aunque se haya convertido en puro tópico. Y si pensamos en la desmesura ahí está la grafomanía y la capacidad de acción –viajero, periodista, político además de novelista– de Vicente Blasco Ibáñez, como están el barroquismo humorístico y las hogueras de las Fallas, o el excitante –dicen los propios– estruendo de la mascletá. Todo eso también es el humus berlanguiano y su acepción austrohúngara.

El imperio austrohúngaro lo enterró la Gran Guerra y yo descubrí a Berlanga con Novio a la vista, una película realizada a medias con Bardem, cuyo trasfondo era la Guerra del 14 y la relación entre germanófilos y aliadófilos en el verano de San Sebastián durante el conflicto bélico y los primeros amores. La recuerdo descacharrante –yo debía de tener doce o trece años y no paré de reír– y la recuerdo también agradecido por la enseñanza que los ciclos cinematográficos de TVE –en la cadena UHF– supusieron para varias generaciones como escuela. Novio a la vista fue una de mis primeras y gratas lecciones. A partir de ahí empezó mi devoción berlanguiana hasta llegar a la conclusión de que si Italia tenía a Fellini, nosotros a Berlanga y nada que envidiar a los de Cinecittá. Aparte de que Fellini y Berlanga son algo así como primos hermanos y su relación con el erotomanía aún los hace más familiares entre sí.

Contaba José Luis de Vilallonga que Fellini tenía una amiga romana que poseía un culo bellísimo y que el realizador italiano acostumbraba a visitarla casi diariamente, entre otras cosas, para contemplar esa parte de su anatomía. ‘Una giornata senza quel culo é una giornata senza sole’, acostumbraba a decir Fellini, y su debilidad cómplice por Milo Manara, subraya esa afición. Berlanga, por su parte, fue el alma mater de la colección de literatura erótica que fundó Beatriz de Moura en Tusquets, ‘La sonrisa vertical’, y gran parte de sus libros, al menos de los primeros publicados –de Las memorias de una cantante alemana a Histoire d’O o alguno que otro del poeta Pierre Louys– salían de la bien surtida biblioteca del cineasta valenciano.

Pero volvamos al cine, si es que nos hemos ido de él y no vivimos para siempre en lo que nos da y ha dado. Antes he citado a Valle y Valle está también detrás de Berlanga, como está, de alguna manera, Goya. No el Goya de Saura, sino el Goya más joven, el de Pierre Michon, por ejemplo, aunque Berlanga desconociera –que no lo sé– a Michon. Me refiero a que el cine de Berlanga también estructura y define España, nos ordena desde su humor y al fondo está el Goya previo a las pinturas negras, no un humorista cualquiera. Como están Luces de Bohemia o La reina Castiza. De El verdugo a La vaquilla, todo cabe –y todos cabemos– en el retablo berlanguiano, pero donde esté la trilogía de La escopeta nacional y el personaje del marqués de Leguineche o el papelón de Sazatornil –no olvido a los demás– está la gloria.

A saber qué nos habrá dejado en la Caja de Las Letras el burlón Berlanga. Un mes falta para conocerlo.

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