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Álvaro del Castaño

Pánicos morales

«Así, el Gran Inquisidor del siglo XXI es la cultura totalitaria de lo políticamente correcto, que se ha erigido en una nueva religión obligatoria y asfixiante»

Opinión

Pánicos morales
Editorial Traficantes de Sueños Wikimedia Commons

Existe un sangriento campo de batalla en el que un bando vive enzarzado en una guerra cultural, donde no se hacen prisioneros, y que deja un reguero de víctimas inocentes a su paso. Ese espacio está lleno de minas y hay que ir con cuidado. Hoy voy a intentar transitar entre ellas procurando evitar que me explote una en la cara.

Para empezar, yo no creo – y no quiero – pertenecer a ningún «bando», ni a ninguna «tribu». No siento que pertenezca a una identidad específica, ni que mis ideas, sexualidad, opiniones políticas, gustos, intereses, ni aficiones me definan como ser humano. Cuando creo que tengo fuertes lazos con algún bando me doy cuenta enseguida de que disiento en muchas cosas de mis correligionarios, e intuitivamente me alejo de ellos. Paradójicamente, cuando abandono la tribu y me alejo de mi zona de comfort, me doy cuenta de que comparto muchas cosas con ellos y siento cierto desamparo. Cosas del homo sapiens… En este sentido es interesante recordar las palabras de Simone de Beauvoir para que nos hagan reflexionar, «que nada nos limite, que nada nos defina, que nada nos sujete, que la libertad sea nuestra propia sustancia».

Creo firmemente que hay que tener creencias, opiniones, aficiones, gustos que te integren en la sociedad, que no te segreguen de ella. La profunda creencia en la libertad te integra en la sociedad. Creo en la tolerancia y en el contacto amistoso con otros ideales y formas de ver la vida, en el intercambio de opiniones bien fundamentadas. Creo en que se puede cambiar de opinión y que eso enriquece, y sobre todo (como ya he dicho antes en estas páginas), estoy firmemente convencido de que no siempre se tiene la razón pese a que uno este convencido de lo contrario. Con estas premisas intento escuchar a los demás, recibo información diversa y la proceso.

Dicho esto, desgraciadamente se está consolidando en algunas áreas de la sociedad una cultura excluyente donde se libra la guerra citada al principio de mi ventana. Esto provoca que mucha gente empiece a sentir temor a expresar sus ideas en libertad, y que se considere una especie en peligro de extinción, una rara avis bajo el ataque del gran bully extintor de nuestro tiempo: la ortodoxia acosadora. Hablo de esa parte de la élite intelectual, cultural, mediática y política que quiere discriminar en nombre de la no-discriminación. Este club del pensamiento único que no quiere que gente inteligente con convicciones propias y razonables exprese en libertad argumentos contrarios a sus dogmas, o que se compartan ideas y se disfruten aficiones que chocan con su credo. Sus armas son la censura, el linchamiento y el boicot públicos vía juicio sumarísimo sin jueces ni argumentos, puro eslogan. Su único objetivo es humillar a la víctima y arruinar su reputación, buscando en el mejor caso un patético arrepentimiento público de esta. Es decir, que se renuncie al criterio propio para conseguir la falsa aceptación de una mayoría. Quiere imponer su supuesta superioridad intelectual y moral. La escritora y poeta afroamericana Maya Angelou ya nos avisó, «el odio ha causado muchos problemas en el mundo, pero no ha resuelto ninguno».

Para explicar este fenómeno, quiero retrotraerme a la investigación del profesor Stanley Cohen, allá por los años 70 del siglo pasado (en su libro Demonios Populares y Pánicos Morales). Cohen explicó que cada generación tiene sus «pánicos morales», proceso por el cual los grandes grupos de comunicación y grupos políticos deciden definir a un grupo o a unas ideas como una amenaza para los valores de la sociedad. Cohen describió en su análisis cómo estos grupos o ideas terminan siendo demonizados y marginados en la imaginación popular, evitando así un debate racional al respecto. Así, el Gran Inquisidor del siglo XXI es la cultura totalitaria de lo políticamente correcto, que se ha erigido en una nueva religión obligatoria y asfixiante. Es el origen de la cultura de cancelación, que persigue sin misericordia a los que defieren de sus nuevos mandamientos. Impide la libertad de expresión, la creatividad y el progreso. Dicha cultura se basa en el eslogan fácil, en la falta de reflexión, y en la falta de concordia.

Pese a que esta energía inquisitoria tradicionalmente se asociaba al conservadurismo y sus instituciones, paradójicamente la marea ha cambiado su tendencia. Ahora parece que es la izquierda la que impone su ortodoxia, bajo pena de acoso. Recordemos al nutrido grupo de intelectuales de izquierdas que escribió en EEUU un manifiesto el año pasado en la revista Harper’s contra esta dinámica autoritaria emergente en la izquierda. Esta declaración tuvo un gran eco pero fue recibida por los líderes de la cultura de la cancelación con odio y censura contra sus firmantes. Este movimiento de rechazo tuvo en España eco, bajo forma de una carta de apoyo firmada por un nutrido grupo de intelectuales que también denunciaron esta nueva inquisición (entre ellos Vargas Llosa, Arcadi Espada, Zoe Valdés, y el finalmente víctima de una pseudo «cancelación» – como cuento a continuación – Ovejero).

En España, esta tendencia, afortunadamente (pues somos bastante reacios a las gilipolleces), se ha encontrado con una gran resistencia de la sociedad. Pese a todo existen ejemplos claros como los recientes hechos ocurridos contra el citado Ovejero, y su «cancelación» de su cuenta de Facebook por la tecnológica (más tarde restaurada como «error»), o el intento de descrédito, absolutamente descerebrado por parte de un partido político contra Trapiello por su «revisionismo histórico». También incluyo en esta lista a Miguel Bosé, por la campaña de acoso que ha sufrido por sus ideas negacionistas (estemos de acuerdo o no) sobre el COVID-19, a muchos no nacionalistas víctimas del acoso del independentismo, o al difunto torero Víctor Barrio que fue crucificado en las redes tras su trágica muerte en los ruedos.

Dicho esto, y reconociendo que aun queda mucho camino por andar en la concienciación de la sociedad de cara a múltiples causas muy relevantes (discriminación racial, sexual, de género, protección de la naturaleza, por citar las más obvias) y que merecen todo mi apoyo, apelo a las gentes y activistas de buena fe que están incurriendo inconscientemente en la política de vaporización de las ideas que no comparten, y que impulsan la cultura de la cancelación (o hacen seguidismo de esta) a que reflexionen sobre sus propios sesgos, y sobre las consecuencias de sus actos. No se puede silenciar a la gente por no compartir las mismas ideas. Hay que estar abierto al mundo, tener una mente ágil para poder pensar y hacer el esfuerzo intelectual de disentir. Hay que estar alerta a las diferencias y diferenciar el mensajero del mensaje, y al artista de la obra de arte. A todos los iluminados de la verdad única les encomiendo a que no mancillen el buen nombre de las causas que persiguen, que no utilicen a las minorías marginadas (que tanto han sufrido y sufren) discriminando a otros en su nombre, o creando problemas, problemos o problemes donde no los hay, distrayendo a la opinión pública del verdadero foco de atención. Que no conviertan a causas nobles y a víctimas inocentes en verdugos. Estos excluyentes buscan solamente su propio beneficio, que no es otro que el de imponer una doctrina y medrar tristemente en política.

Acordémonos de las palabras del novelista británico George Orwell, «la libertad de expresión es decir aquello que la gente no quiere oír», o del intelectual norteamericano de izquierdas Noam Chomsky (firmante del manifiesto de Harper’s), «si no creemos en la libertad de expresión de aquellos que despreciamos, no creemos en ella en absoluto». En esta sociedad cabemos todos, y en la diversidad (bidireccional, por supuesto) nos hacemos mejores los unos a los otros.

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