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Cristina Casabón

La España sepia y su política distópica

«La izquierda ha ido mutando los planteamientos teóricos marxistas que movilizaban al voto obrero y deslizándolos al plano de las identidades»

Opinión

La España sepia y su política distópica
Fernando Alvarado EFE

Hay una España en sepia, nostálgica, decepcionada y cansada de abstracciones grandilocuentes como la estrategia España 2050 que invitan a gestionar una eterna performance. Una España que madruga para fregar y planchar mientras sus políticos un día escenifican la exhumación de Franco en las televisiones y al día siguiente le hablan de la sustainability. Una España en proceso de desencantamiento con su política distópica. Quizás estamos asistiendo a un «desencantamiento», en el sentido que empleaba Max Weber, de muchos de los votantes que tradicionalmente se identificaban con la izquierda, al divorcio entre la política de escaparate y confeti retórico y el ciudadano normal.

Se evidencia una diferencia o brecha entre la opinión publicada y opinión pública (Ana Iris Simón dixit). Vemos que se ha producido un desencantamiento con algunos de los dogmas de la izquierda. El divorcio entre la ideología identitaria de las élites progresistas y las clases medias, entre la palabra autorizada y la que no debe expresarse, demuestra que el platonismo político de la izquierda está entrando en un periodo de crisis o desmitificación. Se ha producido una devaluación o pérdida de valor del misticismo presente en esta política y hay parte de los electores que perciben que estos liderazgos «ejecutivos y nítidos» no se ocupan de los problemas reales, sino que se dedican a la hiperbolización de un «futuro sostenible».

La izquierda ha ido mutando los planteamientos teóricos marxistas que movilizaban al voto obrero, al currante, y deslizándolos al plano de las identidades. Esto puede estar empezando a cansar a un electorado preocupado por problemas materiales, azotado por una pandemia y una nueva crisis económica que, además, ha tenido que comulgar con el relato políticamente correcto, esto es, La Verdad según la metanarrativa dominante de la opinión publicada. Hay una distorsión tal entre la opinión publicada de los medios mainstream y la opinión pública, que nos preguntamos si gran parte de discusión política e ideológica es un debate fantasma. La otra cuestión que surge es si esta política basada en lo identitario puede dar respuesta o representar los problemas de la mayoría.

De la supremacía a la desmitificación hay un recorrido, un proceso que algunos denominan «caerse del guindo». Algunas caídas son más lentas y dolorosas que otras, más en un ambiente en el que se intenta excluir la tímida voz del pobrecito hablador que empieza a incordiar con dudas y a expresar subjetividades desinhibidas. Los que se saltan los límites de lo políticamente correcto hoy son considerados personas non gratas, pero la desmitificación sigue su curso y cada vez más se suman a las filas de los intocables. No obstante, quien realmente vence los límites en el ámbito de la opinión publicada descubre, para su asombro, que no hay heroísmo alguno en escuchar un poco más a la vox populi y a la propia voz, como me comentaba un día Ana Iris.

Esta semana le ha tocado sufrir la turra de la cancelación a Ana Iris. Lo más bonito de esta historia es que la escritora tiene una visión genuina y una voz auténtica y, para colmo, dice ser de izquierdas. Pero antes tuvimos el caso de Guerra, la columna de Savater, la cancelación de Trapiello o el escándalo de Cercas, quien fue linchado por decir que España era una democracia. Todo esto forma parte de un mismo fenómeno de liberación de las subjetividades deshinibidas, pero también de declaraciones muy razonables y obvias. Se intenta superar la cultura asfixiante o hegemonía de la opinión publicada, y estas voces disonantes no siguen un discurso fabricado ni mainstream.

Lo más curioso es que el «pobrecito hablador» no se ha ideologizado, más bien se ha «humanizado» o normalizado, se ha producido un hartazgo por un exceso de ideología identitaria y corrección política. Vemos una España en sepia que se resiste a renunciar a un sentimiento de arraigo, de pertenencia a una comunidad de valores, que se manifiesta en contra de la miopía de la izquierda que no cree en la existencia de una nación democrática llamada España y ha comprado el relato de los nacionalismos periféricos. Hay una clase media que se siente desarraigada en su propio país, se resisten a dejar de ser españoles para abrazar una ideología woke o las fantasías distópicas del nacionalismo.

De toda la variedad de términos vaciados de significado con los que la izquierda se refiere a esta España nostálgica los más comunes son reaccionario y fascista. La gracia de este debate fabricado es que hace tiempo que algunos hemos superado psicológicamente el franquismo. Y al superar psicológicamente a Franco y la carga de una culpabilidad que no nos pertenece, hemos superado también, dando por arcaica, toda la superioridad moral de un relato político impostado. Una se pregunta dónde habría que situar la superioridad moral de la izquierda, actualmente.

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