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Carlos Mayoral

La infancia o la Formentera de Julio Verne

«Las primeras lecturas te acompañan como la patria de Rilke, como las cochinillas de humedad de Alberti, como el limonero maduro de Machado»

Opinión

La infancia o la Formentera de Julio Verne
Monumento a Julio Verne Wikimedia Commons

Recientemente, un investigador español, Nicolás Moragues, ha descubierto que la célebre isla misteriosa ideada por Julio Verne, la mítica isla Lincoln, está basada, ni más ni menos, que en el trazado y la localización de Formentera. Lo cierto es que, si uno observa el dibujo que el propio Verne realizó de la ínsula, y que Moragues ha recopilado en el curso de la investigación tras viajar a Nantes y bucear en el Fondo Jules Verne, casi coinciden cabo por cabo y golfo por golfo, isla de Espalmador incluida. No es la primera vez que las Baleares aparecen en la obra del genio de Nantes, pues por poner un ejemplo también se pasea por Mallorca en El rayo verde. Allí, en Sa Foradada, imaginó el novelista el último resplandor verde con el que el sol se despide del día. Por supuesto, el archipiélago también aparece en el trayecto que el Nautilus hace por medio mundo, o en Héctor Servadac y Clovis Dardentor, ya de manera más explícita.

En cualquier caso, leer a Verne es acudir a la infancia. Una infancia que no se pierde, que desafía el mero corsé temporal. Sobrevive no tanto por afán peterpanesco, cuanto por la capacidad que tienen las narraciones infantiles para mantenerse vivas en el imaginario. Las primeras lecturas te acompañan como la patria de Rilke, como las cochinillas de humedad de Alberti, como el limonero maduro de Machado. Lo que ocurre en la infancia se queda en la infancia, por mucho que traspase los límites del tiempo que le ha tocado vivir. Por eso, las narraciones de Verne, esas islas mágicas donde a última hora aparecía el capitán Nemo, esos volcanes por los que se podía llegar al centro de la tierra, esas vueltas al mundo en unas cuantas semanas se manifiestan cada cierto tiempo como un viejo lugar al que siempre se ha de volver.

Cuando leía la noticia que hablaba del descubrimiento de Nicolás Moragues, la certeza de que aquel terreno propio y vedado era real, algo dentro de mí se tambaleó. De pronto, la vieja isla que se mantenía intacta en aquel idealismo de juventud se corporeizaba. La imaginación y la verdad se tocaban, chocaban frontalmente. La mímesis tiene estas cosas, pese a todo, y es el principal encanto de la poética. Uno va articulando un mapa de sensaciones en el recorrido literario de su cabeza, donde el Londres de Dickens huele a humo y tierra mojada, el París de la Comedia Humana a revolución y piel de asno. Cuando años después visité París o Londres, algo de esa fábula se colaba por los pasillos de Heathrow o las aceras de los Elíseos. Algo parecido pasará de ahora en adelante con Formentera. Asediada por la infancia y sus lecturas, la perla de las Pitiusas ya nunca más será quien fue. Ha cruzado el umbral que la literatura traza entre la materialidad y la fantasía. Vivirá ahora a medio camino entre la realidad y la ficción.

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