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Argemino Barro

La economía del prestigio

«La neutralidad simplemente no existe; ha sido borrada del paisaje. O se milita en un extremo, o se milita en el otro. Solo cabe elegir bando.»

Opinión

La economía del prestigio
Kate Torline Unsplash

La legalización de la Iglesia en el siglo IV, de la mano del emperador Constantino, tuvo para la institución ventajas e inconvenientes. Las ventajas fueron mucho más obvias: protección oficial del Estado, propiedades, descuentos fiscales y, en el medio plazo, una total primacía religiosa. En pocas décadas los cristianos pasaron de ser vistos como una minoría de fanáticos, oportunos cabezas de turco, alimento ocasional de las piras y los leones, a conformar la mayoría confesional del imperio y controlar muchas de las palancas del poder terrenal.

En este proceso, sin embargo, la Iglesia perdió la que había sido su esencia, esa pátina de misterio que solo dan la clandestinidad y la rebelión, y que hacía que los cristianos se sintieran, en cierto modo, como un Pueblo Elegido. 

La creciente distancia entre los austeros, pacíficos y puritanos ideales cristianos, y sus acciones, integradas ahora en la corrupta realidad del imperio, hizo que apareciera la figura del anacoreta: el cristiano decidido a volver a las raíces, a la renuncia, a la vida sin mácula. Lejos de los pecados y placeres mundanos.

Una tierra prolífica de anacoretas fue Siria. Los anacoretas sirios andaban predicando por las calles, sucios, histriónicos, vestidos con pieles y tocados con una mata de pelo enredado que se había convertido en una polvorienta rasta.

Había un grupo de anacoretas a quienes llamaban los «estilitas», porque vivían sobre columnas (en griego, stylos). El más conocido de ellos fue Simeón el Estilita, que residió cerca de Alepo. Este señor buscó unas ruinas en el desierto, se subió a una columna, se puso en cuclillas y pasó allí (las cifras varían) de 32 a 40 años. 

Eso sí que era autorrenuncia, vivir en aquel cuadradito elevado, a merced del sol, la lluvia y los vientos, sin más sustento que el pan y la leche de cabra que le arrojaban los viandantes.

Pero, de todas las debilidades que venció Simeón el Estilita, capaz de superar las pruebas que le ponía el Diablo y de aguantar las más espantosas privaciones, hubo una que se le acabó resistiendo: la vanidad.

Simeón el Estilita se volvió famoso. Cada vez más cristianos y curiosos iban a verlo, atraídos por aquel hombrecillo sacrificado que vivía como un animal, de pie o en cuclillas, envuelto en una sucia pelambrera. Los peregrinos apoyaban una escalerilla en la columna de Simeón y trepaban para darle mensajes y hacerle peticiones, que él escuchaba por las tardes. 

A ojos del pueblo, Simeón conversaba con Dios

Su nombre se extendió por todo el imperio. El emperador Teodosio II escuchaba sus consejos. El Patriarca de Antioquía celebraba con él las liturgias y multitud de seguidores siguieron su ejemplo, subiéndose ellos mismos a sus propias columnas en las ruinas sirias.

Simeón el Estilita, en otras palabras, participaba en la llamada «economía del prestigio». De manera involuntaria o no, su sacrificio, al estar públicamente expuesto, le dio notoriedad y lo dotó de un poder extraordinario.

La economía del prestigio, según la interpretación del psicólogo social Jonathan Haidt, es «la red de valores y significados en la cual la gente compite por estatus». Un mercado que las redes sociales han hecho más amplio y fluido, con millones, o miles de millones, de contendientes a la caza de renombre.

Los anacoretas sirios pasearían hoy su renuncia por Instagram; sumarían millones de seguidores en todo el mundo, que recibirían su dieta diaria de fotografías de privaciones y prédicas en posturas difíciles. La cercanía a Dios tendría un mercado global. No habría ni que viajar al desierto de Alepo. Los mensajes de admiración y los ruegos podrían escribirse directamente al pie de las fotos.

Los estilitas, al menos, pasaban por dificultades reales. En la actual economía del prestigio, muchos de los actos públicos de devoción a determinados valores solo consisten en unas palabras tecleadas rápidamente en el teléfono móvil. Si la economía del prestigio tuviese una moneda, esto sería calderilla. El cambio suelto que se queda en el fondo del bolsillo del pantalón, mezclado con la pelusa.

¿Y qué tiene de malo la economía del prestigio? En principio nada. Estas manifestaciones públicas de compromiso no pueden hacer daño a nadie. Escribir un tuit o colocar un cartel en la ventana, si acaso, tendría un efecto neto positivo. Ligero, anecdótico, pero incremental. Mejor eso que no expresar nada en absoluto.

Jonathan Haidt, sin embargo, advierte de posibles inconvenientes.

Si la economía del prestigio se da en «grupos monomaníacos», es decir, en aquellos cuya ideología solo tiene una o dos dimensiones inequívocas y monocromáticas, una ideología maniquea, se pueden producir dos fenómenos funestos.

El primero es el «imperativo de la expansión»: entre los ideólogos se produce una competición a ver quién es más devoto de esos valores, de manera que, cada muestra pública de observancia, tiene que ser más extrema y ardiente que la anterior, más entusiasta que la del rival. Se produce así una especie de carrera armamentística que simplifica y fanatiza las ideas. Una espiral que las lleva a los más sórdidos extremos de maniqueísmo.

Haidt pone como ejemplo los escritos de Ibram X. Kendi, autor de cabecera de la ideología woke identitaria. Muchos otros antes que él han abogado por acabar con las múltiples injusticias raciales que todavía se cometen en Estados Unidos. Pero, en su afán de ir más allá, Kendi habría arrastrado estas posturas al nivel más agresivo de monomanía, viendo racismo en absolutamente todas las facetas de la existencia y pidiendo medidas draconianas ya, para ayer, en todos los órdenes. Kendi llega al punto de considerar que no es posible ser «no racista». Escribe:

«No existe tal cosa como una política no racista o racialmente neutral. Cada política en cada institución en cada comunidad en cada nación está produciendo o sosteniendo, o bien la inequidad racial, o bien la equidad entre grupos raciales». 

La neutralidad simplemente no existe; ha sido borrada del paisaje. O se milita en un extremo, o se milita en el otro. Solo cabe elegir bando.

Otro ejemplo reciente sería el hecho de que, en algunos círculos identitarios, decir la palabra «mujer» se ha vuelto políticamente incorrecto. El término permitido es «persona que da a luz» o «persona menstruante», ya que aplicar el término «mujer» a quienes tienen la capacidad biológica de procrear sería discriminar a aquellas que no la tienen, como las personas transgénero que también son mujeres. Una circunstancia que, desde fuera, puede generar confusión o duda, pero que para los iniciados solo es un paso más en la lucha por la igualdad.

Como consecuencia, según Haidt, aparece el segundo fenómeno: que los grupos monomaníacos se vuelven estúpidos. A medida que la economía del prestigio va simplificando las ideas, el cociente intelectual de los devotos puede bajar 10 o 20 puntos. La panoplia de detalles que enriquecen la vida, el debate, las perspectivas que se forman y evolucionan en derredor, se va reduciendo hasta que nos vemos, como Simeón el Estilita, atrapados en una estrecha columna conceptual. Un metro cuadrado de fanatismo y convicciones inamovibles.

Volviendo al ocaso del Imperio romano, otra tierra que también dio muchos anacoretas fue Egipto. En este caso, sin embargo, los anacoretas tendían a apartarse del mundo. Formaron comunidades ermitañas, que fueron el modelo de los futuros monasterios. Los estilitas duraron escasamente unas décadas. Los monasterios aguantan. Habían comprendido que la virtud se practica, no se publicita.

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