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Ricardo Dudda

Humor amarillo, o la interpretación de lo pop

«Para Sergio del Molino, uno intelectualiza ‘Los Simpson’ para perdonarse a sí mismo no haber leído a Dickens»

Opinión

Humor amarillo, o la interpretación de lo pop
EP

En una columna reciente en El País, el escritor Sergio del Molino se queja, a partir de un artículo de Janan Ganesh en el Financial Times, de la intelectualización de la cultura pop. Su tesis tiene parte de razón. Los estudios culturales y la sociología están obsesionados desde hace unas décadas con la cultura pop. La academia está repleta de análisis hermenéuticos sesudos de productos culturales populares cuya profundidad y aspiraciones intelectuales son nulas.

El debate de la alta y la baja cultura es exasperante y eterno. Por un lado están quienes piensan que la cultura hoy está en decadencia y anticipan la caída de Roma por culpa de Instagram y las películas de superhéroes. Hoy nadie se atrevería a publicar a Faulkner, se dice, un contrafáctico incomprobable e irrefutable: ni siquiera es falso. En el otro bando están quienes, como sintiéndose culpables, para justificar su ocio (aunque el ocio, como el deseo, a menudo es inexplicable), tienen que intelectualizarlo: Los Vengadores es la Ilíada moderna.

Del Molino está en el primer bando. Critica que «toda esa retórica con la que hablamos de la tele (como fenómeno popular por antonomasia), los cómics, el pop y el cine que no quiere ser arte ni ensayo no es más que pedantería vacua para elevar a experiencias estéticas sublimes los placeres culpables». Su postura, a pesar de que es crítico de televisión, parece confundir forma con contenido: considera que hay formatos culturales, como la televisión o los cómics, que condicionan el contenido. Es decir, un cómic no puede ser tratado con el mismo respeto que una novela. ¡Tiene dibujos!

Por eso mete en el mismo saco a Peppa Pig con Los Simpson. ¡Ambos son dibujos animados! Da igual que la primera sea una serie infantil y la segunda (al menos hasta la temporada 9, por ser exactos) una crítica a la sociedad del espectáculo estadounidense de los años noventa. Y esto es así no porque yo fuerce la máquina y interprete la serie como un hermeneuta, semiólogo o sociólogo posmoderno. Es así porque la serie fue transparente en ello. Es así porque así se concibió al menos hasta que se abandonó y convirtió en una franquicia a la deriva.

«La erudición sobre Los Simpson puede tapar lagunas graves en cine y literatura», especula. Para el autor, este conocimiento sirve para «disimular que nunca se ha abierto un libro de Dickens». Es una reflexión absurda, imparodiable y un cliché. Un poco como quien utiliza el sintagma «refutar a Kant» como ejemplo de algo elevado. O como decir que uno no es Einstein para describir que no tiene muchas luces. Es una visión que uno tiene la tentación de tildar de boomer, con todo el subtexto, a veces injusto, que tiene el concepto: cerrazón y cabezonería que solo puede explicarse por un prejuicio generacional. Pero Del Molino es un intelectual nacido en 1979. Es el público potencial de Los Simpson desde el principio. Boomer no se nace, se hace.

Para el autor, si sabes mucho de Los Simpson (me declaro culpable) es que no sabes de cine y literatura, con mayúsculas. Es decir, uno intelectualiza Los Simpson para perdonarse a sí mismo no haber leído a Dickens (yo creo que funciona más Proust en la analogía; Dickens es demasiado accesible). Pero la serie no necesita intelectualizarse porque ya es intelectual. Y es intelectual de la mejor manera que creo que existe: siendo a la vez inteligente y entretenida.

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