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Ignacio Vidal-Folch

¿Sabe alguien de un empleo para Allegra?

«Tiene Boris la mala costumbre de predicar una cosa y practicar otra, recomendar a todo el mundo que se quede en casa para evitar que se extienda la covid, mientras él se toma unas deliciosas vacaciones»

Opinión

¿Sabe alguien de un empleo para Allegra?
Tolga Akmen|Reuters

Dice la prensa de Londres que es colosal el enfado de la gente contra el primer ministro Boris Johnson y ese enfado no responde tanto, según me ha parecido entender, a los múltiples casos de corrupción en su entorno más íntimo, sino sobre todo a las continuas mentiras en las que está siendo cazado y que están irritando hasta a sus más acérrimos seguidores. Tiene Boris la mala costumbre de predicar una cosa y practicar otra, recomendar a todo el mundo que se quede en casa para evitar que se extienda la COVID-19, mientras él se toma unas deliciosas vacaciones en el extranjero, ora en la isla de Mosquito, ora en Marbella: piscina y una camarero que le trae un refrescante cóctel. A fin de cuentas es cosa habitual en su Gobierno romper las normas que impone a la comunidad. Esto le va restando popularidad día tras día.  

Es conocida la resistencia de Johnson a las adversidades, es un hombre «resiliente», es pugnaz, es tenaz, es un hombre resistente, bien acorazado, tras la arrugada camisa blanca, en la grasa de sus propias mentiras, pero ahora, estas últimas semanas, parece que la distancia que media entre la retórica pública y la realidad privada se está volviendo inaceptable y hasta los diputados de su partido votan en el Parlamento contra las medidas que postula y lo ponen en serios aprietos y Boris parece descabalado y nervioso, hace muecas, se agita, sigue perorando enérgicamente pero se le escapan algunos gallos…

«Boris Johnson no tiene autoridad moral, igual que no tiene autoridad política sobre sus propios parlamentarios», editorializaba ayer The Guardian, criticando su complicidad con prácticas venales y sus mentiras continuas que, como vengo diciendo, parece que están crispando al personal, pues las promesas de más riqueza y prosperidad con las que desplazó a la señora May y ganó triunfalmente las elecciones hace un par de años no tienen visos de cumplirse, sino más bien al revés: aumentan las penalidades.

Hablo de Gran Bretaña por no hablar de nosotros. Esta situación tan desairada del amigo Boris nos invita a pensar en una de las causas más evidentes y elementales de descrédito de la clase política. (No es ahora el momento de hablar de la confianza que tenemos en la palabra periodística). O sea, la distancia entre lo que se dice y lo que se hace. Esa levedad vertiginosa de las palabras, en nuestro país, ¿no importa, puede ser impune? ¿De verdad no tiene consecuencias a largo plazo? No daré ahora ejemplos de contradicciones pintorescas que alguna vez sí han pasado factura al cobro. Pienso, por ejemplo, en esa práctica tan corriente de excusar las cosas escandalosas o las bravatas disparatadas que emite alguna figura pública, con el argumento, con la explicación de que esos disparates los ha pronunciado ante su propio público, ante sus fieles, ante su grey, pero son cosas que se dicen «para consumo interno», para tener a la tropa animada, y no hay que tomarlas al pie de la letra, pues a la hora de la verdad el bocazas se comportará con la debida sensatez.

El hombre político dice unas cosas cuando está en campaña, promete acciones determinadas y luego, una vez te has encaramado al poder parece que constatas que lo que prometiste es imposible cumplirlo. Y entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Renunciar al poder? Ni loco. Has embarcado a demasiada gente en la aventura, empezando por ti mismo, no puedes dejarlos tirados, te despedazarían, hay que seguir, hay que porfiar, aunque quede claro que mientes o que, como suele decirse piadosamente, «faltas a la verdad», lo cual, por otra parte, en el caso de que te preocupe, puedes olvidarlo en seguida, ya que te reclaman mil tareas urgentes y mucho más graves y decisivas que la opinión que tú mismo y los demás tengan de ti, trepilla. Creo que es una posición trágica la del hombre que se desmiente, pero acaso tú le veas al asunto la vis cómica —«¡en vaya lío me he metido! ¡A ver cómo salgo de esta!»—, le veas la gracia, y te encojas de hombros. Mientras el respetable ve crecer su desilusión, se siente y se sabe engañado, cree que ya no podrá fiarse de nadie más, al próximo que le venga con promesas y compromisos piensa escupirle.

Por no mencionar a los políticos españoles pienso en Boris, en su figura poderosa pero patética, con su rubio cabello cuidadosamente despeinado y su desaliño indumentario, sólo le falta la gorra para parecerse a Guillermo el Travieso envejecido. Boris y su cinismo. Supongo que tal como es, sabrá aguantar el descrédito y los editoriales censorios de la prensa. Es un mal rato que hay que pasar. La opinión pública es tornadiza y aguantará hasta que las circunstancias le permitan ejercer eficazmente sobre ella sus dotes de seductor.

Ahora bien, me impresiona la frase de su asesora, Allegra Stratton, contratada hace tres años para mejorar la imagen de Boris, y que ha tenido que dimitir al quedar demostrado que lo que ella trató de minimizar, entre risotadas, como «el habitual vino y queso» que Boris suele ofrecer a los suyos en el 10 de Downing Street al final de la semana, era, en realidad, una fiesta de tomo y lomo, en tiempos de restricciones y confinamiento. Al anunciar su inevitable dimisión ha dicho: «Me arrepentiré de esos comentarios el resto de mi vida y pido profundamente perdón a los británicos». Mira: del perdón de los británicos puedes abstenerte perfectamente, pues es un asunto que no le importa ni a los mismos británicos, lo único que quieren es que desaparezcas de la vista. Y en cuanto al arrepentimiento… no debería durar más de unas semanas. Lo demás es tomarse demasiado en serio. En vez de torturarte con estas cosas, strike another match, go start anew: enciende otra cerilla, empieza de nuevo, Allegra, olvídate de tus palabras, del queso y el vino, y de los británicos; mejor busca trabajo.

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