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Juan Marqués

La poesía joven ante 2022

«Ya no hay que discernir qué poetas son buenos y quiénes no tanto, sino simplemente quiénes son verdaderos poetas y quiénes no»

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La poesía joven ante 2022

Ed Robertson (Unsplash)

En la poesía española se ha llegado a un punto en el que ya no hay que discernir, como siempre, qué poetas eran buenos y quiénes no tanto, sino distinguir simplemente quiénes son verdaderos poetas y quiénes no, al margen del talento o la calidad de cada cual.

Cada vez tiene más mérito serlo, entre los más jóvenes, porque las tentaciones que reciben por todos lados para entregarse a una poesía postiza, fácil, prosaica, superficial, provisional, que se agota en sí misma, que se lee una vez y ya se ha leído para siempre… es bastante alta, dado que esta última, de nacimiento reciente, es la que aporta visibilidad, lectores, recorrido, a veces dinero e incluso, cada vez más, «prestigio» ante el gran público, que ingenuamente va pensando de forma casi masiva -y pasiva- que la poesía es eso. Dado que las redes sociales se han convertido no sólo en un escaparate o un medio de expresión para «poetas» sino en todo un formato literario, un nuevo idioma poético adaptado a una nueva realidad, es previsible y deseable que algún día surgirán poetas buenos y verdaderos que recurran a él con talento y conciencia, pero, por lo visto hasta hoy, hay que seguir esperando. No tengo ni idea de lo que ocurre en otros países, o al menos en otros idiomas, pero a la vista de lo que se publica en España de escritoras como Rupi Kaur o Amanda Gorman, me da que estamos hablando de una situación general.

De todos modos, también conviene empezar a hacer distinciones importantes entre los heroicos poetas jóvenes que son conscientes de la naturaleza de la poesía, que han leído, que saben de dónde vienen, que saben qué lugar ocupan en la etcétera. No hablamos, por descontado, de grados de «pureza», ni de ambiciones, ni de actitudes… sólo de estética literaria.

El otro día acudí al anuncio del Premio Adonáis, un premio que es, sin ninguna exageración, literalmente decisivo en la poesía contemporánea de nuestro país, y al que hay que desear un gran futuro. Todo se hizo según lo esperado… y ésa es buena parte del problema. La poesía española no termina de desprenderse o liberarse de cierto aire eclesial que es profundamente irritante, pero no es ahí donde quiero entrar ahora, sino, decía, en el asunto de la estética. En ese premio se valora tradicionalmente la poesía «de línea clara», y se suele desoír lo experimental. Por lo que se vio entre los muchos finalistas de este año, eso sigue siendo así, y algo que antes me parecía bien -las cuatro o cinco personas que me han ido leyendo a lo largo del tiempo saben que siempre he preferido lo inteligible bueno al capricho o la glosolalia– ahora me empieza a escamar, a la vista, sobre todo, de lo que los jóvenes del otro camino están haciendo, que es una poesía muy «correcta», impersonal, intercambiable y en general aburrida por previsible. De los versos de uno de los poetas que subieron el otro día al estrado de la Biblioteca Nacional se dijo que eran «aparentemente sencillos» y no era así, en absoluto: al menos los que leyó no eran sencillos ni lo parecían; eran, sencillamente, de una simplicidad dolorosa.

En el último libro de Berta García Faet, Una pequeña personalidad linda (La Bella Varsovia), hay por ejemplo, una letrilla que dice: «Y fui a ver un nido / y había un candado / acostadito / de lado»; o, aún mejor, «La ola se me echa encima / con sus añicos rosados. // no es que me ataque. / me saluda entusiasta. // la ola es un perro joven». En esos dos brochazos de inspiración hay no sólo más gracia, más alegría literaria y más juventud real que en los poetas aludidos en el párrafo anterior, sino también más apego hacia la verdadera tradición, más continuidad bien entendida de lo que es la cadena de la poesía: es una prolongación creativa y no un estancamiento, es un ensanchamiento real, no un ancla estéril. La diferencia entre los discípulos y los epígonos es que los primeros sí hacen avanzar las cosas, mientras que los segundos las enquistan.

Insisto en que no quiero permitirme perjudicar ni remotamente a ningún poeta incipiente –a los jóvenes siempre hay que alentarles, sin excusas ni excepciones-, pero, por argumentar un solo ejemplo, pienso que Begoña M. Rueda, que publica dos o tres libros al año -porque le conceden dos o tres premios-, es alguien que podría y debería ser un poco más autoexigente, esforzarse más, no conformarse con lo primero que escribe o con todo lo que se le ocurre. Estoy, por supuesto, convencido de que sus versos nacen de un lugar honesto y noble, pero  también de que ese lugar es bastante extrapoético, no tiene tanto que ver con la poesía como con otras cosas sociales, con temas que convienen o interesan o preocupan por ahí, fuera de la literatura. Por descontado que hay excelentes poetas sociales, o poetas «comprometidos» o buenísima «poesía de pancarta», pero no es el caso. Y por descontado que tampoco defiendo sin más la poesía «autista», metapoética o, peor, metalingüística -la obsesión exagerada por el propio lenguaje me parece, de hecho, uno de los males más fáciles de detectar en la poesía reciente-, pero sí me parece imprescindible que todo poema esté comprometido, ante todo, con la propia poesía, en todo lo que tiene de autonomía y de sorpresa. De hecho desconfío de la poesía que se escribe para algo, o incluso que se escribe sobre algo… Eso vendrá por añadidura, pero el primer tema de un poema ha de ser la propia conciencia poética, en todo lo que, sin paradojas, tiene de atención a la vida, o incluso a la realidad. Ni siquiera me gustan los «proyectos» poéticos, esos que a veces hay que valorar para becas. No es muy bueno que uno se proponga escribir un libro sobre su abuela, o sobre la violencia, o sobre un viaje, o sobre un amor, o sobre lo que fuere. No es bueno calcular en poesía, el poeta es el primero que tiene que dejarse sorprender con lo que llegue.

Berta García Faet nació en 1988, un año después de Ángela Segovia, a quien el otro día proclamábamos por aquí la autora del poemario español con más virtudes de 2021, Mi paese salvaje (La uña rota). No sólo por ser las mayores, sino por ser las mejores, ellas dos -o, mejor, sus libros- pueden ser las abanderadas de los poetas españoles jóvenes que, con mejor o peor suerte en cuanto al resultado, han publicado en 2021 libros literariamente relevantes, poéticamente considerables, y que hacen que poco a poco me vaya pasando yo al «lado oscuro de la fuerza». Si en 2019 y 2020 aparecieron libros excelentes o al menos indagadores y autoexigentes de Juan F. Rivero, Azahara Alonso, Natalia Velasco, Rosa Berbel, Rocío Acebal Doval, junto a otros muy estimables de Raquel Vázquez o Carlos Catena Cózar, o en 2022 veremos la aparición de un libro alucinante de Javier Fajarnés Durán, ahora me refiero a libros del año recién terminado como los de Marta Jiménez Serrano (nacida en 1990: La edad ligera, en Rialp), Ruth Llana (n. 1990: La primavera del saguaro, Ultramarinos), Cristian Alcaraz (n. 1990: Individuo armado, Letraversal), Sara Torres (n. 1991: El ritual del baño, La Bella Varsovia), Ángel de la Torre (n. 1991: Apagar el frío, Cántico), María García Díaz (n. 1992. Ye capital tolo que fluye / Es capital todo lo que fluye, Ultramarinos), Manuel Mata (n. 1992, Se rompe una rama, en Pre-Textos), Dafne Benjumea (n. 1993: Desde la hierba, Ril), Alejandro Pérez-Paredes (n. 1993: Qué hubiese sido de mí sin los velociraptors, Letraversal), Leonor Saro (n. 1994: Babilonia, Editorial Dieciséis), Adrián Fauro (n. 1994, Odio la playa, Cántico), Luis Bravo Velasco (n. 1994: Triestino, Cántico: él es mucho más “clásico” sí, pero en este libro lo es de un modo originalísimo), Juan de Beatriz (n. 1994: Cantar qué, Pre-Textos), Rodrigo García Marina (n. 1996: Desear la casa, Cántico), Andrea Abello (n. 1997: Duende, Ultramarinos), Laura Rodríguez Díaz (n. 1998: San Lázaro, Cántico) o, en un caso de precocidad especialmente llamativo, Mario G. Obrero (n. 2003: Peachtree City, Visor).

Entre esos libros hay alguno que me gusta muchísimo, como los de Manuel Mata y Juan de Beatriz, y otros en los que como lector no tengo ningún espacio, ante los que me encuentro sin armas para descodificarlos, pero lo que quiero decir es que todos estos poetas menores de 35 años van formando una especie de resistencia, una generación de poetas verdaderos que van a tener que ver cómo, entre los de su edad, la confusión sobre lo que la poesía es va a ser algo creciente y general. Quienes por gusto, por ignorancia, por conveniencia o por incapacidad para escribir buenos poemas se entregan a la poesía fácil, de un solo uso, van a ir ocupando con el tiempo no sólo los escaparates y las secciones de poesía de las librerías sino, poco a poco, los espacios de prestigio, los premios tradicionalmente serios, las páginas de crítica -donde se les irá leyendo con mayor benevolencia conforme se asimile su discurso y éste vaya formando un sistema literario nuevo, independiente y aparentemente flamante, refrescante, juvenil…-. Será una poesía que tendrá más que ver con el espectáculo que con el mundo interior de cada cual, más con los recitales y los posados que con la búsqueda de verdades.

Como lector, lo digo sin alarmismo -tenemos la casa llena de buena poesía, suficiente para más de una vida-, y como crítico me prohíbo ceder a ese tipo de etiquetas que tanto gustan a los antólogos: no voy a decir que esos poetas citados, y otros varios, supongan la última esperanza de la poesía española, o la última hornada de poetas verdaderos, pero sí lo digo con cierta gratitud hacia ellas y hacia ellos, por mantener la luz encendida. Y añado que sigue sin atraerme la poesía hermética u oscura, si no se aprecia en ella un talento tan enorme como para que pueda iluminar un poco la penumbra, pero ahora, a la vista de las nuevas corrientes poéticas, sé además algo tan claro como que, como decía el otro día Alejandro Simón Partal, cuando hay demasiada luz tampoco se ve nada.

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