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Diego S. Garrocho

La culpa del espectador

«La corrupción que más me duele, la que más me desazona, es aquella que nos compromete como espectadores»

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La culpa del espectador

Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado. | Jesús Hellín (Europa Press)

La naturaleza humana parece expresarse con valores constantes. No en la parte buena,que con Pico della Mirandola nos celebra como un milagro, sino, sobre todo, en la parte mala. Las correrías genovesas de estos días no entrañan ninguna singularidad ni expresan rasgo excepcional alguno. Es la humanitas en su máxima expresión, esa que siempre se exacerba cuando concurren el poder y la supervivencia. 

Es paradójico, pero parece que nos hacemos humanos habitando los extremos: cuando escribimos alejandrinos y cuando decidimos comportarnos como las nutrias, que parecen afables mascotas pero son violentísimas, las malditas. Y es así, en esa doble distancia, en la altura y en la bajura, como nos hacemos humanos, o como dijera Nietzsche, demasiado humanos. 

Lo más grave de la reyerta entre Ayuso y Casado, puntualmente traducida enshow mediático, no es la apertura en canal de un partido político. Ni lo es la supuestacorrupción, ni las envidias o las traiciones de quienes están llamados a ser servidores públicos. Todo eso son ingredientes clásicos del cuento. Y tampoco nos expone mucho la escasa altura moral de quienes protagonizan esta infamia ya que, no dejen de recordarlo, Cicerón o Séneca fueron unos pertinaces conspiradores además de notabilísimos pensadores. Eso sí, no intenten trazar comparaciones. 

A mí la corrupción que más me duele, la que más me desazona, es aquella que nos compromete como espectadores. La democracia es un régimen de observancia recíproca donde teatralmente algunos ostentan nuestra representación para hacer de nosotros mismos en la esfera pública. Y cuando fallan —y tropiezan porque están hechos exactamente de nuestra misma piel—, además de exigirles toda la responsabilidad, deberíamos lamentar el espectáculo que también habla de lo que somos. 

Pero no. El espectador de la miseria abona con su crueldad observante un nuevo sedimento en la sima de la corrupción. Miren a los lados y no dejarán de ver la ironía y la frivolidad celebratoria de quienes aspiran a sacar tajada en esta sala de despiece moral. Ante la culpa, la falta y hasta el delito ajeno, nuestro subsuelo moral nos urge a señalar culpables, a marcar distancia con aquello que nosotros no haríamos nunca. Porque no seríamos capaces. Porque nosotros jamás habríamos estado allí. 

A la habitual hipocresía farisea se suma la complicidad del necio que coge la bolsa de palomitas cada vez que se anuncia una pelea. Rebañar la indigencia de los otros y apurar el disfrute de la ruina ajena es el signo de nuestra peor desgracia, por ser síntoma de la falla humana que a todos nos habita. 

No puedo dejar de reconocerme en el trayecto que podría haberme puesto en la misma circunstancia de aquellos que ahora se hunden. En ese mismo error. En esa culpa. Como en cualquier otro fallo y hasta en casi cualquier crimen. Ojalá, sobre quien toque, caiga toda la severidad de la justicia. Pero con la misma simetría que celebro las gestas de la humanidad de la que me siento parte, no puedo evitar sentir el pudor y la vergüenza por una descomposición moral que también me pertenece.

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