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David Cerdá

La educación devastada

«La educación, principal ascensor social y núcleo central de la democracia (que implica igualdad de oportunidades), se ha averiado»

Opinión
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La educación devastada

Un tuit y un hilo explicativo sobre los estragos que hemos permitido en la educación secundaria se han vuelto virales esta semana, alcanzando más de cuatro millones de visualizaciones y encrespando una ola todavía viva de adhesiones, testimonios y encendidos debates tanto en España como Hispanoamérica. THE OBJECTIVE ha detectado que se ha pisado un nervio malherido y ha tenido la gentileza de cederme este espacio para explicar con más detenimiento los porqués y la gravedad de este crimen social que se está cometiendo a plena luz del día y ante la pasividad de casi todos.

¿De qué hablamos quienes recibimos a los jóvenes en la FP y la universidad cuando hablamos de devastación en la secundaria? Para empezar, de incomprensión lectora. No solo de un 80% de personas que no lee ni un solo libro al año; también de un vocabulario indigente y de muchos que son incapaces de entender un texto simple, no digamos un libro de texto al uso. Nos referimos también a gente que tiembla ante un sistema de ecuaciones, a no saber despejar una X y en definitiva a una invalidez matemática de la que solo se libran los estudiantes de ingenierías y ciencias. Las matemáticas y el lenguaje son los dos pilares de la inteligencia: muchos de quienes inician la edad adulta lo hacen tambaleándose sobre los cascotes de esos dos pilares derruidos.

En cuanto a la atención podemos hablar de un auténtico exterminio; de tener que prohibirles los dispositivos móviles y no dejar que usen ordenador en clase porque estarán viendo los resúmenes de la Champions, a algún youtuber, instagramer o tiktoker o el resumen del penúltimo reality. Aclaremos esto de una vez por todas: ni el mejor de los profesores puede competir con el entretenimiento barato, con el azúcar y la grasa mental que suministran los magos de las aplicaciones móviles y los vendedores de pornografía sentimental o pornografía a secas. Y es demencial sugerir que una clase ha de ser tan buena que un chico no desee acariciar ese objeto diseñado en Las Vegas que toca —como muchos adultos— centenares de veces al día. Esta ignominia sucede bajo la excusa de la «natividad digital», ese fraude auspiciado por una poderosa industria cuyos capitanes no dejarían que sus propios hijos tocasen esos dispositivos en clase ni con un palo. Todo ello irónicamente acompañado de llamativas lagunas informáticas; de no saber apenas nada de ordenadores, para entendernos, ni lo más elemental de la ofimática.

Hablamos igualmente de no saber nada de historia. De oír en clase, a la pregunta de en qué consistió la Segunda Guerra Mundial, o un silencio estruendoso o que fue «eso de Hitler y los judíos». Hablamos de una generación que apenas sabe qué fue ETA y de una nula cultura clásica unida a un bien aprendido y temible desprecio del pasado. La posmodernidad ha prometido a esta generación unas alas cerosas, como las de Ícaro, al usurero precio de arrancarles sus raíces. Ahora bien, una persona que no sabe de dónde viene no puede alcanzar el estatus de ciudadano; se queda en el de súbdito. Y es, desde luego, en interés de los poderosos, que alegremente estamos fabricando dóciles contribuyentes y futuros desclasados de quienes puedan vivir los demagogos.

Nos enfrentamos a una proporción extraordinaria de jóvenes que piensa que cada cual tiene su verdad y su moral, es decir, que ni la verdad ni la ética existen. La desorientación moral compromete sus decisiones; su espíritu acrítico les impide distinguir una opinión de un argumento. Que ignoren que solo la lucidez del saber puede procurarles una vida libre y digna es especialmente peligroso porque viene acompañado de un creciente malestar con la democracia. Cursa, además, en un cinismo terrible en la época que debería ser más ilusionante y esperanzada. A pesar de los muchos desafíos a los que la humanidad y su país se enfrenta, tras la caída de las Torres Gemelas, la crisis financiera de 2008 y ahora la pandemia son muchos quienes llegan a la educación superior mortalmente contagiados de asqueo y derrota.

Por supuesto, no todo lo que sucede es tremendo. Esta es la generación con menos cargas heredadas, la más libre y menos acomplejada, es ese sentido, de la historia. Y el mundo que heredan, por más que se haya torcido nuestro siglo, está preñado de posibilidades de prosperidad y justicia. Además, los mejores de entre nuestros jóvenes son probablemente mejores que nunca: la parte final de la campana de Gauss es brillante e invita a la confianza. Tengo el privilegio de encontrarme a diario en las aulas con extraordinarios proyectos de profesional y persona. De cualquier forma, quienes tenemos el deber de enseñar no tenemos derecho al desánimo. Pero es preciso denunciar que la panza central de esa campana, la que engloba al 60 o 70%, se ha desplomado y hoy sabe menos y quiere saber menos que sus padres. El caso es que, como supo ver Ortega, una sociedad se mide por su «hombre medio»; y el hecho de que la clase media esté siendo aniquilada y el futuro ciudadano medio, educativamente desvalijado debería disparar todas las alarmas.

Hay que aclarar que estos males afectan a la educación en su conjunto, tiene hechuras globales y europeas (plan Bolonia) además de españolas y lleva al menos 30 años fraguándose. Es precisamente la acumulación de desmanes la que está amenazando ruina en el edificio y son asimismo patentes las carencias en las educaciones superior y primaria. No obstante, merece la pena poner el foco en lo que ocurre entre los 12 y los 18 años porque allí al disparate de las ocho leyes en 40 años de democracia se le unen la disrupción universal de la adolescencia y la disrupción contemporánea de los dispositivos desatencionales. Es en ese delicado momento para la identidad y la construcción cognitiva, sentimental y moral de nuestros hijos donde fundamentalmente se está produciendo la estafa y en donde su futuro, que es el nuestro, a mayor ritmo está siendo malogrado.

También hay que insistir en que este no es un problema de las instituciones educativas, sino de la sociedad en su conjunto, un fracaso del demos soberano. No se educa solamente en los institutos y esta responsabilidad no es en modo alguno exclusiva de los profesores: qué hacemos en los hogares y qué permitimos en las televisiones, en internet y en la plaza pública es igualmente decisivo para los educandos. La educación es un proceso complejo que nos atañe a todos. Si no encaramos con honestidad y valentía la violencia en las aulas y el ciberespacio, el despropósito que estamos consintiendo en los parlamentos, las dificultades de las familias para compatibilizar trabajo y atención a los hijos y el acoso de los Meta/Instagram, TikTok y demás mercaderes de la desatención, no podremos resolver nuestros problemas. Cada palo ha de aguantar su vela y hacer el correspondiente examen de conciencia.

Lo último que debemos hacer ante esta hecatombe es seguir señalando a la clase política. Ese estamento, convertido en un mercado autorreferencial que ofrece ideología a cambio de votos, ni está ni se la espera para las cuestiones de enjundia. Ellos tienen sus hijos a buen recaudo en instituciones de lujo que tienen los medios y la determinación de solucionar muchos de los males descritos. Es más: están redoblando sus intentos de mercadear con la educación para sus propios fines; hoy asistimos al inaudito espectáculo de un partido en la oposición que ya dice estar hablando con profesores y padres para ver qué hará cuando derogue la —por lo demás, nefasta— LOMLOE, que aún no ha tenido tiempo ni de desplegarse. No, los políticos tendrán que ser forzados por la sociedad civil a implantar las soluciones que esta determine. Pero para eso la sociedad civil ha de movilizarse, propiciar las conversaciones y después salir a la calle y domesticar con su voto a esta clase extractiva que hace tiempo que desconectó del demos.

Lo que tenemos entre manos es una involución en toda regla, una educación reaccionaria que se vende como progresista. A fuerza de no conservar lo que importa y suponer atolondradamente que «la sociedad siempre termina arreglándose» —el «Dios proveerá» de los cientifistas y los tecnofílicos—, estamos malbaratando nuestro futuro. Creamos desigualdades brutales que vestimos de solidaridad y resiliencia; hoy no hay nada que explique más el desempeño de un joven de 24 años que las horas que le pudieron dedicar sus padres y el nivel cultural de estos. Los chicos de casas donde hay libros y se conversa con altura y hay dinero bien encauzado para cubrir sus carencias conforman la nueva élite por la que las empresas se pelean. La educación, principal ascensor social y núcleo central de la democracia (que implica igualdad de oportunidades), se ha averiado. Y mientras los diversos mercaderes del Templo nos tienen en que si son galgos o podencos, una cantidad intolerable de vidas se van por el sumidero de la precariedad y el desconsuelo.

Estamos a tiempo de revertir la tendencia. Tan solo tenemos que reconocer o más bien recordar que la conducta humana solo es sostenible a la larga si se apoya en motivaciones intrínsecas. Contarles a los chavales que la educación existe para hacerlos felices o exclusivamente para que sean empleables ha sido la más obscena de las mentiras. Hablamos con mucha torpeza de «inteligencia emocional» al tiempo que descuidamos cuáles son los sentimientos y los deseos que llevan a una persona a educarse sin necesidad de que nadie externamente la motive. El deseo de saber, el amor a la libertad que te proporciona el conocimiento, el deber de ser un gran profesional y así pues un buen ciudadano y el orgullo de alcanzar la mejor versión de uno mismo son las únicas motivaciones duraderas y válidas cuando de aprender se trata. Este discurso cálido y valiente, transformado en medidas concretas (respeto y legitimidad para el profesorado, exigencia y recursos en los centros, conciliación laboral y un largo etcétera), será el que detenga la hemorragia y nos devuelva a la senda del verdadero progreso. Nuestros jóvenes merecen que nos tomemos esta devastación en serio. Y si mejoramos sustancialmente este meollo de nuestra sociedad veremos cómo se despejan otros negros nubarrones que se ciernen sobre nosotros.

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