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Galo Abrain

La jerarquía de la juventud

«Hoy la juventud se agarra no ‘para no volver’, sino para no abandonarnos nunca»

Opinión
La jerarquía de la juventud

Fotograma de 'Sensación de vivir'.|

Cuando Rubén Darío escribió «Juventud divino tesoro», estoy seguro de que jamás imaginó lo que supondría ser joven en el siglo XXI. «¡Ya te vas para no volver!», decía el poeta, y da la temerosa sensación de que, con mayor desparpajo cada vez, la juventud se agarra no «para no volver», sino para no abandonarnos nunca. No es que la epidermis no se arrugue, el pelo no se torne cano, la vejiga no se engorde y los miembros no se sientan más atraídos por la gravedad, sino que el modo de vida de la juventud se está extralimitando en sus obligaciones.

Truman Capote, quien jamás dejó de ser joven sin nada que pudiese hacer pensar que siguiese siéndolo, escribió una conversación entre Cecil Beaton y La Garbo. En ella, Beaton decía: «Lo que más me duele de hacerme viejo es que descubro que se me encogen las partes» y La Garbo, espléndida como sólo puede serlo una mujer a quien se ha cosido el pronombre la a su apellido, responde: «¡Ay! Ojalá pudiera decir lo mismo». Cierto, Beaton y La Garbo envejecieron, las cosas que debían mantenerse invasivas del espacio se batían en retirada, y aquellas que debían guarecerse en cuevas marinas despachaban ahora krakenianos tentáculos flácidos y colgones. Hacía tiempo, sin embargo, antes de sus dramas dilatantes, que las vidas de Beaton y La Gabro distaban mucho de las de la juventud.

Woody Allen, en Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar, describía la excitación que experimentaba una pareja practicando sexo en lugares públicos. Azoteas, portales, aparcamientos… todo bajo la seductora presión del escándalo, como un revolver ruso mimándoles la sien. El problema es cuando, gastando ya los años mecanografiados en las partidas de defunción de personalidades como Kurt Cobain, Janis Joplin o Amy Winehouse, una pareja se ve forzada a aclimatar sus entrepiernas en las tibias escaleras previas a la puerta del apartamento, no por gusto y goce, sino porque en el interior se encuentran progenitores, o mecenas de su supervivencia, a los que un desfile de besuqueos como tráiler de una orquesta de gemidos les parece, como mínimo, de mala educación.

¿Es de jóvenes mantener relaciones sexuales en un portal cutre, angustiado sin placer ni necesidad por la entrada de los inquilinos del edificio? ¿O más bien será que la juventud es pobre, dependiente y ahora, aunque florezcan las primeras canas, la mayoría de los españoles siguen en dicha situación? A mí, personalmente a estas alturas, me palidece la emoción de la goleta sólo de pensar en la incomodidad de los portales en los que, tiempo atrás, tanto confié como confesionario de mis apetitos sexuales compartidos. Estoy lejos de la afrodisiaca paranoia de Allen. Pero, por desgracia, no tanto de la depresiva condición juvenil que describo.

Es una paradoja sádica que, de manera cada vez más acusada, la juventud sea la máxima expresión de felicidad comercial; la referencia más directa del triunfo del atractivo, en un mundo donde no se vive como un joven por placer sino por obligación. Bien visto, este es el canapé más goloso del neoliberalismo pues la juventud, incluso ya en épocas de la modernidad pesada, es aquella con mayor ambición y capacidad de autoexplotación degradada con tal de medrar individualmente. Mientras, la madurez, más sabia y protegida por la experiencia en la responsabilidad de otras vidas y una estantería de problemas, piensa antes en el bienestar colectivo de su núcleo, en la tranquilidad de los placeres sencillos y en la vulgaridad de la codicia ciega.

Cuanto más se dilatan los márgenes numéricos de lo que se conoce por juventud, más se legitima al sistema para la eficaz promoción del pensamiento ególatra, masoquista y exclusivamente centrado en los deseos de consumo vitales como fuente de satisfacción.

Neil Postman, con su particular cara de presentador de El precio justo tras una sesión de contacto con un grupo de monaguillos, ya advirtió aquello de cómo nos «divertiríamos hasta morir»; haciendo de cualquier interpretación de nuestra cotidianidad un ocioso escenario donde jugar sería tan obligatorio como producir. O, mejor dicho, producir habría de ser un juego satisfactorio.  

Esa visión de la realidad según la cual todos los escenarios de nuestra vida han de estar sometidos a una suerte de placer, es una falacia que ni los mayores hedonistas clásicos habrían tolerado en el oleaje de sus lenguas. Si la vida es un juego, la vida es una diversión y, arrastrando la decapitación de una herencia judeocristiana en la que la diversión era un peligro, las cabecitas occidentales nos vanagloriamos de ser sujetos disfrutones que trabajan con una sonrisa, llegan a fin de mes con una sonrisa, rompen sus relaciones amorosas con una sonrisa, ante la perspectiva de una pecera de potenciales parejas sexuales, y, si la sonrisa no viene a nuestro encuentro, la domesticamos con cantidades no menospreciables de Diazepam.

Por eso la juventud ya no es un tesoro que se escapa como arena caliente entre las manos de un gladiador, en ese vibrante momento en que intenta conectar con lo insondable de su existencia, arrodillado frente el cercano aullido de la muerte (joder con la frasecita…), sino los grilletes morales que le obligan a rendir pleitesía a su emperador; emocionado y ansioso ante la perspectiva de derramar palanganas de sangre hasta lograr su liberación. Una libertad que, como con las vacas viejas, pasa antes por una bala de aire abriéndose camino a través del cráneo, que por un sosegado último suspiro entre las caricias de la brisa.

Hoy día, Cristo habría muerto como un crío con toda la vida por delante. Pero es que el Jesucristo del siglo XXI comparte piso en un apartamento zulero a las afueras de Belén, tiene una carrera de integración social, y trabaja a media jornada en el Decathlon con la única emoción de ser el mesías de la sección de playeras, y la sola capacidad milagrosa de aplicar promociones caducadas a productos de temporada. Y si nos ponemos un poco más posmo, en la España de hoy, Carrie Bradshaw, quien también estaría lejos de la madurez, tendría que trabajar de azafata de eventos y fumar tabaco de liar Pueblo.

Si la juventud es más cómo se vive que lo que se es, más nos valdría ir reclamando un envejecimiento masivo de la población ya que, antes o después, viviremos en una vampírica versión de Sensación de Vivir. Pero, en este caso, los personajes de la sitcom tropezarán regularmente cerca del precipicio afligidos por una nada saludable palidez, como muñecos de ventrílocuo abandonados, rondarán los cuarenta, vivirán en precario y no poseerán mayor gloria que la de enorgullecerse de un trabajo cutre y la expectativa frustrante de pillar cacho en Tinder. Tal vez lo que permita envejecer no sea el deterioro del cuerpo, sino la capacidad de ver resueltas las aspiraciones, por pequeñas que sean, nacidas de las circunstancias en las que nos encontremos.

Sea como fuere, la juventud sí es un tesoro. Cualquiera que sienta que la ha perdido dará fe de ello y reclamará, gozoso e inquieto, aunque sólo sea un remake sin presupuesto de sus años primaverales titulado: La persecución del acto perdido.

Pero, desafortunadamente y a tenor de los tiempos críticos que habitamos, la juventud se ha convertido en un pesado collar de perlas con un cierre que, por mucho que nos esforcemos, es casi imposible de desabrochar. Un desayunito en Tiffany’s despachando el pulcro olor de la riqueza de oportunidades, pero con pendientes de zirconita barata con tan pocos quilates como verdaderas opciones de futuro.

Una jerarquía donde la juventud se extingue latente con el acercamiento progresivo de la vejez y en la que, de lucir algo, sólo luce una ambición, chasca y cansada, destinada a pesar en las pieles hasta convertirlas en pellejos determinados en llegar hasta el suelo.

Si la juventud sigue siendo un tesoro, mucho me temo que no es oro todo lo que reluce, y esta generación está cada vez más cansada de que se hable de su inherente brillo, mientras contempla todo apagándose a su alrededor.

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