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Enrique García-Máiquez

Lanzallamas de bolsillo

«El debate público es un trabajo en equipo, incluyendo a los rivales, porque entre todos se mantiene la discusión civil»

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Lanzallamas de bolsillo

Sesión plenaria en el Congreso de los Diputados. | Europa Press

La Universidad de Navarra nos convocó a unos cuantos columnistas a una jornada bajo el título de «Los retos del debate público en España: ¿confrontación o encuentro?». Con la humildad que le caracteriza, Juan Claudio de Ramón dejó caer en su intervención una idea luminosa (e incendiaria). Él, sobre todo, y nosotros hasta cierto punto podíamos hacer gala de la exquisita moderación que nos caracteriza porque hay otros que sacan el lanzallamas en el debate público. Cuánta razón. No solo en nuestros intachables modales; sino también en que siempre hay alguien sosteniendo la frontera de lo defendible, quemándose en la defensa de la libertad de expresión. Y, si no estuviese allá, al final la marea de la intolerancia llegaría hasta los más sensatos y desprevenidos, obligándonos a defendernos como gatos panza arriba. Reconocerlo y agradecerlo fue otro gesto elegantísimo de Juan Claudio.

Se puede sacar, además, un propósito. Cada uno tiene sus opiniones particulares y, a menudo, intransferibles, pero el debate público es un trabajo en equipo, incluyendo al equipo de los rivales, porque entre todos se mantiene la discusión civil. Siendo así, sería muy bueno que cada cual cogiese su pequeño lanzallamas de bolsillo y se ocupase de abrir el campo de debate por la esquinita a la que más importancia dé. 

En vez de dejar todo el trabajo a los proletarios del fragor, hombres y mujeres vociferantes que acaban quemados al poco rato, podríamos repartir la llama, al modo del pebetero olímpico que se pasan unos corredores a otros. Seríamos todos exquisitos contertulios, tolerantes, sonrientes, moderados y comprensivos, menos en una o dos ocasiones. La ventana de Overton se convertiría así en un gran ventanal, pero, como lo tendríamos abierto entre todos, el esfuerzo apenas se notaría.

De cada uno podría decirse eso tan hermoso que comentaban admirados de nuestro don Quijote de la Mancha. Que era lúcido, tierno, liberal, amable, discreto y sosegado, salvo cuando se le mentaba el tema de las caballerías. Todos tendríamos nuestro prurito quijotesco por el que desenvainar la espada y ponernos furibundos y desatados. En el resto de la infinita variedad del mundo, seríamos los más reposados y corteses interlocutores imaginables.

A cambio, en los demás veríamos sus visajes exaltados con mucho agradecimiento y una sonrisa imperturbable de complicidad implícita. Compartiendo sus batallas o no, sabríamos de sobra lo que tan bien explicó Juan Claudio de Ramón: que nuestra moderación es deudora de esas deflagraciones que alejan y guardan la frontera de los escándalos y las cancelaciones. Al famoso poema de Antonio Machado: «¿Tu verdad? No. La verdad/ y ven conmigo a buscarla./ La tuya guárdatela» cabría sumar una nueva versión posmoderna: «¿Tu verdad? Sí, ¡gritala!/ que de esa forma nos abres/ mucho el campo a los demás».

Eugenio d’Ors aconsejaba que cada día hiciésemos algo que nos repugnase profundamente, porque en ello estaría nuestra pizca de inmolación. Yo, aplicándomelo, trato de hacer cada día alguna gestión administrativa o tarea burocrática. El músico y comediante Tim Minchin, al recibir su doctorado honorario en la University of Western Australia, propuso otra obligación cotidiana: cada día tendríamos que hacer algo que nos diese miedo. Déjenme ser el tercero de los consejeros consuetudinarios y proponer que cada 24 horas saquemos una vez nuestro pequeño lanzallamas de bolsillo. Con esa furibundia alícuota, convertiríamos el debate público en un ámbito de libertad civilizada donde la mayor parte del tiempo podríamos posar casi como Juan Claudios de Ramón: elegantes, moderados, inteligentes y simpatiquísimos. Por cierto, que el original JC de R también tira de lanzallamas con algunos temas, como la unidad de España, que sacan el Quijote que lleva dentro.

¿Y cuál sería mi lanzallamas portátil, si solo pudiera escoger uno, para repartir juego? Se me ocurren muchísimos, claro; pero por fidelidad a mis orígenes, me quedo con la defensa de la vida desde su concepción a su consunción. Yo ahí, ni un paso atrás, aunque me queme y los encantadores me quiten la fortuna, que el esfuerzo y el ánimo será imposible. La vida será mi Dulcinea.

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