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Jesús Montiel

Todo el dolor del mundo

«Saber sufrir es precisamente lo que evita que el sufrimiento se enquiste y sea después un monstruo»

Opinión
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Todo el dolor del mundo

Jan Kahánek (Unsplash)

A veces uno tiene que escribir una columna como esta de manera forzosa. Como quien cumple una condena. Quiero decir para ganarse el pan, porque supone un dinero rápido, y uno tiene una familia que come y se viste y consume gas y luz. Y lo tiene que hacer en condiciones biografías adversas, cuando la mano negra del dolor le aprieta el pescuezo.

El lector de columnas desconoce qué corazón hay detrás de cada línea que está leyendo. Igual que tantas veces nos cruzamos en la oficina con otro empleado ignorando que acaba de separarse o que sufre una depresión o que va morir al día siguiente porque esconde una enfermedad irreversible. Nadie tiene la culpa: esta ignorancia es necesaria para que todo siga funcionando. Para seguir viviendo. El dolor algo que debe esconderse durante la vida pública, en el trabajo, fuera de las cafeterías y sus penumbras. La columna debe ser consumida y el cliente espera la columna, aunque su cocinero este agonizando. No sabiendo su agonía. 

Esta columna la redacto atravesando quizá el dolor más grande de mi vida. En el mismo vórtice del sufrimiento, que lo destroza todo, como Godzilla. Inmerso en emociones en las que la escritura empequeñece frente a la vida, volviéndose ridícula. Estoy sufriendo. Sufro mientras escribo. Y como he dicho, he de escribir esta comuna sin ninguna gana de hacerlo, aunque me parezca tan difícil como subir una montaña con varias piedras atadas a los tobillos. Así que, para aliviar este esfuerzo sobrehumano, escribo sobre mi propio dolor. Sobre el dolor más grande que he padecido nunca. Para que este dolor, aunque no desaparezca ni se evapore, sea abrazado. 

Saber sufrir, creo, es precisamente lo que evita que el sufrimiento se enquiste y sea después un monstruo. En la actualidad se predica que hay que disminuir los efectos del dolor, combatir el dolor, sortearlo como se hace con un bache en una acera por la que caminamos. A estas alturas mi conclusión no es la de escaparse del sufrimiento. Eso es imposible. Sino sufrir de frente, con todas las de la ley. Quizá lo mejor sea decirle al dolor: dispárame a quemarropa. Quiero vivirte completamente y no esquivarte. Que el dolor sea como una ola de diez metros tragándome en la orilla del mar. Dándome vueltas, con una fuerza desmedida. Quizá tengamos que aprender a sufrir, sencillamente. Y no dejar de hacerlo. Y quizá la curación llegue no oponiendo resistencia y esté en esta misma experiencia que nos aniquila y tumba.

Ahora mismo, mientras redacto esta columna a vuelapluma, entre oraciones, con el corazón encogido como una flor que se arruga delante de un incendio, y que empieza a en ennegrecerse, sigue viva la esperanza. Sigue intacto el sentimiento de que el mundo es un lugar hermoso a pesar del diablo. Aunque aplastado por el dolor, bajo su bota embarrada y tan negra como una cucaracha. El mundo, durante la agonía, no ha perdido un ápice de su brillo. Y esta es quizá esa mi única victoria, lo que quiero subrayar en esta columna, antes del punto final: esta confianza mía que nada puede romper ni a martillazos.

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