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Carlos Mayoral

Subtitular o no subtitular

«La función comunicativa del lenguaje ha dado paso a una repugnante prevalencia del factor político»

Opinión
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Subtitular o no subtitular

Fotograma de 'Alcarràs'. | Avalon

Imagínese usted, lector, que le da por probar las mieles de la dirección artística. Que invierte años en dejar macerar una historia, y a la vez moldearla interiormente para que vaya tomando forma. Que finalmente decide rodarla, que busca financiación por todas partes. Que trabaja meses y meses en la más absoluta soledad, selecciona actores y actrices, decorados, espacios, vestuario, música, qué sé yo. Se decanta, además, por rodarla en idioma catalán. Finalmente, tras dejarse la vida en ello, la película por fin tiene sentido. Ha encontrado un tono, un estilo, esa forma que buscaba renglones atrás. Las primeras visualizaciones antes del estreno se llenan de abrazos. Ha creado usted, lector, una obra maestra. Finalmente se estrena, con fulgurante éxito de crítica y público. Sin embargo, un día de primavera como cualquier otro, un grupo de tuiteros y periodistas se dan cuenta de que usted -o alguien de su equipo- ha tomado la decisión de subtitular la película en castellano, con la mera intención de que la obra llegue al mayor número de público posible. Es entonces cuando deciden torpedear la cinta. Se crean campañas de desprestigio, hashtags humillantes y corrientes negativas en torno a ella. Todo el trabajo artístico, intelectual y económico torpedeado por un grupo de fanáticos.

Bueno, pues esto que hemos imaginado usted y yo es lo que le ha ocurrido a Carla Simón con su película Alcarràs. Resulta que la distribuidora ha dado la posibilidad de que las salas de cine emitan la película en catalán con y sin subtítulos. Esto ha supuesto que varios perfiles en redes sociales hablen de mezquindad, de vergüenza, de blablá. Algunos perfiles, incluso, abogan por boicotear la película si los cines no se pliegan a emitir en catalán sin subtítulos. Al ser cuestionada por el asunto, la directora, con el temple necesario, ha afirmado que no solo se han distribuido copias de la cinta con subtítulos, sino que está por salir, sin tardar demasiado, una versión doblada al idioma español. El resultado de este trabajo de doblaje permitirá que Alcarràs pueda verse en 150 salas de la península, por las apenas sesenta en las que se pudo emitir Estiu 1993, su anterior película, que no se dobló. Al fin y al cabo, ¿qué puede haber más reconfortante para un creador que el hecho de que su trabajo llegue al mayor número de gente posible? Siendo ambos idiomas oficiales, es evidente que dejar fuera al castellano de la ecuación evita la conexión con innumerables oyentes, ¿puede un creador permitírselo?

Las dos preguntas que sobrevuelan el párrafo previo pueden responderse fácilmente si se aplica un mínimo sentido común, pero resulta que este sentido hace tiempo que dejó de imperar en este país nuestro, donde hay críos que no pueden estudiar en su idioma natal pese a ser oficial, donde las plataformas de series privadas son obligadas a mantener cuotas con contenidos de tal o cual lengua, donde los intervinientes que blanden un determinado idioma son vetados en medios de comunicación… La función comunicativa del lenguaje ha dado paso a una repugnante prevalencia del factor político, dejándose por el camino la paz lingüística que llegó a reinar en algún momento de la democracia. Ver a los vecinos atizarse con garrotazos goyescos porque el que reparte la comida maneja una lengua concreta produce un espanto similar al que describían los rostros desencajados del pintor aragonés. No son las lenguas las que nos dividen, sino la proyección política que una caterva de políticos ha arrojado sobre ellas. Si, como decía Wittgenstein, el lenguaje define los límites de nuestro mundo, desde luego nos está quedando uno bien cerradito y decimonónico, con su olor a naftalina, su caciquismo y su todo. En fin.

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