THE OBJECTIVE
Dani De Fernando

Dios es del Real Madrid

Comprendan que a estas alturas tenga que remitirme a lo teológico porque hasta eso del ADN o los «noventa minuti en el Bernabéu» se me quede corto

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Dios es del Real Madrid

Ayer, en los aledaños del Bernabéu, conocimos a dos aficionados del Manchester City. Debían de tener la edad de mi abuelo, y no pude reprimir cierto sentimiento de admiración cuando me contaron que sí, que venían de Mánchester, que había sido un viaje largo con escalas. Mientras apuraban su ginebra a palo seco, alabaron la belleza de un Bernabéu aún en obras y aseguraron con altanería que esa era su noche, que estaban seguros de que iban a eliminarnos, que qué mejor escenario para hacerlo. Nosotros, que ya sabemos de qué va la cosa, les advertimos: «Cuando metáis un gol, preocupaos», dijo Mike. «Si queréis nos vemos aquí al acabar el partido y vemos quién tenía razón», contestaron, confiados, antes de desaparecer.

Entré intoxicado por la cerveza y el humo de esas bengalas que tiñen Marceliano de rojo durante las noches importantes. En la calle, como en el campo, olía a remontada, y ese olor no pudieron empañarlo ni el tifo bochornoso que desplegaron nuestras cheerleaders ni los «sí se puede» que algunos corearon como si en lugar del Madrid fuésemos el Atleti, el Villarreal o el propio Manchester City, que era a quien tocaba rezar por no correr la misma suerte que el Chelsea o el PSG.

El partido no merece un solo comentario futbolístico, porque el City bien, sí —qué buenos son De Bruyne y Cancelo, y qué golazo de Mahrez—, y los nuestros un poco como siempre. Por eso, quien trate de explicar lo que pasó ayer en el Bernabéu en términos futbolísticos se equivoca y corre el riesgo de resultar tan ridículo como Tuchel cuando sacó la pizarra antes de disputar la prórroga en el partido de vuelta. Acertará más, en cambio, el que se aproxime a lo de anoche en términos místicos, teológicos, como mi hermano cuando, al escuchar el pitido final, afirmó entre lágrimas que Dios es del Real Madrid.

Y al que el comentario de mi hermano le suene a chiste, a gracia o a exageración no tiene más que ver las tres últimas eliminatorias para darse cuenta de que, en efecto, no hay otra explicación posible. Ayer en el ochenta y ocho necesitábamos hacer dos goles —¡dos!— a un equipo que, entre Champions y Premier, encaja de media menos de uno por partido; ayer en el ochenta y ocho llevábamos cuarenta y tantos minutos sin tirar a puerta; ayer en el ochenta y ocho el City seguía dominando y no parecía que fuese a dejar de hacerlo: comprendan, entonces, que a estas alturas tenga que remitirme a lo teológico porque hasta eso del ADN o los «noventa minuti en el Bernabéu» se me quede corto.

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