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Joseba Louzao

Llamando a las puertas del cielo

«El cielo es un espejo donde mirarnos para poder hacer esas preguntas que surgen a cada paso y que nunca son banales»

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Llamando a las puertas del cielo

EFE/ Fefo Bouvier

Dice la física teórica Lisa Randall que estamos al borde del descubrimiento. Que nuestro futuro cercano está lleno de posibles hallazgos en el campo de la investigación con partículas y de sus derivas experimentales en la cosmología a través de instrumentos como el Gran Colisionador de Hadrones (que también se acorta como LHC por sus siglas en inglés), que lleva en funcionamiento desde 2008 en las entrañas de la frontera entre Francia y Suiza. Dicen los que saben que sus probables descubrimientos transformarán el mundo tal y como lo conocemos. Y puede que también a nosotros mismos como especie. Porque nos va a permitir cambiar la opinión que tenemos sobre el universo y, casi como obligación, será necesario alterar la mirada sobre la realidad. Quizá en un mundo marcado por la celeridad y la última hora puede que pase sin pena ni gloria. O que, ante semejante cambio, nos hagamos los descreídos. Puede resultar paradójico, pero cuanto más conocemos el mundo, menos seguridad llegamos a tener sobre la genuina naturaleza de todo esto. Pero no hay duda, tal y como indica desde el propio título de uno de los libros más conocidos de Randall, que llevamos décadas llamando a las puertas del cielo.

Y uno, que es habitante de una gran ciudad, se da cuenta de estas cosas cuando se atreve a pasear por las afueras de un pequeño pueblo de la España vacía y descubre lo que puede ofrecer el silencio y la oscuridad en compañía de quien importa. Es el preciso instante en el que las puertas del cielo llaman y el estupor se apodera del pensamiento. Y eso que lo que está ante nuestros ojos no deja de ser nada más que una pequeña parte de todo lo que hay allí fuera. Las estrellas y los planetas que podemos observar a simple vista o con la ayuda de cualquier ingenio telescópico no dejan de ser pequeños puntos de un océano de inmensidad y aparente oscuridad. El universo no deja de ser ante nuestros ojos un anacronismo vivo, que está hecho para el pasado. 

En el fondo, las sombras pueden ser la mejor iluminación posible ante una realidad que tenemos la obligación de explicar

El asombro es el único estado posible ante semejante reflejo. Nos lo recuerda la propia etimología de la palabra, que parece jugar con los conceptos de luz y sombra. En el fondo, las sombras pueden ser la mejor iluminación posible ante una realidad que tenemos la obligación de explicar. Y todos los problemas se empequeñecen en ese preciso instante. La grandeza del cosmos nos ayuda a valorar en su justa medida los errores y vaivenes de la política del día a día y a rebajar mucho las tensiones cotidianas. Pero jamás no expulsa de la realidad, al contrario, se trata de valorar todo en su justa medida. Porque el cielo es un espejo donde mirarnos para poder hacer esas preguntas que surgen a cada paso y que nunca son banales. Es más, contemplar ese mar de estrellas nos hace ser conscientes de la fuerza de la creación y entender de los peligros de la destrucción que siempre está en nuestras manos. 

El asombro siempre tiene algo de intimidad y esperanza. La humanidad se ha encaminado siempre hacia un horizonte expectante gracias a un misterioso impulso que nos abre a lo distinto, nos sacude de nuestras rutinas y nos distancia de las más firmes seguridades. El asombro sostiene nuestra existencia. Es la confirmación más preclara de la experiencia profunda de la vida, que nos hace reír y nos hace llorar. Habrá que volver la vista al cielo una y otra vez para no olvidar que la vida también está en todo aquello que no solemos ver entre las noticias de los medios de comunicación y las columnas de opinión. Creo que merece la pena. 

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