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Daniel Capó

Berganza: diáfana, cerebral, brillante

«Permanecerá el recuerdo de sus grabaciones que difícilmente, creo, puedan ser superadas»

Opinión
Berganza: diáfana, cerebral, brillante

La cantante Teresa Berganza, en una imagen de 1977.|Scotsman (ZUMA Press)

De la madrileña Teresa Berganza (1933-2022), lo primero que llamaba la atención era su línea de canto: diáfana, cerebral, brillante –como su propia voz, de mezzo aguda–, algo desenvuelta, siempre medida, sin aspavientos ni excesos, con una libertad que buscaba el sentido más que el lucimiento, la comunicación más que la pirotecnia. En este aspecto, era más una cantante de cámara que de teatro, una artista que supo unir la tradición española con la introspección de los grandes intérpretes alemanes, como un Dietrich Fischer-Dieskau o una Christa Ludwig.

Pero no era una cantante introvertida, ni mucho menos retraída, sino sencillamente inteligente. No ignoraba que en su oficio es importante la coquetería del saber decir, esto es, de cantar como hablando, como haría un niño que se enfrenta por primera vez a un juguete maravilloso. Por su técnica, se encontraba –al igual que Alfredo Kraus– entre los grandes estilistas que ha dado nuestro país. Por su forma de cantar, en cambio, nos recuerda a aquella soprano inmortal –quizás la mayor que haya dado España en este último siglo– que fue Victoria de los Ángeles.

De la barcelonesa, Ramón Gaya escribió que «la música, la música verdadera, cierta, no es algo que suena y que sucede en el tiempo, sino algo, diríamos, mucho más inasequible, más difícil, más recóndito; algo que ya existe, sin duda, antes de sonar, y que… permanece después de haber sonado, o sea, algo que está perennemente ahí, en una especie de silencio vivo». Esa capacidad de alcanzar un silencio palpitante, que permanece junto al sonido, es un privilegio que muy pocos artistas han alcanzado: entre ellos, Celibidache, Michelangeli, Sokolov, Ida Haendel, Victoria de los Ángeles… Berganza pertenecía también a esa estirpe.

Gracias a su estilo y tipología de voz, lógicamente sentó cátedra en el repertorio belcantista –Mozart o Rossini, por ejemplo– y en el barroco –Haendel, a quien por cierto debería haber grabado más–. La música española representó otro de sus tradicionales caballos de batalla: no sólo la zarzuela, que abordaba con un peculiar acento castizo, sino también Manuel de Falla, cuyo registro de las Siete canciones populares, junto al guitarrista Narciso Yepes, es memorable. La crítica asimismo ha señalado como de referencia su interpretación de la Carmen de Bizet, definida por una sensualidad mediterránea y una libertad que nunca cedían a la exageración ni a las extravagancias de los fuegos de artificio. Berganza era una artista consciente de la seriedad de su arte, que resulta indisociable del misterio mismo de la vida.

Lentamente, uno tras otro, van desapareciendo los grandes nombres que dominaron la lírica internacional en la segunda mitad del siglo XX. Muchos de ellos fueron españoles, sin que hayan aparecido claros sucesores ni aquí ni allá. Se dirá que es la técnica lo que se ha perdido, a causa de la premura a que se ven sometidos los cantantes por los intereses de los grandes teatros; pero creo más bien que es el alma lo que ha cambiado, la interioridad.

Teresa Berganza, Victoria de los Ángeles –incluso Alfredo Kraus a su manera–, Souzay, Hotter, Dieskau, Ludwig, Baker, Cuénod y tantos otros provenían de un mundo aún antiguo, vertebrado por la poesía y la novela, por el canto tradicional y la música litúrgica, por el descubrimiento de las vanguardias y el poso de la memoria. Era un mundo distinto al actual que, por tanto, imprimía en nosotros un alma también distinta, una sensibilidad peculiar. Permanecerá el recuerdo de sus grabaciones que difícilmente, creo, puedan ser superadas. No cabe decir lo mismo de todas las generaciones ni de todas las épocas. Descanse en paz, maestra.

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