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Carlos Granés

Sueños chamánicos en Venecia

«Nada más moderno que odiar la modernidad y nada más occidental que idealizar formas de vida primitivas»

Opinión
Sueños chamánicos en Venecia

Trabajo flotante del artista Saype, realizado con pigmentos biodegradables, que recorrerá los canales de Venecia durante la 59ª edición de la Bienal de Venecia 2022.|Reuters

La última vez que asistí a una Bienal de Venecia, en 2015, el curador encargado había organizado una lectura continua, en el centro de la exhibición, de El capital de Marx. Por aquellos años Thomas Picketty había vuelto a poner de moda las interpretaciones materialistas de la realidad, la desigualdad inquietaba a las mentes progresistas y varias crisis planetarias, desde la económica a la ecológica, despertaban preguntas sobre el futuro inmediato y cuestionaban la viabilidad del capitalismo occidental. 

Lo curioso es que cualquier asistente a la Bienal constataba sin mayor esfuerzo –los yates en los puertos ayudaban- la buena salud que tenía el capitalismo, y la curiosa forma en que había engullido al mismo Marx para ponerlo a su servicio. Porque la muestra, por muy radical que fuera su mensaje, contribuía como pocos fenómenos culturales a gentrificar la ciudad y a magnificar ese mito fabuloso, a la vez decadente y sensual, que convierte a Venecia en una de las mecas del turismo mundial. Era evidente que quienes caminaban por las grandes galerías de la exhibición no estaban allí para «concientizarse»; tampoco para aprender de Marx y mucho menos para sufrir por los males del mundo. Estaban allí para divertirse, como es lógico, porque para lamentar las tragedias humanas mejor uno se queda en casa, estancado en la rutina de siempre, leyendo periódicos y viendo noticias. A Venecia, no nos engañemos, se va siempre a gozar.

En los siete años que separan esa Bienal de la última, la edición número 59 que acaba de estrenarse, muchas cosas han cambiado en el debate público o, al menos, en el orden de prioridades del establishment cultural. En esta ocasión, pandemia mediante, predomina la inquietud por la supervivencia de las distintas especies, la humana y las no humanas, y sobre todo se percibe un desencanto no muy novedoso ni muy original por la modernidad falocéntrica occidental. Si en el 2015 la revolución sería racional, testosterónica y moderna, con Marx a la cabeza, esta vez tendrá que ser irracional, femenina, transexual y premoderna. 

Nada más moderno que odiar la modernidad y nada más Occidental que idealizar formas de vida primitivas

No debe extrañar que la curadora, la italiana Cecilia Alemani, hubiera buscado inspiración en la tradición surrealista para darle sustento histórico a la muestra. El surrealismo francés fue la vanguardia que con más vehemencia descreyó de la racionalidad occidental, y la que con más ansiedad y consistencia buscó ejemplos de libertad instintiva y desenfreno imaginativo en África, Oriente o América Latina. André Breton y sus seguidores, además de ser los más férreos críticos del colonialismo, fueron los primeros en invocar al mongol, al bárbaro, al loco y al salvaje para que destruyeran la civilización occidental. Querían el fin de la racionalidad y del mundo organizado según la lógica europea; querían destrozar las categorías binarias y las categorías morales. Sin embargo, aquel empeño anticolonial y aquel odio hacia Europa los convertía en los más claros exponentes de la modernidad occidental, al menos en su vertiente romántica. Nada más moderno que odiar la modernidad y nada más occidental que idealizar formas de vida primitivas. Y las mismas contradicciones se aprecian en el discurso teórico que anima esta edición de la Bienal de Venecia. 

Lo demuestra el que uno de los Leones de oro a la trayectoria artística se lo hubieran dado a la chilena Cecilia Vicuña. Así como Breton se encandiló con la irracionalidad, el poder mítico y las hibridaciones entre humanidad y naturaleza que se observaban en las obras de un artista caribeño como Wifredo Lam, el jurado de la Bienal ha caído rendido ante la evocación indígena que se percibe en las obras de la chilena. Su lenguaje artístico, dijo el jurado, «se sustenta en una profunda fascinación por las tradiciones indígenas y las epistemologías no-occidentales»; sus obras se anticiparon a debates feministas y ecologistas contemporáneos e imaginaron «nuevas mitologías personales y colectivas». 

Lo paradójico es que esta Bienal, que se había retrasado un año por la pandemia, finalmente pudo inaugurarse gracias a que la racionalidad moderna logró dar con la vacuna para el covid. Inmunizados y sanos, los europeos han logrado acudir en masa a aplaudir esos paraísos de irracionalidad y esas epistemologías alternativas. O a lo de siempre: a proyectar sobre América Latina sus maravillosos anhelos de pureza virginal, ecologismo premoderno y saberes ancestrales, ninguno de los cuales sirve para curar pandemias pero que se prestan para rituales divertidísimos, perfectos para unas vacaciones sin Bienal.   

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