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José Carlos Llop

Ecos del mundo antiguo

«No conocía a González-Palacios, pero me he preguntado cómo había tardado tanto en llegarnos un libro así»

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Ecos del mundo antiguo

Chris Karidis | Unsplash

Estaba leyendo la otra tarde Sólo sombras, recién publicado por la editorial Elba y su lectura me llevó a pensar, no sé por qué, en George Santayana, y a acordarme borrosamente de unas palabras que le dijo el esteta Bernard Berenson al escritor Frederick Prokosch. Me levanté a buscar el libro de memorias de Prokosch, que tiene un práctico índice onomástico, y las encontré: «Durante toda mi vida me he sentido exiliado. He gozado grandemente con la sensación de exilio. El exilio es la pimienta de una personalidad, pero uno se cansa de ser un solitario exiliado».

El autor de Sólo sombras es Alvar González-Palacios, nacido en Cuba en 1936, es un alumno de Roberto Longhi, del que Elba publicó hace pocos meses su delicioso Piero della Francesca. Desconocía al cubano, exiliado e italianizado, González-Palacios, pero leyendo sus retratos –Canova, John Soane, María Félix, Somerset Maugham, Cavafis, Louise de Vilmorin, Karen Blixen, Diana y Nancy Mitford, Yussupov y un maravilloso y largo etcétera– me pregunté dos cosas: ¿por qué no nos había llegado antes un libro así? Y ¿cabe este libro en la cultura española contemporánea?

Decía Bruce Chatwin que en la casa de un hombre con un grado estético superior, siempre debía de haber un detalle de mal gusto que subrayara la diferencia, el buen gusto de su propietario. Ahora deberíamos planteárnoslo al revés: en una sociedad dominada por la cultura de masas, un libro como el de González-Palacios subraya el irresoluble mal gusto de esa misma cultura y le deja a uno con una sensación parecida a la de las palabras de Berenson a Prokosch sobre el exilio.  

Bruce Chatwin escribió –en una pausa de la enfermedad que lo mataría: no llegó a cumplir los 50– un pequeño tratado de estética en su breve novela Utz, el relato de la vida de un coleccionista de porcelanas de Meissen, en un país del Este comunista. El sentido de la estética de Kaspar Utz es, en esta novela, la vivencia de la libertad en la recreación de un orden antiguo, tan proscrito como el arte clásico en la China de la Revolución Cultural. El detalle de mal gusto es, precisamente, la vida gris y opresiva de un país sin libertad, férreamente controlado por el Estado. Un Estado representado primero por las fuerzas nazis de ocupación y por la policía política del comunismo después.

El mismo Chatwin fue un hombre que oscilaba entre un complejo sentido estético y una concepción esnob de la diferencia. Antes que escritor había sido conservador de arte primitivo en Sotheby’s, un equivalente de sir Anthony Blunt en la colección real de Buckingham, otro esteta cuyo esteticismo le condujo –con los miembros del Círculo de Cambridge– a traicionar a su nación en favor del comunismo soviético. Pero volviendo a Utz, hay algo especular en Chatwin y su personaje. Kaspar Utz contempla su pulsión de coleccionista de arte como una forma de idolatría, otro pecado oscuro relacionado con alguna forma de blasfemia, lo que lo emparenta con Blunt. En sus últimos meses de vida, Chatwin buscará y comprará desesperada y caprichosamente objetos raros y únicos de otras culturas, en un sentido tan esteticista como taumatúrgico, que conjurará con un nuevo matiz de esa misma pulsión: su conversión al cristianismo ortodoxo, hechizado por la estética de la liturgia de la iglesia de Oriente.

Pero dejemos a Chatwin sin dejarlo del todo y regresemos. En los últimos años se han publicado en España varios libros importantes de parecida familia intelectual: Confieso que me he equivocado, del gran Federico Zeri (Trama); las Memorias de un esteta (Pre-textos), de otro grande, Harold Acton, que sirvió de modelo a Evelyn Waugh para su personaje Anthony Blanche en Retorno a Brideshead; Momentos de visión, de Kenneth Clark, autor de la apabullante serie Civilización (luego publicada: aquí por Alianza); o Apuntes para un autorretrato, de Berenson –estos dos últimos en Elba, también–. ¿Qué eco han tenido?

¿Queda algo del que tenían –académico y periodístico– los libros de Schlosser, Panofsky, Praz o Gombrich décadas atrás? La impresión es que ahora tienen el mismo que tuvieron Velázquez o Goya, por ejemplo, en Kenneth Clark, o sea, incomprensiblemente nulo a juzgar por Civilización. Lo que nos lleva a pensar otra vez en el exilio mencionado por Berenson, como el único destino que deja la cultura de masas a estos raros que pasan por la vida enriqueciéndola como pocos. Lean Sólo sombras de Alvar González-Palacios: lo disfrutarán con una sonrisa imborrable en los labios.

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