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José Carlos Llop

Donde habite el olvido

«Nos hemos cargado a una alta funcionaria del Estado que cumplía con su deber y a seguir jugando, que esto va de buen rollo y democracia»

Opinión
Donde habite el olvido

La exdirectora del CNI Paz Esteban.|Europa Press

En la relación entre dos personas –matrimonio, amantes o amigos– surge en ocasiones un disolvente cuya acción es imparable: el olvido, la desmemoria o peor aún: el efecto Dementor. Los malignos dementores –lo supe hace años al ver con mis hijos la adaptación cinematográfica de una de las novelas de JK Rowling– roban los buenos recuerdos de una persona y le dejan sólo los malos. No sé ahora de qué mito antiguo viene esa figura, pero sí –porque lo he visto– que esta perversa forma de alzhéimer selectivo ha acabado con muchas parejas. De casados, de amantes y de amigos.

También en política se produce una curiosa depauperación de los mejores sentimientos –con Maquiavelo en versión para adolescentes siempre al fondo– y esto provoca que el olvido, combinado con la mentira, sea un elixir que alimenta la irresponsabilidad hasta límites insospechados. Cuando una tropelía es descubierta, la estrategia consiste en aguantar la tormenta porque el olvido llegará y si no llega solo, otro escándalo mayor hará que se pierda en la niebla. Y cuando se tienen en el  pasado asuntos poco recomendables para una vida pública civilizada, cualquier operación de maquillaje hará que los ciudadanos acaben creyendo que el bárbaro ya no lo es y lo voten sin pensar en el Mr. Hyde que se agazapa detrás del Dr. Jeckill. Y así pasan los días, como en el bolero, y cunden el engaño y la farsa, como en la vida, hasta llegar al Gran Susto y mejor no pensar mucho en él, que ya es suficiente con el virus pandémico que arrecia de nuevo.

Miren a Mélenchon, por ejemplo. De puro energúmeno golpeando puertas y pegando gritos a mansalva, ahora es el reunificador de la izquierda francesa y su esperanza, con los socialistas hechos trizas. Veremos lo que dura su nueva personalidad. O piensen en el actual Gabriel Rufián, templado al hablar y sin histrionismo alguno en su discurso gestual, un político moderado, vamos, y recuerden al faltón chulesco abriendo los brazos y retando a Borrell, como un torero con las dos orejas y el rabo –gesto muy español, por cierto–; o al que agitaba, ya no recuerdo si una impresora, una plancha eléctrica o una termomix desde su escaño; o al de las exigencias revolucionarias en 2017, por aquello de celebrar a lo grande, supongo, el aniversario de la peor revolución que en el mundo haya habido.

En fin, lo que puede un buen asesor de imagen. Pero ya que ha salido la revolución, en aquellos días álgidos del procés se habló de un misterioso ‘botón ruso’ y se rumoreó –no era ficción, aunque pareciera de Tintín, Plekszy Gladz, Borduria y lo demás– que hubo agentes del Este moviéndose por las calles de la Barcelona alterada, que las fake-news eran los ukases del nuevo zar, que se prometió ayuda moscovita y que el puerto de la ciudad circulaba como moneda de cambio. Eso se supo o corrió, pero se supieron y corrieron tantas cosas y tan deprisa y luego vino lo que vino, que muchas quedaron arrinconadas y otras como si no hubieran ocurrido nunca. El comienzo de El maestro y Margarita fue una especie de anuncio de lo que vimos. O sea de lo que después olvidamos, como querían sus protagonistas y aquí paz y luego más dinero.

Pero la invasión de Ucrania por parte de Rusia ha resucitado alguno de aquellos aspectos del procés y miren que se habían ocultado bajo la alfombra. De repente, al hilo de las escuchas, o no, han revivido encuentros y personajes que parecen salidos de una novela de Le Carré, el añorado, pasados por un teleclub parroquial. ¿Cómo identificarse con Ucrania si Rusia simpatizó con el procés?, se preguntan los mismos; a ver quién es el guapo ahora. ¿Cómo sostener la mirada ante el pan-nacionalismo ruso y asimilarse al nacionalismo de Ucrania, su actual objetivo militar? En otro tiempo se habría celebrado un concilio para resolver tanto enigma irresoluble y habría durado meses o años; hoy se echa mano de la aceleración del tiempo y la amnesia generalizada para que la comedia continúe. O mejor: vayamos al humor y de paso nos refugiamos, por ejemplo, en la literatura, que también va barata. The russian affair sería un buen título de novela y a ganar el Premi Josep Pla, entre ji, ji, jis y je, je, jes: aquí no ha pasado nada. Bueno, nos hemos cargado a una alta funcionaria del Estado que cumplía con su deber y a seguir jugando, que esto va de buen rollo y democracia.

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