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Victoria Carvajal

Cuando la política energética decide la exterior

«Hay un alto riesgo de que las tesis a favor de claudicar ante el genocida Putin vayan ganando terreno»

Opinión
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Cuando la política energética decide la exterior

EP

Que la política energética condiciona la política exterior es algo de sobra conocido. Que puede cambiar el mapa geopolítico de un día para otro, nada como la agresión rusa a Ucrania para poner en evidencia esa estrecha relación. Los mercados de la energía hoy marcan la agenda de las cancillerías en el mundo entero. Y en el caso de Europa, la más expuesta a las consecuencias económicas de la invasión rusa de Ucrania, la gestión de la crisis energética por parte de sus gobiernos será decisiva para mantener el apoyo hasta ahora mayoritario de los ciudadanos europeos a Ucrania. Si crece el descontento social y se culpa a la guerra de todos los males, empezando por la inflación y siguiendo por el deterioro de las previsiones de crecimiento justo cuando las economías se recuperaban casi totalmente del socavón provocado por la pandemia, hay un alto riesgo de que las tesis a favor de claudicar ante el genocida Putin vayan ganando terreno. Pedagogía, solidaridad y una renuncia puntual a los cómodos estándares de vida a los que estamos acostumbrados son hoy las claves de la resistencia. Esa es la batalla que podemos dar a más de 3.000 kilómetros de distancia del conflicto. 

No hay duda de que Putin calculó bien el momento de volver a atacar Ucrania tras la invasión de Crimea en 2014. Cuando tras el confinamiento se disparó la demanda de todo, empezando por la energía, la fuente esencial para reactivar la economía, y los precios empezaron a dispararse en los mercados ante la escasez de la oferta, las economías avanzadas estaban vendidas. Ya en enero (la invasión se produjo el 22 de febrero) la inflación en la eurozona se situaba en el 5,1% (en España en el 6,1%). Muy lejos del 2% que dicta el mandato del Banco Central Europeo y en las tasas más altas desde que se creó el euro. Con los precios de la energía disparados, las economías europeas dependientes del suministro de gas y petróleo rusos estaban abocadas a rendirse, como también pensó el presidente ruso que haría rápidamente Ucrania. En junio, la inflación de los 27 ha subido al 8,6% y en España al 10,2%. De momento, la UE no hace más que ampliar sus sanciones y la resistencia de Ucrania es admirable. ¿Se equivocó el dictador ruso? Con una guerra prolongada y de desgaste a la que estamos abocados, el apoyo unánime a Ucrania puede empezar a flaquear. 

Europa se asoma al precipicio energético y se prepara para la interrupción total del suministro de gas ruso. El racionamiento de la energía, que ya está siendo aplicado en Alemania, la inclusión del gas y la energía nuclear como fuentes de energía limpias, la reactivación de algunas centrales nucleares o el aplazamiento de su cierre, la importación de gas licuado, la vuelta al uso del carbón. Hasta que las renovables tomen el relevo de las energías fósiles, Europa contempla todas las posibilidades para acelerar su independencia del combustible ruso y en el camino disminuir la influencia geopolítica del tirano ruso. 

En el pasado lo vimos con la OPEP. Tras las crisis de los setenta y ochenta, su poder como primer suministrador del petróleo del mundo se resintió para siempre. Entonces, la primera crisis del petróleo, en 1973, fue el resultado de la sucesión del gran líder panarabista, el egipcio Gamal Abdel Nasser, por Anouar el Sadat, que entendió que el uso del petróleo de Oriente Medio era una potente arma política contra Israel y sus padrinos occidentales. Y consiguió el apoyo de los grandes productores de petróleo de la región. También supo desentenderse de la presencia soviética que su predecesor cultivó y en Julio de 1972 expulsó a 15.000 consejeros rusos. Un admirable ejercicio de reivindicación de su soberanía. Junto a el Assad en Siria declararon la guerra a Israel en 1973. Los intereses, sobre todo de las compañías americanas establecidas ahí, padecieron. Se dispararon los precios del petróleo. La economía americana entró en recesión desde 1973 a 1975. Tras la Guerra de los Seis Días, todo volvió a ser business as usual. Las dos partes se necesitaban. Y fue ahí donde se forjó el intercambio de intereses entre Arabia Saudí y Estados Unidos. Escenificados de nuevo esta semana con el controvertido encuentro en la ciudad de Jeddah entre Joe Biden y el príncipe heredero Mohammed bin Salman, sospechoso de estar involucrado en el siniestro asesinato del periodista Jamal Khashoggi en la embajada saudí de Estambul. Europa se asoma al precipicio energético y se prepara para la interrupción total del suministro de gas ruso.

«Europa se asoma al precipicio energético y se prepara para la interrupción total del suministro de gas ruso»

Luego vino la Revolución de los Ayatolas en Irán en 1978, el otro gran productor de la región y eterno rival de los saudíes, y la guerra Irak-Irán en 1979. Los precios se dispararon de nuevo. Y esa resaca duro más. El resultado de ese pulso trajo una nueva recesión en EEUU, pero la OPEC pasó de suministrar el 70% del petróleo que demandaba el mundo a menos del 40% actual. 

En ambas ocasiones las economías avanzadas se reconocieron vulnerables. ¿Pero, aprendieron la lección? No del todo. Hoy Europa, con Alemania en primera línea, es rehén de Rusia. La honorable, ¿e ingenua?, idea alemana de la Ostpolitik (si estrechamos los lazos comerciales les tendremos de nuestro lado, como defendió Willy Brandt con los países del Este en los años previos a la caída del Muro de Berlín) ha fallado estrepitosamente con un autócrata como Putin. Dispuesto a sacrificar a su país en nombre de su causa redentora contra los valores de un Occidente que él considera decadentes.

Hay mucho en juego. El PIB de Alemania, la locomotora europea, puede caer un 12%, según estimaciones del Bundesbank, si Rusia corta completamente, como todo apunta, el suministro de gas este otoño/invierno, Y si eso ocurre, ¿qué será de nosotros? El comercio intra-europeo y las inversiones estarán en juego. Más si el euro sigue perdiendo valor frente al dólar, con el que ya se sitúa a la par por primera vez en 20 años. Eso significa que hay que añadir a la subida del precio del crudo en los mercados, el 18% más que ha subido el dólar desde principios de año. La depreciación del euro, que implica que todas las importaciones con terceros son más caras, le complica al Banco Central Europeo (BCE) su lucha contra la inflación, cada vez más alejada del objetivo del 2% que recoge su mandato. 

Lo paradójico es que en pocas semanas hemos pasado de ser incapaces de acordar la inclusión del gas en el bloqueo a los productos rusos a que sea el régimen de Putin el que decida cortar ese suministro. Polonia, Bulgaria, Finlandia, Dinamarca, Países Bajos han dejado de recibir el gas ruso. Alemania, Francia e Italia han sufrido recortes cercanos al 40% en las últimas semanas. Que el precio del gas en Europa se haya multiplicado por siete en un año y que haya encontrado nuevos clientes de su petróleo en India y China, le permite por el momento mantener el pulso. ¿Pero, por cuánto tiempo? Rusia, cuya economía depende en más de un 50% de la venta de gas, petróleo y materias primas dejará de tener a Europa como cliente en el próximo año. No es un socio fácil de sustituir y Rusia corre el riesgo de convertirse en una colonia china, proveedora de energía y materias primas y poco más. 

La interrupción del flujo del gas ruso hacia Europa está forzando al continente a ralentizar la lucha contra el cambio climático en favor de la seguridad energética. En esa transición hacia la transición verde, el continente debe mantenerse unido para coordinar unas medidas de contingencia de forma similar a los fondos de ayuda NextGen acordados para repartir de forma solidaria los costes de la pandemia. Nos jugamos no sólo una más rápida y coordinada salida de la más que probable recesión que se avecina, sino la defensa de nuestro modelo de sociedad frente al tirano de Putin. ¿Lo conseguirá Europa?

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