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Miguel Ángel Benedicto

Nuestros hijos de puta

«Los Estados Unidos vuelven a poner sus intereses económicos por encima de la defensa de los valores y derechos humanos»

Opinión
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Nuestros hijos de puta

El saludo entre Joe Biden y Mohamed Bin Salman. | Reuters

Bendecir a asesinos y torturadores termina pasando factura. Es algo que debería pensar el presidente norteamericano, Joe Biden, cuando respalda con su saludo a sátrapas como el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed Bin Salman

La gira del presidente americano por Oriente Medio nos retrotrae a escenas del pasado, como cuando el ex secretario de Estado Henry Kissinger hablaba del dictador nicaragüense Anastasio Somoza: «Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta»

Biden consideraba un paria al heredero saudí hace unos meses por ordenar el asesinato y descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi en el consulado saudí en Estambul en 2018. El régimen de Riad no respeta los derechos humanos y cada vez es más represivo con opositores decapitados por criticar al Gobierno o con mujeres encarceladas por manifestarse. Sin embargo, la fotografía de la ignominia del choque de puños de Biden con Bin Salman ha sido un golpe en la cara de los defensores de los derechos humanos.

«La fotografía de la ignominia del choque de puños de Biden con Bin Salman ha sido un golpe en la cara de los defensores de los derechos humanos»

Al inicio de su mandato el inquilino de la Casa Blanca quería convertirse en el gran defensor de la democracia. America is back, dijo Biden, quien organizó una Cumbre sobre democracia para frenar a las autocracias en diciembre de 2021 a la que invitó a 77 países, entre los que se encontraban India o Filipinas cuyos líderes habían erosionado las libertades, las instituciones democráticas o marginado a las minorías. Un indicio de que el apoyo de EE.UU. a los derechos humanos iba a ser selectivo tal y como ha demostrado con su espaldarazo al «hijo de puta» de Riad; en un momento en el que la guerra de Ucrania ha puesto los precios del petróleo a su nivel más alto en una década. Arabia Saudí es el mayor exportador de crudo del mundo y el precio del combustible en los Estados Unidos ha obligado a Biden a visitar a Bin Salman para que incremente la producción de oro negro en los próximos meses. Sin embargo, no hay garantías de que Riad vaya a producir más allá de los 13 millones de barriles diarios.

La gira de Biden por Oriente Medio también le ha llevado a visitar al sátrapa de Egipto, Abdel Fattah Al Sissi, que recibe todos los años grandes cantidades de dinero de la administración americana mientras gobierna su país con un puño de hierro peor que el del derrocado dictador Mubarak. 

En un momento en el que es necesario que las grandes democracias sean capaces de atraer a su vera a potencias medias como Sudáfrica, Brasil, México o Indonesia; los Estados Unidos vuelven a poner sus intereses económicos por encima de la defensa de los valores y derechos humanos como denunció en Twitter la viuda del periodista Khashoggi. 

Con su visita a los estados del Golfo, Jordania, Egipto e Irak; Biden también busca recuperar influencia en la zona para evitar que China, Rusia o Irán cubran el vacío que ha dejado Washington en la zona durante los últimos años. Pero alianzas con El Cairo o Riad nos retrotraen a algunos de los puntos más oscuros de la historia de la política exterior de EE.UU. como el apoyo al Shah de Irán o a los golpes de Estado en Guatemala o Chile. Washington no siempre ha apoyado a las democracias, y sus intereses y pragmatismo han primado sobre el idealismo de la política internacional

Hace unas semanas en Madrid, el presidente de Turquía, Recep Tatyyip Erdogan, ponía sus condiciones sobre la mesa para que Finlandia y Suecia fueran admitidos como nuevos socios en la OTAN. Ambos países nórdicos tendrán que entregar al líder turco a 73 supuestos terroristas kurdos para evitar el veto de Turquía en el Consejo Atlántico. Otra cesión a un autócrata hostil al Estado de derecho, que acosa a los tribunales y medios de comunicación independientes.

El pasado mes de mayo Biden relajaba las sanciones económicas que pesaban sobre el régimen venezolano de Nicolás Maduro, pese a que la oposición puso el grito en el cielo. El presidente americano también autorizó a la compañía petrolera estadounidense Chevron iniciar negociaciones con la venezolana PDVSA.

La crisis energética y alimentaria en la que nos encontramos tras la guerra de Putin nos dirige a la realpolitik y a tener extraños compañeros de cama. No hay más que ver el giro de la política exterior española con el Marruecos de Mohamed VI, que nos ha llevado al silencio inicial de Pedro Sánchez ante la muerte de 37 personas tras la actuación violenta de la policía marroquí en la valla de Melilla.

Esas amistades peligrosas terminan por causar graves daños a largo plazo. Bin Laden, que era considerado como un luchador por la libertad cuando fue reclutado por la CIA para luchar contra los soviéticos en Afganistán, se convertiría años más tarde en el cerebro del mayor atentado cometido en los EEUU durante aquél fatídico 11 de septiembre de 2001. 

Con un orden internacional bajo amenaza por la guerra en Ucrania, los cambios de opinión sobre dictadores y autócratas dificultarán la construcción de un consenso global que condene a Putin y la defensa de un orden basado en reglas. 

No descartemos que, tras el duro invierno que se avecina con un escenario de estanflación, los líderes europeos de aquí a un año acaben chocando puños con Vladimir Putin.

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