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Pablo de Lora

Milagro de los Laín

«Los destinos de los hermanos José y Pedro Laín Entralgo reivindican la necesidad de una visión compleja del pasado y, por tanto, tolerante»

Opinión
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Milagro de los Laín

Pedro Laín Entralgo. | Wikimedia Commons

Espigado entre algunas villanías y muchas exculpaciones ad hoc me topo con el siguiente párrafo de las memorias de Santiago Carrillo

«Caminando por San Sebastián Medrano, Laín y yo con algunos camaradas vascos, Pepe se separó rogando que le esperásemos un momento y se acercó a hablar con un hombre joven, bien vestido que caminaba solo. Aunque no le conocía personalmente, por su aspecto y por fotos que me había enseñado Laín, me di cuenta que era su hermano Pedro, entonces teórico y jerarca de la Falange. Después de un rato de conversación Pepe se separó de él y volvió a reunirse con nosotros, confirmándonos que era su hermano… En aquel momento y lugar la vida de Pedro Laín estaba en peligro. Le vimos marchar y hoy es el día en que todavía me alegro de que a ninguno de nosotros se nos ocurriera impedírselo, cosa que habría sido sumamente fácil. Pedro Laín pasó a Salamanca y sólo bastante después tuvo una evolución liberal. Él hizo uso de su influencia para que Pepe, tras largos años de exilio, pudiera regresar a España donde murió todavía relativamente joven, sin abdicar de sus ideas» (Memorias, Planeta, 2007, p. 174).

«No fue en San Sebastián, sino en Santander, recién comenzada la guerra, a donde fue a dar un curso», me dice Milagro, la hija de Pedro Laín que a sus 86 años conserva bien la memoria y mejor aún el discurso de la filóloga que sigue siendo. «Mi tío José, efectivamente, regresó en el 57 de la Unión Soviética, donde vivió un primer exilio tras su participación en la revolución de octubre del 34, y luego desde que pudo salir en el 39. Una excelente persona, un hombre inteligentísimo y un fantástico traductor del ruso». 

José Laín residió en España desde finales de los 50 traduciendo no sólo los clásicos de la literatura rusa, sino también importantes obras del marxismo-leninismo que se publicaron en Latinoamérica (la Historia de la Filosofía de Dynnik entre otras), como en su día contó Gustavo Bueno. «Mi tía Concha hizo mucho para que, a pesar de su distancia ideológica, mi padre y mi tío José mantuvieran una relación fraterna y no pesara tanto el pasado», me dice Milagro. 

«Ambos con los ojos húmedos nos miramos mutuamente durante algunos segundos; luego nos abrazamos con fuerza. Ríos de sangre iban a separarnos hasta que veintiún años después volviéramos a reunirnos»

«Muchas cosas nos separaban -rememora de ese encuentro santanderino Pedro Laín en Descargo de conciencia (1976)… -Rápidamente [José] me expuso sus planes inmediatos y me declaró su total fe en un triunfo inmediato de la República. También yo le hice saber mis propósitos; mis deseos, más bien. Ambos con los ojos húmedos nos miramos mutuamente durante algunos segundos; luego nos abrazamos con fuerza. Ríos de sangre iban a separarnos hasta que veintiún años después volviéramos a reunirnos. ¿Seguiríamos siendo los mismos? Sí, pero de otro modo». 

«Piensa, además -me cuenta Milagro- que a mi abuelo materno, el Dr. Jesús Martínez, lo mataron a finales de agosto las tropas de Queipo de Llano en Sevilla. Un médico querido y respetado, un hombre progresista como se dice hoy tirado en una cuenta en la carretera de Dos Hermanas». 

«… ese asesinato de mi suegro» –escribe Pedro Laín- «iba a ponerme de nuevo, y del modo más arduo y apremiante, ante el problema de mi ya efectiva y activa adhesión a la causa en que militaba: el ‘Movimiento Nacional’… ¿Dónde y con quién estaba yo?… Visité a dos personas de su amistad próxima, ambas, por su inequívoca filiación derechista, indudablemente bien situadas en la Sevilla de aquellos días… No nos fue posible hacer nada”. Cobarde mentira… ¿Acaso en el gobierno civil de las ciudades que desde el 18 de julio integraron la llamada ‘zona nacional’ no hubo en todo momento autoridad y disciplina eficaces? ¿Es que en ellas operaron ‘hordas incontrolables’ o ‘grupos incontrolados’?… esos dos amigos de mi suegro… comenzaron a enseñarme en vivo algo que más tarde tantas y tantas veces había de ver yo: la incapacidad de nuestra derecha para la denuncia de cualquier fechoría cometida en aras del que ella considera ‘su orden’» (Descargo de conciencia, p. 186). 

¿Y la izquierda y sus incontrolables «hordas»? En sus Memorias escribe Santiago Carrillo a propósito de su margen de actuación como Consejero de Orden Público en el terrible otoño madrileño del 36: 

«Cuando uno está alejado en el tiempo y en la distancia de una guerra…cabe la posibilidad de una reflexión puramente humana, dolida por la desaparición de vidas sin diferenciar el campo en que caen»

«… el 7 de noviembre no podíamos incurrir en angelismos. ¡Afortunadas las personas que no han tenido que pasar por situaciones así en su vida!…Cuando uno está alejado en el tiempo y en la distancia de una guerra… cabe la posibilidad de una reflexión puramente humana, dolida por la desaparición de vidas sin diferenciar el campo en que caen. Pero cuando tú estás inmerso en esa guerra, convencido de que defiendes una causa justa, no sientes la pérdida de vidas del enemigo como sientes la de tus correligionarios, no; desgraciadamente para que venzan los tuyos tienen que caer los otros… En noviembre de 1936… nos encontramos en medio de una situación difícilmente controlable y no conseguimos controlarla en muchos aspectos. Logramos eso sí que durante dos años y medio Madrid fuera el símbolo mundial de la resistencia antifascista» (Planeta, 2007, pp. 214, 218). 

Años después, en la última oportunidad que le brindó la vida de recordar públicamente, dice Santiago Carrillo en Mi testamento político (2012): «Estábamos en un enfrentamiento a vida o muerte como lo fue en el siglo pasado, la guerra mundial entre el fascismo y la democracia… Cuando España se ha liberado de tan larga dictadura reivindicamos la política militar que permitió a aquel Madrid defenderse, con un valor considerado en el siglo pasado como un ejemplo para el mundo entero” (pp. 121, 123-124, las cursivas son mías). 

A la conclusión de su Qué hacer con un pasado sucio (Galaxia Gutenberg, 2022), afirma el historiador José Álvarez Junco: «Reivindiquemos, pues, visiones complejas del pasado, de las cuales se derivan herencias políticas y culturales múltiples. Si a la aceptación de esa complejidad, tanto del pasado como del presente, se añade el reconocimiento de nuestra falibilidad como jueces ante aquellos conflictos, el resultado será la tolerancia». 

Amén. 

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