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Ricardo Dudda

La vida sin examen

«Hay que escapar del autoconocimiento en una época de sobreexplotación identitaria, en la que nos ‘creamos’ en público, ante una audiencia»

Opinión
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La vida sin examen

El autor Emanuele Trevi. | Editorial Sexto Piso

«En cuanto a ser felices, eso es / lo terriblemente difícil, lo extenuante. / Es como llevar en equilibrio / sobre la cabeza una preciosa pagoda, / hecha de vidrio soplado, con campanillas / y débiles llamitas, / y ejecutar hora tras hora los mil / oscuros y pesados movimientos de la jornada / sin que ninguna lucecita se apague, / ni ninguna campanilla desentone». Con este poema de Cristina Campo abre el escritor italiano Emanuele Trevi su último libro, Dos amigos. Es una breve obra sobre la amistad, una despedida de dos amigos escritores que murieron prematuramente: Rocco Carbone y Pia Pera. El primero era melancólico, nihilista, lleno de complejos, bipolar. La segunda era un torrente de energía, de bondad que extendía a su alrededor a menudo sin ser correspondida. A través del análisis de sus obras y estilo, Trevi perfila sus personalidades. 

Es un tratado sobre la amistad, sobre literatura, sobre arte, pero también sobre qué es la felicidad. Hay una reflexión que me parece especialmente iluminadora: «La felicidad debería consistir en prestarnos cada vez menos atención. ¡Nada de conocernos! Cuanto menos sepamos quiénes somos y lo que queremos, más felices seremos. En todos los años que duró nuestra amistad, yo siempre le deseé a Rocco que fuera un poco más inconsciente». La felicidad, entonces, es ir en contra de la sentencia griega «Conócete a ti mismo», que estaba inscrita en el templo de Apolo en Delfos y que es un pilar de la sabiduría occidental; el Quijote le recomienda esto a Sancho: «Has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey». 

Hay que escapar del autoconocimiento en una época de sobreexposición identitaria, en la que nos creamos en público, ante una audiencia. Es lo que recomienda el psicólogo Adam Phillips, al que recurro más de lo que debería y que defiende «la importancia de no conocerse a uno mismo. Los síntomas son formas de autoconocimiento. Cuando uno piensa: soy agorafóbico, soy tímido, lo que sea, son formas de autoconocimiento. Lo que hace el psicoanálisis, en el mejor de los casos, es curarte de tu autoconocimiento. Y de tu deseo de conocerte a ti mismo de esa manera coherente y narrativa. Solo puedes recuperar tu apetito, y tus apetitos, si te permites desconocerte a ti mismo».

«El autoconocimiento excesivo desemboca en autodiagnóstico. Y el autodiagnóstico, en psicología, desemboca en profecía autocumplida: nos creemos el relato que nos contamos»

​​El autoconocimiento excesivo desemboca en autodiagnóstico. Y el autodiagnóstico, en psicología, desemboca en una profecía autocumplida: nos creemos el relato que nos contamos. Al buscar causalidades, nos diagnosticamos y acabamos actuando según ese diagnóstico. De nuevo Phillips: «Cuando la gente dice: ‘Soy el tipo de persona que’, siempre me derrumbo. Son fórmulas, todos tenemos unas diez fórmulas sobre quiénes somos, qué nos gusta, el tipo de gente que nos gusta, todo eso. La disparidad entre estas frases y cómo uno se experimenta a sí mismo minuto a minuto es ridícula. Es como la leyenda de un cuadro. Piensas: ‘Bueno, sí, puedo ver que se titula así. Pero hay que ver el cuadro’».

De nuevo Trevi: «Nos creemos infelices por algún motivo y no nos damos cuenta de que es la infelicidad la que constantemente crea su teatro de causas, causas que en realidad son solo sus máscaras, y nos pasamos buena parte de la vida -¡ojalá no toda!- luchando con problemas aparentes: problemas sentimentales, creativos, económicos…» Esto quizá suena un poco privilegiado: los problemas aparentes de los que habla Trevi a menudo son muy reales. Pero me sirve para explicar que a veces es la ansiedad la que crea los problemas, y no al contrario. Me recuerda a un episodio de The monkey mind, el libro de Daniel Smith sobre la ansiedad. Dice que a veces desaparece el origen de la ansiedad pero esta permanece: busca otros lugares donde colocarse. Es como un cangrejo ermitaño despojado de caparazón que busca cualquier otro refugio. Porque la ansiedad tiene vida propia; a veces su única causa es nuestro autorrelato, o nuestro intento de darle un sentido. Eso de que la vida no examinada no merece la pena a veces es mentira. 

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