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Julia Escobar

Traducir es justo y necesario

«Ni las culturas más autosuficientes se conforman con lo propio y hacen incursiones en lo ajeno, lo que implica recurrir a la traducción»

Opinión
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Traducir es justo y necesario

Franz Kafka. | Archivo

El otro día un amigo escritor me confesó no haber leído a Kafka ni a los grandes autores rusos porque nunca leía traducciones, no ya en castellano, sino tampoco en inglés y francés, idiomas que maneja a la perfección. Esta declaración de principios venía a propósito de su negativa a unirse a un grupo que, en contra de mis instintos poco gregarios, acabo de formar en FB con el significativo título de El pozo de Babel, movida por el desconcierto que siempre me planteó una enigmática frase de Kafka, -«Estamos cavando el pozo de Babel»- que leí en Fragmentos de cuadernos y hojas sueltas: 1922 (Carta al padre y otros escritos, Alianza Editorial), traducido por Carmen Gauger y que me llevó a la inmediata relectura de los principales textos de Kafka que revelan su obsesión por esa maldición bíblica de conseguir, de espaldas a Dios, un mundo perfecto y afortunadamente imposible: El escudo de la ciudad, De la construcción de la muralla china, La construcción, El topo gigante, cuento donde encontramos la siguiente frase: «El mundo es perverso y todavía encima se le ayuda», que leí en castellano en el volumen de Emecé, Buenos Aires, 1953 en la traducción de Alfredo Pippig y  Alejandro Ruiz Guiñazú, titulado La muralla china. 


Ya sé que hay traducciones y ediciones más recientes, consideradas mejores. Algunas las conozco y las reconozco, pero, como esos niños que vuelven a jugar una y otra vez con su primer osito de peluche, ya deslucido y roto, yo vuelvo siempre a las primeras traducciones que consiguieron abrirme los ojos y los sentidos a un mundo que me dejó boquiabierta.

Como me sorprendió tanto la revelación de mi erudito amigo, le resumí lo más brevemente posible algo que forma parte de una de las grandes polémicas en torno a la traducción desde tiempos de San Jerónimo y Panmaquio: su imposibilidad y su necesidad, tratadas por todos los teóricos de la traducción. Ni las culturas más autosuficientes, como la anglosajona, se conforman con lo propio y hacen incursiones en lo ajeno, lo que implica recurrir a la traducción, por muy humillante que pueda resultarles a los más soberbios. Esa especie de fagocitación cultural es la que ha conformado nuestro intelecto, incluso de una manera indirecta o si se prefiere, pasiva. Valentín García Yebra, que tanto ha reflexionado y escrito sobre este tema, llamaba «traducción inducida» a la traducción indirecta que todos los lectores y escritores llevamos a cabo a través de las lecturas de traducciones de otros porque, como decía Steiner, «traducimos a través del tiempo»

«Como decía Unamuno, ‘las lenguas son en todo rigor intraducibles, pero no impenetrables’»

Esa especie de milagro de la traducción, que consiste en hacer transparente lo opaco, se hace más patente que nunca en el doblaje de cine. En general, el espectador asume con absoluta naturalidad que personajes totalmente ajenos a su cultura hablen con total corrección su idioma pues, al menos en español, se da la circunstancia de que los actores de doblaje adoptan un tono ultracorrecto que quita cualquier peculiaridad a su habla, cosa que no les ocurre cuando actúan por cuenta propia. Esto también pasa con la poesía, la más imposible y sin embargo la más fecunda y necesaria de todas las tareas traductivas, Y es que, así como el creyente al comulgar asume sin cuestionarlo que está ingiriendo el cuerpo de Cristo, así el «leyente», cuando recita un poema traducido, piensa que está leyendo directamente al autor, o el espectador cuando ve una película doblada, que los actores hablan en su idioma. Y es estupendo que así sea, porque, como decía Unamuno, «las lenguas son en todo rigor intraducibles, pero no impenetrables».  Lo que me lleva a afirmar que la traducción es una cuestión de fe.

Pero vuelvo a Kafka y su obsesión por Babel. A José Jiménez Lozano le gustaba recordar la construcción de la Torre como una primera manifestación de totalitarismo y un buen ejemplo del intento de querer imponer un mismo pensamiento en los hombres, a través de una misma lengua. Concretamente escribió: «El rey Nimrod proyectó la famosa Torre de Babel para eso:  para que los hombres todos abrieran la boca del mismo modo y tuvieran los mismos pensamientos. Y de esto se trata siempre que se inventa una gramática nueva, hasta que Yahvé devolvió a cada cual su boca y sus pensares y la torre se vino abajo»” (Jiménez Lozano, 2006). Entonces Kafka empezó a cavar.

A pesar de la inmensa popularidad que ha adquirido su difícil literatura y de la errónea asimilación a la literatura del absurdo y del surrealismo, el escritor checo sigue siendo uno de los más torturados y retorcidos autores de lo que yo llamo la estética del fracaso, entre los que se cuentan Walser, Bernhardt, Melville, Bove, Baudelaire, Rimbaud e incluso Proust, para citar algunos que han alcanzado también una incomprensible popularidad. 

Creo que a esas alturas no necesito explicar por qué nada perjudica más a un escritor de esas características (solitario, controvertido, rechazado por sus contemporáneos, etc.) que la fama, producto de un lavado de imagen posterior, generalmente resumido en un adjetivo elaborado por una legión de lectores y críticos apresurados, que lo justifica y lo destruye todo: «kafkiano», convertido en sinónimo de surrealista, o «proustiano», convertido en sinónimo de introspectivo.  

En el texto titulado Kafka y sus precursores incluido en Otras inquisiciones), Jorge Luis Borges, ese avatar argentino de Kafka, se inventó una genealogía del escritor checo, con la que no siempre coincido. A la luz de tantos escritos de Borges, entre los que quisiera destacar el relato titulado La biblioteca de Babel incluido en El jardín de los senderos que se bifurcan, se podría inferir que Borges es uno de sus más relevantes precursores cuando en realidad Borges es el precursor de Borges y Kafka es el precursor de Kafka.



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