THE OBJECTIVE
Álvaro del Castaño

El poder de la amabilidad

«Parece que la amabilidad en el mundo contemporáneo ha entrado en conflicto con nuestra nueva manera de vivir tan cercana al individualismo»

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El poder de la amabilidad

Erich Gordon

Leía hace unas semanas en el noticiero online norteamericano Axios una noticia sorprendente. Se comentaba un reciente estudio universitario sobre el inmenso y desconocido poder de los pequeños actos de amabilidad cotidiana. Citando fuentes universitarias de primer nivel concluía que estas acciones de buena voluntad están infraestimadas en la realidad. ¿Pero por qué ser amable, es decir, ser digno de ser amado, y su cualidad, la de ser complaciente y afectuoso sorprende tanto en esta época, y es noticia?

Si reflexionamos un poco, la conclusión del estudio no debería de ser nada nuevo bajo el sol. En su obra El poder oculto de la amabilidad el sacerdote misionero Lawrence G. Lovasik (Rialp 2015) explica que ésta habita en nuestro interior si se vive con rectitud de intención y concluye que produce felicidad si uno la acoge desde la gratuidad. Pero tras más de dos milenios de cristianismo («ama al prójimo como a ti mismo»), y siglos de concienciación de la sociedad civil al respecto, parece una estupidez darse cuenta ahora del poder revolucionario de la milenaria «caridad». Y eso que este estudio no se refería a esta dimensión maximalista de la amabilidad (la caridad cristiana). La Iglesia ha estado practicándola con los pobres, los marginados y los desfavorecidos desde tiempos de Cristo. Esa vocación de amabilidad, la de ayudar al otro, la de entregarse y dar amor, no es solo dar, sino compartir vida, dar algo de nuestra propia vida a los demás.

Pero el estudio arriba citado se refería a otra dimensión más sencilla, y que realmente está al alcance de todos nosotros. Hablamos del impacto de los pequeños actos que realizamos en los demás. Estos pequeños actos pueden ser desde sonreír a dar cariño, a practicar las normas educación básica, a discutir sin reñir, y realizar pequeños esfuerzos como ayudar a cruzar la calle, ceder el paso en un ascensor, dar los buenos días, ofrecerse a dar indicaciones, ayudar en una tarea doméstica o en el trabajo. ¿Quién no puede hacer estas cosas fácilmente? ¿Porqué tenemos que ir por la vida cabreados, aislados, y obcecados? Parece que la amabilidad en el mundo contemporáneo ha entrado en conflicto con nuestra nueva manera de vivir, tan cercana al individualismo aislacionista de las grandes ciudades ahora mutado en el movimiento ermitaño de las redes sociales, y el egoísmo de la vida sin familia.

Tras compartir con vosotros, queridos lectores, estas reflexiones, me gustaría pensar en cómo sería el mundo si la practicáramos un poco más. No hablo de convertirnos en la madre Teresa de Calcuta, sino en trabajar para ser más amables con los demás, en proponernos primero ser más cariñosos con nuestra familia, respetuosos con los demás, intentando de vez en cuando salir de nuestra zona de confort existencial. Os prometo que seremos todos muchos más felices. Como afirma mi admirado doctor, escritor y conferenciante Mario Alonso Puig «aunque no te apetezca, aunque te cueste, aunque sientas que no puedes, aunque tengas que utilizar todos los músculos de tu cuerpo, sonríe. Acabarás sintiéndote mas contento y gestionarás mejor tus emociones.» Es decir, ser amable ayuda a ser feliz, siempre que esta amabilidad no se lleve a cabo con ego y exija retribución del recipiente de la misma.

«Necesitamos líderes corteses, que trabajen con todos, sin secretos ni aislamientos, y que sepan embarcarnos a todos en un proyecto de futuro realista»

Parte de la culpa de la desaparición de la amabilidad en el mundo contemporáneo la tiene la clase política empeñada en polarizar a la sociedad, enfrentándonos a unos contra otros, radicalizándonos con sus medidas divisorias que nos obligan a tomar un partido contra otro. Abunda el insulto, el tweet facilón, la ocurrencia estúpida y la burricie. Ahora parece que no se puede ser de derechas en lo económico, liberal en lo social y progresista en lo moral, o alterar cualquiera de estos ingredientes de manera aleatoria sin ser un apestado. Ahora hay que ser «muy» de derechas o «muy» de izquierdas en todo. Cuando hablamos de políticos, hay que centrarse sobre todo en los que detentan el poder en cada momento, porque son los que marcan el paso, controlan los medios de comunicación estatales y para-estatales (los que viven de la subvención y la publicidad gubernamental), y manejan el inmenso poder de influencia del presupuesto del estado.

En paralelo, muchos medios de comunicación, lo que antiguamente se llamaba el tercer poder, se han unido a esta escalada de acritud, antipatía, descortesía, y animadversión actuando de altavoz social de esta pandemia de mala educación.

Creo firmemente en la amabilidad como arma transformadora de la sociedad. Me inspiro en los escritos del filósofo jordano y estudioso del Corán SAR Príncipe Ghazi Bin Muhamad en su libro Truly Happy Life, y me atrevo a realizar un paralelismo entre amabilidad y el tándem misericordia-amor, que en mi opinión van íntimamente unidos. Ghazi afirma que ser amable, dar y hacerlo bien genera cinco impactos positivos tanto en el dador de amabilidad como el receptor de la misma: la cosa dada (la sonrisa, el acto de buena educación, por ejemplo) y el sacrificio que ello conlleva en el dador, el amor y la dignidad que ello implica, la humildad y la gratitud que uno tiene que ejercer al dar, el control de la ira que uno practica al perdonar, y la disciplina del autocontrol que uno debe ejercer para no sacar a relucir el tema nunca más.

Espero que emerja pronto una generación de líderes que vean en esta cualidad un mecanismo real para mejorar la vida de los españoles. Gente amable, que sepa buscar la concordia, perdonar, y que esté por encima de los rencores políticos y las rencillas. Necesitamos líderes corteses, que trabajen con todos, sin secretos ni aislamientos, y que sepan embarcarnos a todos en un proyecto de futuro realista a medio y largo plazo: algo que se encuentre entre La Cigarra y la Hormiga de Lafontaine.

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