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Javier Benegas

El mayordomo del diablo

«Sánchez es un autómata del poder. El verdadero peligro no es tanto este personaje como el Gobierno Frankenstein que amenaza con institucionalizarse»

Opinión
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El mayordomo del diablo

En poco más de tres años hemos visto a Pedro Sánchez faltar a su palabra y dormir a pierna suelta después de haber pactado con Podemos su investidura («[Si pactara con Podemos la investidura,] sería un presidente de Gobierno que no dormiría por la noches, junto con el 95% de los ciudadanos»); vulnerar los derechos constitucionales de los españoles imponiendo estados de alarma ilegales; cerrar el Parlamento; indultar a los líderes separatistas y derogar el delito de sedición (no lo ha reformado, directamente lo ha eliminado); desembarcar en empresas como Indra y rodear organismos independientes, como la AIReF, creando agencias paralelas; tomar al asalto el Tribunal Constitucional y coartar al CGPJ mediante decretos ad hoc; subir impuestos a las clases medias y bajas, después de prometer que solo los subiría a «los ricos»; entregar en bandeja de plata el Sáhara a Marruecos sin consultar con nadie, ni siquiera con sus propios ministros, generando a nuestro país costes económicos y reputacionales difícilmente cuantificables… 

La lista de mentiras, abusos de poder y capitulaciones de Pedro Sánchez es interminable y nada parece indicar que no la vaya a incrementar notablemente hasta el final de su mandato, si es que tal final es posible, porque empiezo a dudar de que a este autócrata se le vaya a poder apartar del poder por los medios ordinarios. Ha dado sobradas muestras de ser capaz de cualquier cosa con tal de seguir gobernando. Un miedo al que contribuye la llamativa benignidad de la Comisión Europea, que hiperventila con Orban pero engulle sin que se le hagan bola los disparatados presupuestos generales de este Gobierno y silba mientras Sánchez hace mangas y capirotes con los restos de la separación de poderes. 

Sin embargo, de todo lo soportado durante esta infame legislatura, en mi opinión, lo más estomagante han sido las lágrimas vertidas por Irene Montero, tras la chanza que la diputada Carla Toscano le dirigió en el Congreso —«El único mérito que tiene usted es haber estudiado en profundidad a Pablo Iglesias»—. Y digo que es lo más estomagante porque a la perpetración de la enésima burrada de este Gobierno, como es la ley del solo sí es sí, se ha añadido la apoteosis del cinismo: el poder travistiéndose de víctima.

«Montero ocupa una posición de poder y el poder nunca es víctima»

Que Montero adopte el papel de víctima para ocultar sus desafueros es un detalle siniestro que casi ha pasado desapercibido. Presentarse como una simple mujer violentada por ese espectro intangible que los reverendos de la izquierda llaman machismo estructural es una escenificación o, como ahora se dice, un relato manipulador hasta la náusea. Montero no es una simple mujer, es ministro y miembro del Gobierno y, por tanto, ocupa una posición de poder. Y el poder nunca es víctima, en todo caso es victimario. Solo quien tiene una posición de poder puede hacer realmente daño, no quien no la tiene. Esto seguramente lo sepa Irene, que para algo se licenció en psicología.

En efecto, el Poder, encarnado en Irene Montero, ha hecho mucho daño a las víctimas de violaciones y agresiones sexuales y, por elevación, al conjunto de la sociedad al alumbrar una ley innecesaria desde el punto de vista jurídico, pero no desde el ideológico, que es lo único que a Montero le importaba. El resultado de este fanatismo: la reducción de condenas de violadores y agresores sexuales, incluso su puesta en libertad anticipada. No hablamos de uno o dos casos, como en su día pronóstico el inefable Simón a propósito de la incidencia de la covid en España (150.000 muertos le contemplan), sino de cientos… por ahora. Si nadie le pone remedio, serán miles.

Que las descalificaciones personales no aportan nada en política, salvo enardecer los ánimos, es algo en lo que podemos estar de acuerdo. Sin embargo, si repasáramos lo acontecido en el Parlamento desde que existe, llegaríamos a la conclusión de que las palabras de Toscano no deberían ocupar un lugar destacado entre las afrentas registradas. Descalificaciones mucho más gruesas, descarnadas y viles, insultos explícitos incluidos, se han dirigido los diputados entre sí en la sede de la soberanía popular sin que se desataran tormentas demasiado duraderas. En la mayoría de estos casos, al poco de que los contendientes abandonaban el terreno de juego, pelillos a la mar. ¿Por qué entonces la afrenta a Irene Montero está siendo utilizada sine die para tocar a arrebato?

Por supuesto, salvar la cabeza de Irene Montero es, a primera vista, el objetivo más evidente. Desatar el pánico moral del machismo sirve para trastocar la mala fe y el fanatismo en victimismo, lo hemos visto demasiadas veces. Pero hay algo más. La extrema izquierda, con esta demostración inquisitorial, está lanzando un nítido mensaje a Pedro Sánchez, no a la oposición ni tampoco al disidente común. Le dice lo siguiente: que haga lo que haga la extrema izquierda es intocable. Y le dice algo más. Le recuerda que cuando vendió su alma al diablo para alcanzar el poder, su destino quedó sellado. Desde ese instante, su alma política le pertenece a la extrema izquierda. Debe pues evitar cualquier tentación de regatear el pago de lo convenido, de lo contrario el diablo no solo le desproveerá del poder, sino que le arrojará al infierno que más teme Sánchez: la irrelevancia y el olvido.

Mucho se ha escrito sobre la supuesta audacia de Pedro Sánchez. Reconozco que un tipo imprevisible, capaz de hacer cualquier cosa para mantener en el alambre, incluso poner España a los pies de sus más encarnizados enemigos, de los Iglesias, Otegi, Montero y Junqueras, puede parecer audaz, no lo discuto. Pero no es audacia lo que destila el personaje, ni siquiera temeridad. Lo que emana de Pedro Sánchez es el olor de una enfermedad, una dolencia temible, peligrosa: la psicopatía del poder

«En realidad, Sánchez es un tipo mediocre afectado por un complejo de inferioridad al que ha transformado en soberbia y chulería»

Sánchez puede creer y hacérselo creer a los narratarios de este drama que es una especie de Maquiavelo castizo, un pistolero cuya puntería y falta de escrúpulos hace que sus adversarios parezcan bizcos. Pero no es cierto. En realidad, es un tipo mediocre afectado por un complejo de inferioridad al que ha dado la vuelta y transformado en soberbia y chulería. Un personaje así no dudará en engañar y engañarse a sí mismo. Puede llegar a creer y hacer creer a los ilusos que tiene la sartén por el mago, que juega con todos en su propio beneficio. Pero está equivocado y también lo están quienes engordan su leyenda. 

Sánchez está atrapado en la falacia de control, en una distorsión cognitiva y error de pensamiento que le hace creer que tiene el manejo de los acontecimientos. Sin embargo, con cada decisión, con cada tropelía, no hace sino ejercer como mayordomo de un Iglesias cuyo negocio (dinero, dinero y dinero) consiste en vender resentimiento; de un Otegi que promete una Euskadi democrática pero que, como trotskista, trabaja para imponer la dictadura en un futuro País Vasco desprovisto del amparo de España; de una Montero que es el epitome de la generación criada entre algodones, paradójicamente resentida, infantilizada y tiránica: de un Junqueras, revolucionario de pacotilla, que en vez de afrontar las consecuencias de sus actos, como hicieron los nacionalistas irlandeses en el Alzamiento de Pascua, ha llorado y suplicado por su indulto.

En definitiva, Sánchez es un autómata del poder, el producto inevitable de un modelo político descuidado que alumbró una democracia de mínimos. A lo sumo, un canalla que vendió su alma al diablo y que, ahora, no tiene más remedio que servirle. El verdadero peligro, pues, no es tanto este personaje como el Gobierno Frankenstein que amenaza con institucionalizarse. Esa Hidra de Lerna, cuyas múltiples cabezas comulgan al unísono con aquella temible sentencia de El corazón del ángel: que no hay la religión suficiente para que las personas se amen entre sí, pero sí para que se odien.

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