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Juan Marqués

Respuesta a un poeta joven

«Hay muchísimo más ruido, mucha menos atención, menos tiempo, y no sólo es más difícil distinguir lo mejor, sino, sobre todo, es difícil conseguir que los libros verdaderamente importantes reciban todo lo que merecen»

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Respuesta a un poeta joven

Respuesta a un poeta joven.

Estimado amigo,

esta misma mañana he recibido tu libro y a lo largo de esta tarde he ido recorriéndolo, disfrutándolo mucho. Encuentro en él numerosos aciertos, detalles de talento, brochazos originales, y, en general te he de decir que […]

Me convence su melodía, tan característicamente «local», pero también, aunque tal vez implique sobrepasarme, quiero suplicarte que tengas cuidado con ese tipo de inspiración. Tu ciudad es un lugar maravilloso pero también peligroso, condiciona demasiado, es como si allí fuese obligatorio escribir poemas y, puestos a escribirlos, como si se impusiese una forma única de hacerlos, fotocopiándoos unos autores a otros, citando por sistema los jóvenes a los veteranos, en un discurso circular, previsible y adulador que desde fuera, créeme, resulta llamativo, por no decir alarmante. 

Yo soy un poeta estrictamente irrelevante y no tengo ningún derecho a ponerme paternalista, todavía no soy tan viejo, pero ya que me preguntas, y ya no como poeta sino como crítico, te diré que tú haces bien algo que a mí cada vez me gusta menos, y te ruego que te vigiles. No caigas en lo fácil, por favor, no quieras escribir a toda costa, no tengas jamás ninguna prisa, sé autoexigente siempre, sé tu crítico más duro. Cuando lleguen temporadas donde escribas muchos poemas, más que alegrarte has de preocuparte, leerlos escamado. No tengas nunca una sandwichera de hacer poemas, no escribas poemas formularios, no cedas a las variantes de ti mismo. Cuidado con los poemas «ingeniosos», esas tonterías en las que parece que se ha encontrado una buena idea, tipo «tú y yo somos pronombres personales»… para después agotar el campo semántico de la gramática en un poema larguísimo y estéril que ruega «que no haya hiatos entre nosotros, seamos un pleonasmo»… En todos los libros de los poetas de tu estirpe y de tu edad hay al menos dos o tres soplapolleces de esas, sobre el cine, o sobre un deporte, o sobre una ciudad…, que son un festival del tópico y no conducen a ningún lado importante. No son poemas, de hecho, son sólo palabras.

He notado que entre los poetas de tu generación hay una ansiedad editorial especialmente acuciante. Antes también sucedía, desde luego, pero es que antes las cosas tardaban mucho más en «caducar», en olvidarse. Si alguien ganaba un Adonáis, o publicaba un gran libro…, las ondas de la «novedad» podían crecer durante varios años, eran reconocimientos duraderos, y por tanto los autores quedaban satisfechos, se tomaban mucho tiempo para dar el siguiente paso. Ahora alguien gana un Adonáis y literalmente no nos enteramos, no trasciende, o alguien publica un muy buen libro y a las tres semanas ya nadie habla de él porque han llegado otros treinta reclamando cariño. Hay muchísimo más ruido, mucha menos atención, menos tiempo, y no sólo es más difícil distinguir lo mejor, sino, sobre todo, es difícil conseguir que los libros verdaderamente importantes reciban todo lo que merecen.

«Qué diferente sería todo si algunos poetas cuidasen sus versos la mitad de lo que cuidan sus selfis»

Sea como sea, mi consejo siempre será saber esperar, estar tranquilo, intentar publicar con toda la dignidad posible cuando realmente se haya conseguido escribir algo de valor y… no esperar nada más. Hay que ser marcoaureliano: el premio por escribir un buen libro… es haber escrito un buen libro, sin más. Busca lo mejor para tus poemas, claro, dales una buena editorial, consigue para ellos un buen diseño, mímalos…, preséntalos a algún premio respetable…, pero después que se busquen la vida solitos. A los poemas, como a los hijos, hay que dejarlos ir, dejarlos en paz una vez que se les ha dado la bendición. Si son realmente valiosos, nunca se acabarán. Cada vez los leerá menos y menos gente, claro, pero cuando alguien los encuentre por casualidad en el futuro se encontrará con lo que son: algo vivo y útil, no la chatarra con la que tienen que convivir ahora, en el momento de su salida, aturdiendo con su estruendo. 

Antes los buenos poetas publicaban, recibían atenciones y con eso quedaban más o menos tranquilos durante años. Ahora incluso los buenos poetas han caído en la ansiedad. Publicar crea adicción. No hay tiempo para disfrutar de lo conseguido: apenas has engendrado algo bueno, ya sientes que tienes que seguir compitiendo para no ser ahogado, para no ser olvidado, para seguir ahí. 

La tarta editorial es muy pequeña, y la poesía no llega ni a lacasito, de modo que si uno no espabila se queda sin migas: eso lo entiendo, pero mi consejo, terrible, sería que tengas también cuidado con el demonio de la autopromoción. Sé elegante, confía en ti mismo: muchas veces es frustrante, lo sé, pero piensa que si lo que has escrito merece de verdad la pena es imposible que pase totalmente inadvertido. Es como esos niños que, en las piñatas, se quedan a un lado, mirando tranquilamente cómo todos sus compañeros se lanzan desesperados a por los caramelos y se pelean, se arrebatan las cosas, se muerden, se pegan por esos juguetes baratos… Qué bien me caen siempre los niños que deciden permanecer al margen de eso, observando con una sonrisa, sabiendo que ellos ya tienen en la mano algo pequeño pero poderoso, algo humilde pero suyo, genuino, algo trabajado y no mendigado, algo merecido y no rapiñado.

Si prefieres publicar cuarenta libros malos que tres buenos, o si tu objetivo es la atención de la prensa, o la visibilidad, o salir en Página 2, o llevarte el Premio Cervantes…, entonces adelante, lánzate a ver qué te cae. Pero si estás en la poesía para tratar de entender algo, de encontrar algo, de descubrir algo y comunicarlo… entonces vive con paz, sin agobios, sin mirar a los lados ni escribir atento a tendencias, sin querer complacer a nadie que no seas tú mismo. Si tu poesía no es tu propio camino, algo así como la prolongación de tu conciencia, de tu mirada, de tu sensibilidad… entonces, ¿qué es?, ¿para qué la escribes?, ¿cómo podría importarnos? Y por otra parte hay esperanza: hay muchos ejemplos de poetas verdaderos y no competitivos que han alcanzado los más altos honores, o por lo menos un reconocimiento suficiente. De vez en cuando sucede. En todo caso, tú confórmate con “poco”: si consideras que de verdad has escrito algún buen poema en tu vida, eso ya es mucho, todo un triunfo. Se trataba de eso.

No pretendas vivir de la poesía, eso sería horrible. Que tus facturas no dependan de tus versos. Debe de ser espantoso ser de esos que están obligados a escribir, seguramente sin ganas, novelas ya comprometidas, o biografías «alimenticias», o encargos que no apetecen nada… Se nota mucho cuando se leen textos que se han escrito sin amor, sin pasión, sin necesidad. Compadezco de corazón a quienes tienen que vivir de su literatura. Mucho mejor vivir de la ajena, como yo.

Quiero decir que la poesía no es un trabajo, pero tampoco una afición. Ni un medio de vida ni algo a lo que uno se dedique en el tiempo libre. No: la poesía es tiempo libre en sí misma, tiempo y libertad, una liberación íntima con la que uno vive constantemente, una especie de compañía segura, aunque jamás se escriba un verso. La poesía es un destino, no una carrera. Es más un horizonte que algo que hacer, más un ideal que una realidad, aunque tenga que ser también algo constante, cotidiano, posible.

No utilices los verbos «indagar» ni «explorar» en por lo menos diez o quince años. La crítica literaria los ha inhabilitado, por abuso. Y jamás la palabra «cartografía» (excepto para referirte a la cartografía): es un sustantivo definitivamente echado a perder por culpa de los jurados de los premios, desde la Academia Sueca al último ayuntamiento del mundo.

Si un libro tuyo es el séptimo más vendido de poesía en El Adelantado de Zamora, no publiques en redes una foto de la lista con un «No me puedo creer que mi libro esté entre los más vendidos de la semana según El Adelantado de Zamora»… Es penoso, de verdad, y en todo caso de esas cosas es mejor no presumir. No necesites ser constantemente noticia, aprende a desaparecer: a la larga es una buena inversión. Y eso se ve también en el comportamiento en las redes sociales. La ley «dime cómo es tu twitter y te diré cómo es tu literatura» falla muy pocas veces, sobre todo cuando lo que se quiere proyectar en Instagram y en los versos es lo mismo. Muchos poetas intrusos se delatan allí. Qué diferente sería todo si algunos poetas cuidasen sus versos la mitad de lo que cuidan sus selfis.

No publiques un autorretrato cada vez que te cortas el pelo o te afeitas. No seas ridículo. Y, por encima de todo, no ilustres con un autorretrato tuyo versos ajenos: eso es lo peor de todo, una prueba irrebatible de iniquidad, por no decir de protervia. Carmen me dice que exagero, y que he de ser más piadoso, y que a saber qué carencias afectivas, o qué traumas o qué complejos o incluso qué problemas mentales lleva a determinadas personas a hacer eso, y que hay que ser prudente y comprensivo y compasivo… Pero es que yo soy de Zaragoza, lo cual implica funcionar sin muchos matices cuando se sabe que se tiene razón, ser un poco bruto pero también tener puntería, anhelar la verdad y trabajar por el bien común de un modo elemental, por primitivo: para decirlo con algo más de suavidad, es radicalmente imposible que tenga nada valioso que decir alguien que reproduce en redes sociales un texto de algún autor al que está leyendo y lo ilustra con su careto mirando hacia el infinito. Es lo más bajo, todavía peor que esos que dicen «Mirad qué amanecer más bonito en los lagos de Covadonga»… y se ponen delante, tapándolos. Si quieren que veamos esas montañas tan sublimes, ¿por qué se interponen entre ellas y nosotros? En poesía es fundamental saber quitarse de en medio. Todos escribimos sobre nosotros mismos, incluso aunque no queramos, pero hay que hacerlo de modo que el autor no se interponga entre el poema y el lector, que no empantane, que no arroje sombra sobre la página, que el narcisismo no actúe o por lo menos que no se note. Hay demasiados poetas que no han superado la fase infantil del «¡Mami, mira lo que hago!» de los parques de atracciones y los columpios. No, amigo poeta, no molestes: déjanos leer tu poema sin tener que ver cómo haces cabriolas en medio, que tu insignificante cuerpo no nos distraiga de tu tal vez significativa alma mientras te leemos. Que la desesperación, en fin, no sea tan evidente.

Y, por descontado, el consejo básico, que no es un consejo sino una obviedad, un presupuesto: lee mucha, muchísima, poesía, léela ávidamente, léela toda, ten curiosidad por lo que han dicho antes que tú, lee incluso aunque no tengas ganas, y cuando ya no puedas leer más sigue leyendo. Que todas las mujeres y todos los hombres que han escrito algún verso alguna vez se metan en tu cuerpo y en tu cabezota y dejen su gran o su pequeña huella. Aprende de los pocos buenos y, sobre todo, aprende de los muchos malos. Date cuenta de que es muy difícil que la poesía sea realmente buena, pero que eso no te sirva para relajarte sino para tomar conciencia. No para esforzarte más, porque en la poesía, como en el amor, sólo muy relativamente hay que esforzarse. Pero así, cuando te digan sin argumentos que la poesía de hoy es muy mala, podrás argumentar con autoridad que todo ha sido siempre igual, que todo sigue siempre por hacer.

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