THE OBJECTIVE
Alejandro Molina

Un galgo gordo y 'ercoñoturmana'

«Hay feministas que, mientras defienden que no hay que adelgazar ni depilarse, explotan su ‘capital erótico o sexual’ a la espera de obtener un retorno político»

Opinión
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Un galgo gordo y ‘ercoñoturmana’

Erich Gordon

Vi en una ocasión en Cádiz, en el atardecer de los colesterolémicos que caminan sin rumbo, a una gachí paseando a un galgo gordo. Hay que tener una férrea, sistemática, obstinada, obsesiva e insobornable constancia, determinación y disciplina para conseguir que un galgo se ponga gordo. Ni una costilla se le intuía siquiera al pobre animal. A un galgo estoy diciendo.

Viene el tema canino a colación, como luego se verá, de cuán diferentes se nos han venido mostrando, más allá de las luchas teóricas que han tenido su paroxismo con la ley trans de Irene Montero, las diversas facciones del feminismo de la enésima ola que hoy florece en España.

Hay así un feminismo que, al tiempo que lo niega vehemente en la ley que promulga, luce sin embargo desinhibidamente su dimorfismo sexual, haciéndolo a golpe de melena con mechas, pezón sobresaliente y modelito a la última; un feminismo representado por mujeres que, mientras defienden institucionalmente que no hay que adelgazar ni depilarse, sin embargo «se cuidan», como dicen las revistas femeninas; que aprovechan y explotan su «capital erótico o sexual» (Catherine Hakim) a la espera de obtener un retorno político, un rendimiento por poner en juego la «calidad y cantidad de sus atributos externos, su apariencia física, su afecto y sus -reales o postizos- estilos socioculturales» (Adam Green). No hay más que ver a Yolanda Lanada, que no sólo ríe aleatoriamente como una enajenada mientras desgrana sus haikus, vacíos, sino que los enuncia casi susurrando, aunque llame machistas a los dos hombres que la pusieron -en contra su voluntad dice, coqueta- donde ahora se encuentra.

«El ‘marujismo’ es la imperial soberanía del eterno femenino»

Existe por contra otro feminismo, encarnado por quienes tienen poco «capital sexual» que explotar -ni falta que les hace-, que ya quisieran si acaso tener tiempo de «cuidarse» para obtenerlo, y que no exhiben ningún «estilo sociocultural» postizo, por cuanto el suyo propio ya les da rendimiento y retorno político. El paradigma de este otro feminismo sería Teresa Rodríguez, pareja sentimental de José María Gonzalez, Kichi, alcalde de Cádiz, expulsada en su día de Podemos. El «estilo sociocultural» de Teresa es de otro orden: la semana pasada se conoce que un Cotarelo, arlequín adoptivo de la xenofobia institucional catalana, un tipo a medio camino entre personaje de Fellini y otro de Cine de Barrio, le dijo a Teresa que, por dolerse de la burla de TV3 con la Virgen del Rocío, ella representaba al «nacionalcatolicismo». Teresa le dijo su haiku en el tuiter: «Nacionalcatolicismo, ercoñotuhermana». Fíjense qué economía del lenguaje, qué autenticidad y verdad en su «estilo sociocultural».

Tengo para mí que el feminismo de Irene Montero, de Rita Maestre, el de Yolanda Lanada o el de cualquier otra que explote su capital erótico o sexual no tendría mucho retorno en Cádiz y en la baja Andalucía, jurisdicción bajo el absoluto dominio del arquetipo feminista de Teresa Rodríguez. Porque Cádiz es la ciudad más antigua de Occidente y ese feminismo institucional de guapas que «se cuidan» huelga. Y es que, así como el feminismo oficial tiene su decantación popular en el mujerismo de la TV, el mujerismo tiene en la baja Andalucía su trasunto en algo que le precede, por secular y antiquísimo, que es el marujismo. El marujismo es la imperial soberanía del eterno femenino, pero a voces en el mercado de abastos, ordenando al marido que coja las bolsas o que le acerque el carro. El marujismo es esa hembra con olor almizcleño que en verano sube a las diez de la noche de la playa de La Caleta con los tres niños renegríos del sol, caminando quince metros por delante del marido, que se arrastra sudando detrás de ella cargado con la nevera, las sillas y la sombrilla, como una mulilla, mendigando con la mirada que su Maruja le conceda un resuello antes de coger la primera bocacalle para el barrio La Viña.

Volviendo al can del principio: una gaditana capaz de engordar a un galgo -me la imagino sobrealimentándolo a la fuerza durante meses a la vista del natural costillar del animal-, le importa muy poco lo que, por ejemplo, sobre su aspecto disponga legitimar el Ministerio de Igualdad o ese Sumar encarnado por alguien que invierte «capital erótico o sexual» en sacarle su voto, y que piensa que a cuento de qué tiene nadie que bendecir que ella se ponga el biquini en la playa o le rece a la Virgen del Rocío, por muy atea que ella sea, que qué tendrá que ver una cosa con otra.

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