THE OBJECTIVE
Eduardo Garrigues

La globalización de la estupidez

«Presentar en una producción española los aspectos negativos de nuestro legado en América dado el sesgo histórico a favor de anglosajones supondría ignorancia»

Opinión
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La globalización de la estupidez

Ilustración de Alejandra Svriz.

En la sección dedicada a Pantallas un diario de ámbito nacional ha publicado recientemente un artículo donde se critica el contenido del documental España, la primera globalización, que se ha proyectado con éxito en cines comerciales y recientemente en horario nocturno por La 2 de TVE. No citaré el nombre del autor del artículo para no prestar una caja de resonancia a unos argumentos que, a mi juicio, adolecen precisamente de la falta de objetividad y del apasionamiento que en su texto achaca a quienes aparecen en distintas entrevistas en el documental que critica.

La tesis de ese artículo podría resumirse en la frase «Cuestionar la leyenda negra no debe llevarnos a construir la leyenda blanca»; a lo que podría añadirse que, sin poner en duda la autoridad académica de quienes aparecen en el documental, se acusa a quienes participaron en el documental de un afán adoctrinador que, según este tortuoso argumento, podría restar credibilidad a las opiniones que expresan en las entrevistas grabadas por José Luis López-Linares.

Sin haber participado yo en ningún momento en la producción de ese documental, lo primero que me parece necesario precisar es que el principal propósito de quienes participaron en España, la primera globalización no era combatir la llamada leyenda negra —expresión que me parece desafortunada y que me gustaría sustituir por «propaganda y prejuicios antiespañoles»—, sino contar cómo la presencia de España tanto en la costa del Océano Pacífico como en distintos lugares del sudoeste asiático había permitido un fecundo intercambio comercial y financiero que hasta entonces no existía, por lo que con todo rigor puede definirse como «la primera globalización».

«Los prejuicios antiespañoles que fueron difundidos como arma de propaganda contra la hegemonía española han seguido filtrándose»

Por supuesto que para explicar en qué consistió un intercambio no sólo de bienes y de dinero sino de ideas y formas de vida entre varios continentes (Europa-América-Asia) resultaba necesario describir cómo funcionaba por entonces el imperio español y aludir a los aspectos positivos de la presencia de España en América —la creación de universidades, la construcción de hospitales, la legislación de Indias que protegía a los indígenas (aunque no siempre se aplicase con el necesario rigor)—. Al autor del artículo le parece ofensivo e indignante que los catedráticos de historia que figuran en el documental destaquen las luces de lo que fue la presencia de España en esos vastos dominios sin traer también a colación las sombras, que sin duda existieron como en toda empresa humana.

Es probable que quienes fueron entrevistados para el documental sobre la globalización no les parecía indispensable mencionar los aspectos negativos de la obra de España en América, por pensar que de ello se ocupaban ya las universidades, los medios de comunicación y la opinión pública de los mismos países donde los prejuicios antiespañoles que fueron difundidos como arma de propaganda moral contra la hegemonía española han seguido filtrándose por los entresijos de la historia.

Al haber sido durante 42 años funcionario de la carrera diplomática —y dos tercios de ese tiempo destinado en países de cultura anglosajona— he podido comprobar la pervivencia de una interpretación sesgada sobre la obra de España en América que en el caso de EEUU incluye la falta de reconocimiento de la importante ayuda de España al nacimiento de ese gran país. Para citar un ejemplo, el volumen de David McCullough titulado 1776National Bestseller y Premio Pulitzer— que muchos consideran la Biblia de lo que se ha escrito sobre la guerra de independencia solo se menciona la palabra Spain una vez y de refilón; sin mencionar que la ayuda militar y financiera del gobierno de Carlos III a los rebeldes fue decisiva ya que la campaña de Bernardo de Gálvez en el río Mississippi y en el golfo de México impidieron que los ejércitos británicos pudieran atacar al ejército continental de Washington desde el Sur, lo que facilitó la decisiva victoria en Yorktown, también financiada en parte por la corona española.

Con relativa frecuencia siguen apareciendo en la prensa de Estados Unidos artículos como el de 1 de octubre de este año «sobre la población de genizaros» en Nuevo México durante la época colonial, donde , basándose en declaraciones de personas con escasa base histórica, manifiestan que existía un sistema de esclavitud que entonces se aplicaba a cientos o a miles de los indios sometidos. Sin entrar a discutir el contenido de ese último artículo no deja de resultar notable que la opinión pública de EE UU se interese por abusos reales o ficticios que ocurrieron hace dos o tres siglos cuando, como se han encargado de difundir con gran éxito y eficacia las películas clásicas de Hollywood, el 7º de caballería ha estado matando apaches y sioux como -como quien dice hasta antes de ayer-, según se cuenta en el estremecedor relato Enterrad mi corazón en Wounded Knee.

«Son muy escasos los testimonios sobre las masacres perpetradas por los colonos anglosajones contra las tribus indígenas»

En cambio son muy escasos los testimonios sobre las masacres perpetradas por parte de los colonos anglosajones contra las tribus de los indígenas que vivían en la costa de Nueva Inglaterra y de Virginia. Podemos citar como notable excepción el escalofriante artículo de Peter C. Mancall, catedrático de historia de la Universidad del Sur de California (USC), publicado recientemente por la prestigiosa Smithsonian Magazine, donde —entre otros incidentes que podrían ser calificados de genocidio—, describe el envenenamiento intencionado de unos 200 indígenas de la tribu powhatan en 1623 por parte de los colonizadores ingleses.

Seguramente pocos de quienes han leído la famosísima novela de Herman Melville Moby Dick se habrán dado cuenta de que el nombre de Pequod que el novelista atribuye al buque ballenero ficticio donde se produce el duelo entre el capitán Ahab y la ballena blanca coincide con el nombre de una tribu indígena de Nueva Inglaterra, los pequod, que fue exterminada en Connecticut hacia 1637. Según describe en sus memorias el mayor John Mason, que cita al principio de su relato militar un versículo del libro de los Salmos: «Los colocaste en las tierras donde habías desposeído a las otras naciones, los asolaste para que dejasen ese espacio libre para ellos»(Salmos 44.1-3), lo que indica que Mason interpretaba su victoria sobre los indígenas como un cumplimiento de los designios divinos.

En el artículo crítico sobre la globalización se argumentaba que las atrocidades que pudieron cometer los imperios ingleses u holandeses no justifican en ningún caso que los españoles no seamos capaces de reconocer los abusos cometidos durante nuestra colonización de América. Pero, dado que durante muchos años se ha producido un desequilibrio en los estudios de historia, que o son favorables al sistema de colonización anglosajona o parecen olvidar los aspectos más deplorables de su trato a los indígenas, parece lógico que los catedráticos de historia que intervinieron en el documental España: la primera globalización hayan querido presentar más bien los aspectos positivos del legado de España en América.

El haber querido presentar en una producción española los aspectos negativos de nuestro legado cuando en tantos otros lugares ya se están ocupando de dar una visión catastrófica del imperio supondría en realidad la globalización de la estupidez y de la ignorancia.

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