THE OBJECTIVE
Miguel Ángel Fernández Ordóñez

El papel del Estado y el mercado en el dinero y la banca

THE OBJECTIVE ofrece el texto del prefacio escrito por el exgobernador del Banco de España al libro de Carlos Viñuela Valcarce et al. ‘¿Una nueva era monetaria?’

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El papel del Estado y el mercado en el dinero y la banca

Ilustración de Alejandra Svriz.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial se han producido muchos cambios en la asignación de los roles del Estado y el mercado en la regulación de distintos sectores económicos. El primero y más importante fue la liberalización del comercio internacional. Pero la lista de cambios regulatorios que se han ido realizando para decidir qué debe ser público o privado es muy extensa. 

Las privatizaciones de empresas públicas, las liberalizaciones de los sectores regulados o monopolizados como las telecomunicaciones o las distintas formas de transporte, las reformas estructurales de los mercados de trabajo, la reducción de barreras para la creación del mercado interior en la Unión Europea, etc., son también ejemplos de esa tendencia a «dejar al mercado todo lo que sea posible y asignar al Estado lo que sea necesario».

Y, ¿qué ha sucedido en el sector financiero? Es interesante observar la asignación de roles al Estado y al mercado en el sector financiero porque se han producido dos desarrollos totalmente opuestos.

Por una parte, se ha producido una evolución similar a la de otros sectores, en el sentido de dejar a consumidores, usuarios y empresas decidir libremente y que el Estado intervenga exclusivamente en aquellas áreas en las que su papel es absolutamente necesario como la protección de los consumidores e inversores, las políticas de defensa de la competencia, la exigencia de transparencia y auditorías, etc.

Esta evolución se ha producido en la mayoría de actividades del sistema financiero, pero no en la banca. Hoy la parte del sistema financiero que no son bancos funciona fundamentalmente bajo la disciplina de mercado y solo con intervenciones del Estado que no interfieren en las decisiones libres de empresas y usuarios. Sin embargo, la regulación de los bancos ha ido en sentido contrario, en el sentido de aumentar el papel del Estado en las decisiones empresariales y de impedir la competencia en las actividades bancarias.

«El sector bancario es hoy el más intervenido de los sectores económicos en todos los países del mundo»

Esto ha llevado a que el sector bancario sea hoy el sector más intervenido y protegido de todos los sectores económicos en todos los países del mundo, una vez que los países comunistas abandonaron la intervención del Estado en la producción de bienes y servicios. Pero ahora se abre la oportunidad de cambiar la regulación del sistema bancario en el sentido de reasignar los roles del Estado y el mercado. 

Hasta ahora la intervención excesiva del Estado en el sistema bancario ha tenido una justificación: evitar las consecuencias que surgen de la fragilidad del dinero bancario. La creciente acumulación de regulaciones contra el mercado se justifica porque la mayoría del dinero que utilizamos ahora-los depósitos bancarios- no son en realidad dinero, sino «promesas» de reembolsar dinero. Y las crisis surgen cuando los bancos no pueden cumplir sus promesas.

La banca utiliza el dinero de sus clientes para prestarlo o invertirlo, y la diferencia entre los tipos de interés de esas inversiones y las remuneraciones de los depósitos ha sido hasta ahora  su fuente fundamental de ingresos. Las retiradas de efectivo tienen una cierta regularidad y esto permite que los bancos puedan normalmente responder a las demandas de los depositantes sin mayores complicaciones. Pero el problema surge, no solo cuando los bancos son insolventes, sino mucho antes, cuando no son capaces de convertir rápidamente en dinero sus inversiones o préstamos. Como ha sucedido en marzo de este año en el caso de algunos bancos regionales de los EE UU.

Antiguamente las consecuencias de esta fragilidad financiera eran las continuas bancarrotas. Pero dados los perjuicios que esto producía en las economías, los Estados empezaron a buscar fórmulas para intentar reducir la frecuencia de las crisis bancarias a través del aumento de protecciones y privilegios a la banca y de unas regulaciones cuyo fin es limitar a los bancos la asunción de riesgos.

En el siglo XIX, cuando la forma normal de obtener dinero que tenían los bancos no eran los depósitos sino la emisión de billetes, los bancos privados originaban colapsos en los pagos al no poder atender las promesas de sus billetes. Y entonces surgió el primer gran debate sobre la necesidad de acabar con este sistema que dejaba a los bancos privados emitir dinero físico, los billetes.

Después de un fuerte debate, se llegó a la conclusión de que la mejor forma evitar las continuas bancarrotas era la de prohibir la emisión de billetes a los bancos privados. De esta forma se consiguió que el único dinero físico que pudieran usar los ciudadanos fuera el dinero físico emitido por los bancos centrales. Su efecto positivo fue extraordinario. Y hoy, en todos los países del mundo, los billetes son emitidos por el Banco Central y no por bancos privados. El dinero físico no volvió a colapsar nunca más porque los billetes del Banco Central no pueden ver disminuido su valor facial.         

«En 2008 todo el mundo repitió que ‘el mercado había fallado’. Fue un diagnóstico erróneo. Fue el Estado el que había fallado»

Pero, por diferentes razones, la regulación de los depósitos no siguió este camino. Desde entonces, todas las regulaciones adoptadas para intentar resolver los problemas de los depósitos han ido en el sentido de aumentar las protecciones y privilegios del Estado a los bancos, así como de incrementar el intervencionismo del Estado en sus decisiones económicas, fundamentalmente las de asunción de riesgos.

Este aumento persistente de los privilegios de los bancos y del masivo intervencionismo estatal para intentar corregir los problemas de inestabilidad creados por el dinero bancario no se detuvo ante la catástrofe de la crisis bancaria mundial de 2008. Entonces hubo unanimidad en las autoridades económicas a la hora del diagnosticar el origen de la crisis. Todo el mundo repitió que «el mercado había fallado». Y esto fue afirmado no solo por sospechosos de la izquierda sino por liberal-conservadores, como Alan Greenspan, que predicaron que, en el caso de los bancos, era necesario aumentar la protección del Estado y su intervencionismo en las decisiones empresariales.

Este diagnóstico fue erróneo. Fue el Estado el que había fallado. Un Estado que a través de privilegios y protecciones había basado el sistema monetario en un activo con riesgo financiero, los depósitos bancarios. Y aquel diagnóstico erróneo es el que llevó a aumentar aún más el intervencionismo del Estado. Se aumentó el volumen de los depósitos asegurados (en Estados Unidos pasó de 100.000 $ a 250.000 $) y se aprobó el cambio regulatorio más importante hasta entonces, el llamado Basilea III, que se ha incorporado a las distintas legislaciones nacionales como la ley Dodd-Frank de Estados Unidos o la Directiva de Capital de la Unión Europea.

Ningún sector económico tiene una regulación parecida. El desarrollo normativo de Basilea III, tanto en Estados Unidos como en Europa, ocupa alrededor de dos millones de palabras. Si lo comparamos con la Biblia, que tiene 771.681 palabras en la versión de King James, significa que, si un banquero quiere saber lo que debe cumplir, deberá leer unas tres Biblias. Pero no es una regulación singular solamente por su volumen y complejidad, sino también por su contenido, ya que la regulación prudencial de la banca es un ejemplo de la disparatada pretensión de que los reguladores saben mejor que los empresarios (en este caso los directivos bancarios) cómo deben manejar sus riesgos.

 Esta actitud de querer solucionar los problemas de la fragilidad de los depósitos bancarios aumentando las regulaciones proteccionistas se ha mantenido hasta hoy mismo cuando hemos visto a las autoridades norteamericanas reaccionar ante  la crisis del SVB y otros bancos regionales garantizando todos los depósitos, estuvieran o no asegurados y cualquiera que fuera su volumen.

¿Por qué ha durado tanto tiempo la aplicación de políticas proteccionistas e intervencionistas en la banca cuando en todo el mundo se han ido abriendo abriendo a la competencia todos los sectores y se suprimían las protecciones y las regulaciones intervencionistas?

La explicación es que, así como en el pasado pudo eliminarse la fragilidad del dinero físico porque había una alternativa que fue la emisión de billetes de los bancos centrales, hasta ahora no ha habido alternativas de un dinero digital distinto de los depósitos. Los depósitos eran el único dinero no físico y las autoridades no tuvieron más remedio que protegerlos e imponer requerimientos para evitar los colapsos en los pagos. Sin ese intervencionismo y proteccionismo se habrían sufrido las crisis bancarias que se producen cuando el Estado no ayuda a los bancos.

«Las nuevas tecnologías han turbado la tranquilidad de los reguladores, supervisores y bancos centrales»

Sin embargo, en los últimos años han surgido propuestas alternativas a los depósitos. Como ha sucedido en otros sectores, fueron las nuevas tecnologías que permiten hacer las cosas de forma diferente y mejorar los servicios proporcionados a los ciudadanos las que han turbado la tranquilidad de los reguladores, supervisores y bancos centrales. La iniciativa de Facebook de lanzar una moneda digital global llevó a los bancos centrales a plantearse emitir los CBDC con el objetivo de hacer accesible el dinero digital público a la mayoría de los ciudadanos y empresas. 

Hoy, como sucedió con el dinero físico en el pasado, se ha abierto la posibilidad de usar como medio de pago digital un activo sin riesgo financiero. La principal ventaja del CBDC es la estabilidad, la de acabar con las crisis bancarias. Y no es poco. Pero su principal papel transformador es que permitirá liberalizar las actividades de pagos y crédito. El Euro digital, el CBDC de la Eurozona,  hará innecesarias todas las protecciones e intervenciones del Estado que necesitan los depósitos bancarios y que impiden que sea el mercado el que gobierne los servicios de pagos o de crédito. Por fin se pueden liberalizar sin miedo las actividades bancarias.

En realidad, ahora estamos en medio de un debate entre cuatro posibles medios de pago digitales.  Por un lado, están los depósitos bancarios, que es hoy el único medio de pago que pueden utilizar los ciudadanos. Por otra, se han planteado tres tipos de propuestas: las Criptomonedas, las Stablecoins y el dinero digital seguro accesible a todos (CBDCs)

Sería muy osado decir cómo terminará este debate ya que no se trata solo de decidir qué medio de pago es el mejor desde el punto de vista de defender el interés público, el interés de todos. Guste o no, al mismo tiempo está produciéndose un evidente  combate de intereses privados. 

Entre los intereses privados están los intereses de los que todavía tienen privilegios e intentan defenderlos como sea, pero también están los intereses de otros que han avistado las enormes posibilidades de lucro que existen si se les dejase prestar algunos servicios que hoy los bancos, por diferentes razones, son incapaces de ofrecer.

El debate actual nos obliga a analizar las ventajas de estas propuestas alternativas y compararlas con los problemas de la moneda digital que utilizamos ahora: los depósitos bancarios.

«La moneda digital actual –los depósitos bancarios- es la que asigna peor al Estado y al Mercado los papeles que deben jugar»

En mi opinión estos son los criterios que se deben utilizar para valorar las distintas propuestas de medios de pago desde el punto de vista del interés publico:

En primer lugar, analizar si la propuesta obliga -o no- a seguir usando como dinero un activo financiero privado y con riesgo. Es lo que sucede ahora con los depósitos bancarios, pero es algo que también puede suceder con algunas monedas digitales privadas. 

En segundo lugar, hay que asegurarse de que la propuesta separe el dinero de los servicios de pago de forma que el dinero sea seguro y que los servicios de pago pasen a prestarse por la iniciativa privada sin ninguna intervención relevante del Estado

El tercer criterio debe determinar quién va a crear el dinero. Esto es, ¿lo va a seguir creando el sector privado como sucede actualmente y como algunas propuestas de monedas digitales quisieran?

 El cuarto criterio debe analizar cómo quedará la competencia en los servicios de pago. ¿Vamos a seguir usando sistemas cerrados y monopolísticos como los actuales? O ¿acabaremos teniendo un sistema de prestación de los servicios de pagos con plena competencia entre distintas empresas privadas?

Estos criterios ayudan a entender mejor un debate que es fascinante pero difícil de seguir. Y, de momento, los CBDCs -como el Euro Digital- son la propuesta de medios de pago que asigna mejor los papeles del Estado y el mercado en el sistema monetario y bancario. 

En contra, la moneda digital actual – los depósitos bancarios- es la que asigna peor al Estado y al Mercado los papeles que deben jugar en el sistema monetario. El sistema actual llega al absurdo de asignar al mercado y al Estado precisamente aquello que no saben hacer. Por un lado, el dinero es creado por empresas privadas en vez de por el Estado y, por otro, el Estado les dice a los empresarios como deben asumir sus riesgos.

Pero tampoco las criptomonedas ni muchas de las Stablecoins resisten la prueba de los criterios de valoración expuestos. Y es que este debate no ha hecho más que empezar. 

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