THE OBJECTIVE
Félix de Azúa

El horror

«Unos y otros agitaban los espantajos fantasmales de las esposas y amantes de los jefecillos, mientras las tribus antropófagas golpeaban el suelo con sus lanzas»

Opinión
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El horror

Ilustración de Alejandra Svriz

Ya lo recuerdan ustedes: cuando el agente enviado por la Compañía llega al último refugio de Kurtz, en un lugar monstruoso del África central con una muralla de cañas donde han ido clavando cabezas sanguinolentas y todo está bañado por un humo denso de algún tóxico alucinógeno, cuando por fin logra hablar con aquel que había sido un ciudadano británico ejemplar y que ahora es un monstruo rapado y seguramente caníbal, sólo se llevará a Gran Bretaña las últimas palabras del explorador: The horror! The horror!, con las que Kurtz, ya irremediablemente enloquecido, se despedirá de su salvador.

Todos recuerdan la escena, si no de la novela (muy superior), pues de la película Apocalypse Now en la que Coppola hizo uso y abuso de su amor por la ópera italiana. El refugio final de Kurtz, en la película, no era el lugar siniestro que describe Conrad con admirable exactitud en El corazón de las tinieblas, sino el decorado de cierta inexistente ópera de Puccini sobre una princesa antropófaga.

Bien, no quiero exagerar, pero hoy en las Cortes españolas, sin llegar a semejante exceso colonial, he visto pelearse a los civilizados representantes de la Compañía, con un grupo de caníbales feroces, aunque medio atontados por el humo alucinógeno que han comprado a precio de oro con sus asaltos a las aldeas próximas, y sin llegar a morderse las yugulares, sí querían dar esa impresión operística provocando el horror, el horror, de sus enemigos. Había en especial una jefa que chillaba como una gaviota herida y rasgaba los tímpanos con su histeria.

«Éramos nosotros, los espectadores de los informativos, quienes oíamos únicamente ese grito escalofriante, el horror, el horror»

Sin embargo, éramos nosotros, los espectadores de los informativos de Antena 3 el día 20 de marzo, quienes oíamos únicamente ese grito escalofriante, el horror, el horror, retumbando en los muros de la Gran Cabaña y saliendo entre espumarajos verdosos de la boca de los contendientes. Los unos y los otros agitaban los espantajos fantasmales de las esposas y de los amantes de los jefecillos tribales, mientras las tribus antropófagas golpeaban el suelo rítmicamente con sus lanzas.

Es cierto que aún nos falta un trecho quizás largo para que a un lado empiecen los comandos Durruti a asesinar a gente con corbata y al otro las legiones de la Muerte a cortar cabezas de enlaces sindicales, pero se parecía mucho a un ensayo general.

Es cierto que de los dos grupos el más temible y el más pirado es el de la tribu de los once sexos, pero habría que pedir a los de la Compañía que no caigan en la imitación, como le sucedió a Kurtz, porque a nosotros, los pobres ciudadanos sin apenas sueldo, sólo nos llega un eco: The horror! The horror!

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