THE OBJECTIVE
Antonio Elorza

Me gusta la fruta

«La lógica de actuación de Sánchez es la del jefe de una organización gansteril, dispuesto en todo momento a eliminar al grupo rival que le disputa el territorio»

Opinión
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Me gusta la fruta

Ilustración de Alejandra Svriz.

La cosa viene de mi infancia. Tengo buena memoria y recuerdo la primera frase que el primer maestro, don Carlos, escribió el día de mi llegada a la escuela sobre la pizarra: «La fruta es el alimento más sano y más suculento». Sintonizo así de entrada con la frase-fetiche de la presidenta de la Comunidad de Madrid.

En cambio, otra frase mucho menos apetitosa, más rotunda, que también enlaza con el presente, llegó mucho más tarde y de forma marginal, porque mi colegio, puesto bajo la invocación de San Ignacio (de Antioquía) era una isla poblada por viejos docentes republicanos, comprendido también un infortunado catedrático orteguiano que ganó la cátedra en 1936, para muy poco tiempo. Incluso en tercer curso de bachillerato, el director, don Jesús García Lahiguera, nos explicó el bombardeo de Guernica. Por eso, solo en una maría, alguien nos habló sin más explicaciones del punto de Falange que ahora hace al caso: «El Estado es un instrumento totalitario al servicio de la integridad de la patria». Adelantemos acontecimientos. Si cambiamos «la integridad de la patria» por «el poder de Pedro Sánchez», todo encaja.

Vaya por delante que no siento simpatía política alguna hacia Isabel Díaz Ayuso y tampoco creo que haya aplicado su habitual agilidad en las respuestas al ataque lanzado contra ella. Por mucho que los mastines del Gobierno busquen coincidencias en el tiempo, todo indica que las graves infracciones cometidas en el plano fiscal por su actual pareja, tuvieron lugar antes de que Cupido entrara en acción. Eso no excluye que alguien situado en un alto nivel de responsabilidad política, pueda abstenerse de indagar sobre los posibles «antecedentes penales» de su compañero sentimental. El precio de esa imprudencia lo está pagando hoy, pero en cualquier caso, insistimos, no parece existir prueba de que el comportamiento económico de nuestro hombre haya tenido lugar bajo la protección de ella, o coincidiendo con su ejercicio del cargo. Luego la campaña en curso, fundada sobre una sospecha y una información de base ilegal, ha sido de entrada pura difamación. Otra cosa es que se exigiera una investigación a fondo, y que el Gobierno la promoviese y encabezase. Pero Sánchez no juega a eso.

Apenas salió a la luz el caso Koldo, Pedro Sánchez se olvidó de que es primer ministro de un Estado de derecho, por lo menos en el plano institucional, para utilizar todos los recursos a su disposición, los legales de uso de su palabra (y de sus bolaños), más los alegales que le permite el control del aparato de Estado, para contrarrestar la lógica denuncia de la oposición mediante un ataque a fondo, dirigido a destruirla. Para nada cumplirá la exigencia constitucional de combatir la corrupción, incluso la propia.

La lógica de actuación de Pedro Sánchez es la del jefe de una organización gansteril, dispuesto en todo momento a eliminar a la organización rival que le disputa el territorio. Para atender a ese fin, utiliza todos los medios del Estado, por encima de los límites constitucionales, llegando a la movilización agresiva del sector favorable para él de la opinión, todo con tal de aniquilar, no solo de vencer, al adversario político. En suma, el Estado se está convirtiendo en un instrumento totalitario al servicio exclusivo de Pedro Sánchez. No es un caso aislado en el mundo de hoy, ni el único en que totalitarismo y gansterismo coinciden.

«Pedro Sánchez solo puede sostenerse mediante una agresión permanente, apoyada en los recursos del Estado»

Había que tapar a Ábalos, a Koldo, y a lo que hubiera detrás, y para ello Sánchez desenterró el caso del hermano de Isabel Díaz Ayuso, ya archivado. Aquello no funcionaba y la ministra de Hacienda sacó a la superficie los datos de la Agencia Tributaria contra su actual compañero. Ilegal, pero le vale. Ahora bien, lo que nos importa es no solo el aprovechamiento de esa oportunidad, sino el carácter estrictamente totalitario que está asumiendo, visible en la movilización general de los medios púbicos, con todo socialista, en cualquier lugar, corresponda o no, repitiendo la misma condena y la misma exigencia de dimisión de Ayuso. Es un coro que enlaza en la historia con otros tan poco gratos como el «¡paredón! ¡paredón!» de la victoria de Fidel en La Habana. No exageramos porque en el escrache de la calle Génova, el miércoles, el grito era de «¡Asesina!», evocando las culpas de la presidenta durante la pandemia. A ninguno de los asistentes se le ocurrió gritar lo mismo, dirigido a Sánchez, por su autorización suicida de la manifestación del 8-M, en marzo de 2020.

La lógica del comportamiento político de Pedro Sánchez, borrando la corrupción propia mediante una ofensiva para destruir a la derecha, lleva a tales consecuencias de manera inevitable. No le importa la indignidad que supone su renuncia a investigar la posible corrupción de Estado que sugiere el caso Koldo, mientras exige desde su puesto la dimisión de un cargo público sin indicio alguno de responsabilidad personal. De este modo, Pedro Sánchez solo puede sostenerse mediante una agresión permanente, apoyada en los recursos del Estado y en unos medios de comunicación que han pasado de su origen democrático a una manipulación informativa que nos devuelve a los años 30: confirmación de todo mensaje gubernamental y deformación sistemática del oponente, en un marco de estricto maniqueísmo, de guerra civil de palabras.

Nada tiene de extraño que la marcha hacia el abismo de la vida política sea inevitablemente acompañada por la oposición. Querido Félix, no estamos en El corazón de las tinieblas, sino en Malditos bastardos. Este tipo está dispuesto a llevarse por delante hasta el último resquicio de convivencia democrática con tal de seguir ahí. Sánchez ha trazado un camino de lucha a muerte, que tiene para él la ventaja de que el ruido creado provoca el olvido de la causa de corrupción abierta con Koldo. Sigue la receta de Pablo Iglesias, con la política como lucha tailandesa, solo después de la cual interviene el ajedrez. Mientras el inspirador de la fiesta se entrega a servir mojitos con nombres ridículamente revolucionarios en un bar, su discípulo promueve un enfrentamiento civil sin visos de solución.

«En nombre de mi progresismo, sostiene Sánchez, estoy dispuesto a construir un Estado absoluto, aplastando a la oposición»

Entre tanto, nuestro singular totalitarismo, con Lenin como origen en Pablo Iglesias, tiene un coste colateral tragicómico, que nos lleva a Santiago Segura, porque tal y como van las cosas, la ley de amnistía no ha solucionado nada en cuanto al problema catalán. Más bien, ahora la incógnita se sitúa entre la entrada a caballo de Puigdemont en Barcelona, su paso de la frontera entre multitudes, o un momento de cárcel si aparece de improviso, con la ventaja de que no necesita la peluca de Carrillo. Aunque El País trate de ponerle un tapón de baloncesto a la noticia de la soberanía fiscal exigida por Aragonès, la autodeterminación avanza de manera imparable. En su feliz ignorancia, tal vez piensen Sánchez y los suyos, como pensó Moratinos respecto de Gibraltar, que una consulta desde el artículo 92 de la Constitución no es vinculante. ¿Qué importa si mientras tanto Sánchez conserva el puesto en Madrid?

Mirando de nuevo hacia atrás, la oferta de Sánchez al ciudadano español recuerda la volteriana explicación de la idea del Dios cristiano por el jesuita al emperador chino. En nombre de mi progresismo, sostiene Sánchez, estoy dispuesto a construir un Estado absoluto, aplastando a la oposición, con el fin de que los enemigos de ese Estado estén en condiciones de trocearlo fácilmente, sin que yo parezca enterarme.

Viene bien entonces la réplica surrealista: «Me gusta la fruta». 

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