THE OBJECTIVE
Ricardo Cayuela Gally

Soria y la paradoja del tiempo

«La guerra y sobre todo la dura posguerra (fue uno de los miles de maestros represaliados durante la dictadura) lo llevó a optar por el exilio en México»

Opinión
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Soria y la paradoja del tiempo

Vista de Cabreriza. | Domènec Leal Martínez

Visito Cabreriza en un viaje veloz a los orígenes. En ese pueblo hoy abandonado de Soria nació mi abuelo, Jacinto Cayuela, al principio del siglo pasado. Me acompañan mis hijos para ampliar el baile de las generaciones. La apropiación del espacio por los hombres borra las huellas de la naturaleza hasta domesticarla. En una gran ciudad nadie se acuerda del risco que la limita. También sucede a la inversa. Cuando el hombre abandona un enclave, la naturaleza toma revancha. Cabreriza fue un pueblo de calles adoquinadas, muros de piedra y techos de teja. Hoy es un breñal arisco. Su suerte es la misma de muchas poblaciones sorianas. Estamos en las tierras altas del Duero, línea de frontera entre los reinos cristianos y musulmanes. El Cid cabalgó por estos campos de Berlanga, de desolada belleza. Los castillos cristianos, caracoles de mampostería, y las fortalezas califales, orugas de piedra, se alternan a la orilla del río, mudos testigos del fragor de la batalla.

En su ensayo La España vacía, Sergio del Molino descubre la persistencia de la mentalidad campesina en el corazón de las urbes españoles y la raigambre rural de muchos de sus ritos y mitos. Pero ahora no me interesa tanto lo que sucede en Madrid, Zaragoza y Barcelona con los nuevos urbanitas aún de sayal, sino lo que pasa en los pueblos sin sus moradores. En estos días de viaje por Soria he escuchado y leído todas las explicaciones posibles de su despoblamiento. Algunas históricas y otras sociológicas. El triunfo cristiano volvió inútil la frontera que durante siglos fue Soria, piensa Gaya Nuño. La expulsión de los judíos la despojó de su clase comercial y profesional. La desamortización de los bienes de la Iglesia por parte de Mendizábal arruinó su legado, apunta Dionisio Ridruejo. Las malas comunicaciones con Madrid, pese a su cercanía relativa, son otra causa posible. Ninguno habla del clima.

Uno de los recuerdos más persistentes de mi infancia es pasar frío escuchando al abuelo hablar del invierno en Soria. Entre lobos y álamos, el hilo narrativo del abuelo parecía un monólogo sobre el catarro y la gripe, un tratado de las narices congestionadas, una encendida encíclica contra lejanas y fantasmales tías, siempre de luto en velorios bajo cero. Y nieve, mucha nieve. Nieve cordero, nieve Duero, nieve entre los huesos y nieve en la mirada. Nieve que te quiero nieve. Nieve abril y nieve dos de mayo. Y nosotros, con cada vez más frío, escuchábamos al abuelo con los ojos desorbitados, típicos de una infancia en traje de baño y largas tardes de alberca, tiritando, entre buganvilias y jacarandas en flor, lluvia morada del Altiplano, con nostalgia por el sol, pese a tenerlo literalmente al alcance de la mano.

«En estos días de viaje por Soria he escuchado y leído todas las explicaciones posibles de su despoblamiento. Ninguno habla del clima»

Entre Paones y Alaló, un camino rural lleva a Cabreriza, que en sus mejores épocas contó con menos de 300 habitantes. De la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Cabreriza sólo se conserva la bóveda, hermosamente decorada, y una veleta que anuncia colapso. El resto ha sido saqueado por la incuria del tiempo y de la gente, salvo algunos objetos litúrgicos que resguarda la Colegiata de Berlanga y el Museo Catedralicio Diocesano de Burgo de Osma. De la otra iglesia, de planta románica, solo queda una mención en un viejo catastro real. En el Museo Numantino de Soria se conservan artesanías celtíberas y monedas romanas de la zona. También hay restos prehistóricos. La zona fue visigoda y luego árabe, aunque de población cristiana, como atestigua el riquísimo arte mozárabe de la zona. La ermita de San Baudelio está a unos pocos kilómetros de distancia. 

Un brocal ensimismado protege la fuente que sigue con un hilo de agua añorando la sed de los labriegos. De las nueve tumbas del cementerio, tres llevan el apellido Cayuela: en los pueblos la endogamia es más peligrosa que la peste. Las casas tenían corral para las ovejas merinas y las mulas rejegas, horno de leña en cuyo tiro se cuelgan los ahumados y toneles para los quesos en aceite. Mi abuelo me hablaba de las colmenas y del sabor de la miel con tomillo. También del palomar, donde se escondía de niño.

Descubro que su padre, Mariano Cayuela, leía Cultura Agrícola, un periódico semanal editado en la capital para los agricultores curiosos, porque ganó 20 kilos de trigo «Wattines de Precoce» en un sorteo entre suscriptores del 30 de septiembre del 1913 y quedó consignado en la edición del 10 de octubre. También, que mi abuelo era hijo del rico del pueblo. El Diario Oficial del 14 de enero 1920 consigna el derecho de sufragio como compromisario que otorga el rey a los mayores contribuyentes de cada pueblo para las elecciones de senadores de ese año. El primero de la lista es mi bisabuelo. 

Un descarapelado letrero de uno de los muros de la iglesia que servía de frontón advierte que Mariano Cayuela fue alcalde del pueblo en las inusitadas elecciones de 1934. Como Cabreriza nunca fue un municipio independiente, se entiende que fue alcalde pedáneo, es decir, máxima autoridad del pueblo, pero subordinada al consistorio de Berlanga, al que pertenecen esas tierras desde tiempos del primer marquesado de Juan Sánchez de Velasco y Tovar, en el siglo XV.

Una casa amplia y solar, con vistas al encinar y a la iglesia, conserva una habitación encalada y decorada con sombreritos mexicanos. ¿Sería el homenaje de un padre añorante al varón de su vasta heredad perdido en la inmensidad de México?

Mi abuelo, único republicano de la familia, tras estudiar el magisterio y ganar unas oposiciones, fue maestro rural en Galicia y luego en Córdoba. La guerra y sobre todo la dura posguerra (los documentos oficiales consignan que fue uno de los miles de maestros represaliados durante la dictadura) lo llevó a optar por el exilio en México. Su ficha migratoria señala que entraba a la aventura mexicana casado con mi abuela andaluza y con dos niños pequeños. Trabajó en una mina de oro en las montañas de Guerrero. En la ribera del río Balsas aprendió que la lengua franca de la comarca seguía siendo el náhuatl y que la población negra era descendiente de esclavos rebeldes atrincherados en ese estado inexpugnable. Luego fundó una escuela en la capital, que sufrió toda clase de presiones gubernamentales hasta su injusta clausura. Más tarde, fue gerente, sin haber estudiado números, de la principal empresa de ingeniería civil de Latinoamérica.

Y pese a ello, hoy creo, tras recorrer Cabreriza con un nudo en el estómago, que el verdadero viaje que definió la vida de mi abuelo no fue el exilio, sino dejar su pueblo natal para convertirse en maestro de escuela. Es decir, salir de las disputas por las lindes y los rumores de aldea, a la educación de aires krausistas de la excelente escuela magisterial de Soria. De los mismos vecinos a la pluralidad de gentes y de ideas. De una cultura inmutable a una cultura dinámica.

Antonio Machado y Gerardo Diego inmortalizaron la belleza atávica de la Soria rural, pero lo hicieron desde las bien calefaccionadas mesas del Casino en la transitada calle de El Collado. Hoy mi abuelo no tendría que escapar para ser libre. Por suerte para Soria, la cultura no depende del lugar sino del tiempo. Y Soria cautiva con parsimonia.

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