THE OBJECTIVE
Ignacio Gomá

La utopía 'woke' y sus enemigos

«El movimiento ‘woke’ y sus políticas identitarias, como no busca el bien común, sino el poder –y a menudo con ánimo revanchista– despierta a los contrarios»

Opinión
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La utopía ‘woke’ y sus enemigos

Ilustración de Alejandra Svriz.

Tres ideas han bajado esta semana a la Tierra directamente desde el Cielo. La primera nos la trajo el filósofo Daniel Innerarity. Nos anunció que las políticas identitarias cumplirían por fin la sempiterna promesa de libertad e igualdad; el problema es que hasta ahora no las habíamos entendido bien. Después, un secretario de Estado tachó de terraplanista a quien pusiese en duda que la masculinidad tóxica adelanta la muerte cinco años. Por último, Gabriel Rufián cerró el círculo con una reductio ad Francum, que nunca está de más: «No ser un puñetero facha es woke».

El atajo al cielo es tan viejo como el mundo. Tome la república de los filósofos, la mano invisible, la revolución del proletariado o el nacionalismo. El resultado siempre es el mismo: si la ideología logra abrirse camino, envenena el pensamiento a su paso. El movimiento woke y sus políticas identitarias, con su pretensión de abarcar la inconmensurable complejidad de la vida desde un solo ángulo, constituyen una utopía más a la que no debe entregarse una carta blanca.

Empecemos por el principio, que es además lo importante: hay colectivos que sufren e ignorar esto es una canallada. La sociedad está y siempre ha estado compuesta por minorías infrarrepresentadas y tradicionalmente oprimidas. Liberarla de prejuicios y obstáculos para lograr libertad e igualdad para todos es parte del progreso social. Acordado esto, queda lo más difícil: ponerse de acuerdo sobre la forma de resolver el problema.

Pluckrose y Lindsay han demostrado en Teorías cínicas que la política identitaria y la ideología woke parten de una fe foucaultiana en que la sociedad está formada por sistemas de poder invisibles en los que todos participamos, incluso aunque no nos demos cuenta. Este dogma, al margen de sus inevitables contradicciones, encubre una idea más brutal: que todos estamos en lucha contra todos.

Los apóstoles de esta nueva causa nos invitan –obligan– a compartir la visión de un mundo que, al parecer, aspira a equilibrar los términos del contrato social para erigir una fraternidad universal entre ciudadanos libres e iguales. Pero es mentira. Se nos habla de inclusión, objetivo con el que es fácil estar de acuerdo. Pero lo que después nos encontramos es una fantasmagórica policía del lenguaje, un programa «reeducador», un victimismo sancionador y una «cultura de la cancelación», que no es cancelación sino acoso y no es cultura sino barbarie.

«La pretensión de virtud del movimiento desaparece tan pronto como el sujeto no muestra su inconfundible adhesión a la causa»

Ejemplos hay mil. Se trata de encontrar y después extirpar presuntas lacras presentes en la sociedad: el carácter potencialmente violador de todos los hombres, el racismo intrínseco de todos los blancos, la gordofobia de los flacos y el capacitismo de los capacitados. Errores, pequeños despistes o incluso malentendidos pueden arruinarle a uno la vida. Si usted, por ejemplo, le pregunta a un hombre de aspecto chino de dónde es, si resulta que nació en Madrid está indirectamente perpetuando la xenofobia como constructo social; si tiene usted suerte y resulta que es chino, entonces es una pregunta perfectamente normal.

Como toda ideología, las políticas identitarias tienen un ingrediente adictivo que arrastra hacia la obsesión. Probablemente esto se deba a que ofrecen explicaciones sencillas a cuestiones muy complejas. A primera vista, sus argumentos son satisfactorios, incluso aparentemente completos, pero ocurre que son insuficientes en perspectiva. Parafraseando a Chesterton en su Ortodoxia, sus defensores terminan dando vueltas en un círculo tan redondo y perfecto como el mundo, pero infinitamente más pequeño.

Al poco tiempo, uno se encuentra estrechando su humanidad y la de los demás en ese diminuto círculo inoperante para abarcar la realidad, que es por definición inaprensible. Lo hemos visto en la Gala de los Goya. La pretensión de virtud del movimiento desaparece de escena tan pronto como el sujeto no muestra su inconfundible adhesión a la causa. Karla Sofía Gascón es trans, sí, pero no es una buena trans. La defensa de su identidad pierde súbitamente legitimidad. La teoría, al ponerse en práctica, se descubre profundamente interesada y arbitraria.

Por si fuera poco, esta nefasta estrategia no sólo termina defraudando en sus promesas, sino que además tiene el don de despertar al contrario, que responde con la misma moneda. Como no busca el bien común, sino el poder –y a menudo con ánimo revanchista–, pone en guardia a los demás. No hay más que ver la aplastante victoria de Trump, el decreto en el que proclama que sólo hay dos géneros o, peor, sus declaraciones sobre el accidente aéreo en Washington, del cual responsabiliza precisamente a las políticas identitarias. Además de una profunda temeridad, sus palabras son el reflejo –ya totalmente degenerado– de una incursión penosa en una política de luces cortas.

Entre unos y otros, el ciudadano común observa atónito la música desafinada de esta clase política e intelectual y se debate entre dos cosas: bien retirarse del mundo, como Montaigne, o bien retirarlos a ellos… al rincón de pensar.

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