THE OBJECTIVE
Andreu Jaume

El imperio latino

«La idea de un imperio latino se ha vuelto aún más urgente ante la amenaza de un totalitarismo tecnológico representado en el imperialismo capitalista y el imperialismo socialista»

Opinión
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El imperio latino

Rosetón de la catedral de León.

En 1945, hace ahora ochenta años, el filósofo y alto funcionario Alexandre Kojève –uno de los autores a los que hay que volver para entender de dónde viene nuestro actual mundo– redactó un memorándum para el general De Gaulle titulado ‘Esbozo para una doctrina de política francesa’. En ese informe, Kojève, con su habitual clarividencia, consideraba que el «Estado-nación» estaba en trance de desaparecer por las mismas razones que habían acabado con los gobiernos feudales de la Edad Media. La invención de las armas de fuego, sustitutas de la vieja caballería, evidenció la insuficiencia económica y demográfica de unas unidades políticas que terminaron siendo absorbidas por los nuevos «Estados-nación». De la misma manera, la última guerra europea había puesto de manifiesto que las naciones ya no podrían sobrevivir por culpa de otra gran transformación técnica que las obligaría a organizarse en «imperios», entendidos como conglomerados de naciones vinculadas por tradiciones culturales.

Kojève vio con claridad que tanto Churchill como Stalin se habían apresurado a crear sus propios imperios transnacionales. El primero había trabajado a favor de la consolidación de la Commonwealth, sentando así las bases de un nuevo imperio anglo-americano basado en la ética protestante, mientras que el segundo empezaba a levantar un imperio eslavo vinculado a la fe ortodoxa. El gran error estratégico de Hitler había sido intentar crear un Reich basado en la extensión del «Estado-nación» alemán, un anacronismo que había colapsado al anexionarse otras naciones que por su propia esencia no podrían integrarse nunca en esa estructura política basada en la pureza étnica. Tanto el «imperial-socialismo» como el «imperial-capitalismo» habían derrotado finalmente al «nacional-socialismo». 

Ante esta nueva reconfiguración del poder mundial, Kojève intuyó –con qué lucidez– que Alemania volvería a ser la potencia económica de Europa y que, por su propia tradición religiosa, eminentemente protestante, se integraría en el imperio anglo-americano, arrastrando con ello a toda Europa. El objetivo de su informe consistía en advertir a De Gaulle de que, en esa tesitura, Francia podía perder su influencia y acabar siendo irrelevante. Por ello le recomendaba la instigación de un nuevo «imperio latino» que integrara a España e Italia y se abriera a otros países del Mediterráneo y de América, concitando al mismo tiempo el protagonismo del Vaticano. Un imperio latino debía basarse en afinidades de lengua y cultura que se resumían en una visión católica del mundo.

«Frente a las ruinas del nacional-capitalismo trumpista y el neocolonialismo mercantil asiático, el «imperio latino» quedaría como la única posibilidad de ofrecer a la humanidad un nuevo universalismo basado en la cultura y la contemplación sabia»

El análisis de Kojève, ochenta años después de su formulación, sigue siendo en muchos sentidos válido e incitante. Por una parte, nos ayuda a entender cómo la bomba atómica representa en realidad el culmen de esa evolución técnica de la guerra que en sí hace imposible una conflagración mundial que no suponga la extinción de la vida en la tierra. Por eso, las naciones ya solo pueden existir integradas en grandes estructuras transnacionales que funcionen como arsenales nucleares puramente coercitivos y capaces al mismo tiempo de controlar guerras tácticas en sus fronteras, como ocurre ahora en el caso de Ucrania. 

Por otra parte, la extensión global del imperio anglo-americano a través de la OTAN ha propiciado la transformación de los intereses políticos a escala internacional. Si Kojève vislumbró un mundo dividido entre el imperio capitalista y protestante y el socialista y ortodoxo, hoy podemos concluir que el triunfo del primero en la Guerra Fría no hizo sino convertir al mundo entero al credo mercantil del mismo, olvidando los intangibles que lo constituían. La Unión Europea ha concentrado su razón de ser básicamente en la supervivencia del euro, olvidando sus raíces y menoscabando con ello su vertebración. Del otro lado, tanto Rusia como China, espoleados por el embate del imperio anglo-americano-europeo, se han defendido asociándose en otro imperio basado en una nueva forma de capitalismo salvaje sin libertades. Y de ahí la actual guerra mundial comercial que justo acaba de desatarse.

Donald Trump probablemente está cometiendo el mismo error que Hitler al tratar de crear un nuevo Reich basado en la extensión de su idea del estado-nación. (El «golfo de América» sería en ese sentido la mejor definición del presidente, si atendemos a la polisemia que «golfo» tiene en español). Trump se enfrenta a dos rivales que actúan según la lógica imperial y cuya amenaza a su hegemonía económica está minando al mismo tiempo los fundamentos de lo que fue el orbe liberal. Si el «imperial-socialismo» sucumbió al acoso del «imperial-capitalismo», ahora su mejor venganza consiste en devolverle un mismo nihilismo mercantil, demostrándole además que esos objetivos frenéticos de riqueza y producción se pueden conseguir mucho más fácilmente sin el «estorbo» de la democracia y las libertades civiles, justamente aquello que empezamos a descuidar tras la caída del muro de Berlín. Ya ni siquiera puede sostenerse que el capitalismo conserve su ética protestante. 

Por todo ello, sigue siendo interesante y vinculante la idea que late de fondo en el concepto de «imperio latino». Kojève admite que un imperio así jamás podría competir con la preeminencia económica y militar de los anglosajones y de los eslavos. Pero, al mismo tiempo, le parecía evidente que esa hegemonía acabaría poniendo de manifiesto su incapacidad para dedicarse a la «perfección de su ocio», al menos de la manera en que, bajo unas circunstancias favorables, sabría hacerlo un occidente latino unificado. Más que una cuestión religiosa, el catolicismo era para Kojève un fenómeno cultural basado en la concepción «inactiva» y «contemplativa» del hombre a través del arte. La común mentalidad latina –que al mismo tiempo ha fecundado a la nórdica en algunas de sus más altas manifestaciones– comprende una profunda sensibilidad por la belleza asociada a un muy particular sentido de la proporción que estimula la transformación del simple «bienestar burgués» en una «aristocrática dulzura de vivir» y la frecuente «elevación al deleite» de placeres que, en otros lugares, serían y son «vulgares», debido en parte a una cerril obsesión por la comodidad. Según Kojève, Marx reformuló sin saberlo la idea de Aristóteles según la cual la última finalidad del progreso es el deseo de asegurar un máximo de ocio para el hombre. 

Esta cuestión se ha vuelto si cabe aún más urgente y dramática ante la amenaza de un nuevo totalitarismo tecnológico basado en un nihilismo comercial de doble y único signo representado por lo que fueron el imperialismo capitalista y el imperialismo socialista, ahora reunidos en una misma alienación política y existencial. Frente a las ruinas del nacional-capitalismo trumpista y el neocolonialismo mercantil asiático, el «imperio latino» quedaría como la única posibilidad de ofrecer a la humanidad un nuevo universalismo basado en la cultura y la contemplación sabia, en todo aquello que, en última instancia, socava la misma idea de imperialismo.

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