Europa no es una isla
«El convencimiento de que Europa es una isla de sapiencia, bienestar y libertad ha favorecido la aparición de políticos que parecen desconectados de la realidad»

Ilustración de Alejandra Svriz.
En 1991, Mark Eyskens, ministro de Asuntos Exteriores belga, dijo una frase que se hizo famosa: «Europa, en lo económico, es un gigante; en lo político, un enano; y en lo militar, un gusano». Treinta y cuatro años después, poca cosa ha cambiado, al menos en lo que respecta a la Europa de la autosuficiencia. Sin embargo, el mundo y la historia tienen la costumbre de avanzar implacablemente, sin detenerse ante las lecciones del pasado. Mientras vivimos el mayor cambio de paradigma geopolítico desde la Primera Guerra Mundial, los europeos parecieran dar vueltas sin rumbo, sin saber realmente a qué se enfrentan ni reconocer el potencial latente que poseen, prisioneros de discursos anacrónicos que limitan su visión.
El retraso en la respuesta no se debe a una falta de previsión. Mientras una cultura woke —a la que algunos califican de comunismo posmoderno camuflado— permeaba el entramado político de la Unión Europea, el giro geoestratégico ya había sido señalado por figuras internacionales. En 2009, durante una intervención ante los aliados de la OTAN, Barack Obama describió a Rusia como «una potencia regional». Aquella afirmación, lejos de ser un mero comentario, presagiaba la transformación del orden mundial.
No era necesario ser un genio para comprender que el axis mundi surgido tras la Segunda Guerra Mundial había encontrado un nuevo equilibrio en el escenario del Pacífico. Europa —incluyendo a Rusia en su geografía cultural y política— había pasado a ser, en esencia, un escenario regional en el gran tablero del poder global. La OTAN, en ese entonces, se percibía como un instrumento de estrategia desfasado, situación que parecía revertirse de forma ilusoria en 2014 con la anexión de Crimea y otras zonas de Ucrania por parte de Rusia, y que se volvió aún más evidente con la invasión de 2022. Todo resultaba un espejismo que ocultaba la realidad de un mundo que ya había cambiado.
El giro hacia un realismo político y social ya se había instalado de manera contundente. Las sociedades occidentales empezaron a percibir con creciente alarma la brecha entre los discursos oficiales y la realidad vivida día a día. La sensación de vulnerabilidad se intensificaba al ver cómo su estilo de vida, su existencia y sus expectativas se ponían en riesgo ante desafíos que parecían ignorar la lógica de épocas pasadas. En respuesta, la política optó por medidas intervencionistas que, lejos de proteger al ciudadano, asfixiaban su libertad y autonomía.
Este intervencionismo, orquestado por lo que algunos denominan la dictadura de la minoría «biempensante» —siguiendo patrones casi victorianos— convertía al individuo en un tutelado de un Estado que dictaba cómo debía vivir. Tras cada imposición emergía, casi como una justificación prefabricada, la coletilla del hipercapitalismo, como si de un caballo de Troya narrativo se tratase destinado a instaurar regímenes autoritarios bajo la apariencia de democracias iliberales.
«¿Acaso los valores por los que se luchó en la Segunda Guerra Mundial no se basaban en la resistencia contra la arbitrariedad?»
El relato europeo, perdido en medio de grandes cambios históricos y carente de un discurso que ofreciera respuestas a su precaria situación, se vio inundado por narrativas vacías e imposiciones disfrazadas de valores. La izquierda se mostró particularmente cómoda en este nuevo marco, mientras que la derecha se mantuvo en una postura de cautelosa inacción, amordazada por complejos y un temor atávico a ser cancelada. El vicepresidente Vance en Múnich, puso al descubierto ciertas verdades y contradicciones de los europeos al señalar que ya no compartíamos los mismos valores fundamentales.
Y, si se analiza más profundamente, el dignatario estadounidense tiene razón porque cabría preguntarse: ¿acaso los valores por los que se luchó en la Segunda Guerra Mundial y contra el comunismo no estaban fundamentados en la libertad y la resistencia contra la arbitrariedad? ¿Acaso no se combatió contra la imposición identitaria en las sociedades democráticas? Al enfocar sus esfuerzos en reprimir la disensión, la diversidad, la pluralidad y la crítica —elementos esenciales de la libertad—, Europa ha ampliado la brecha de valores que alguna vez estrechó los lazos entre ambos lados del Atlántico.
Quizás la raíz de este enrocamiento identitario europeo se encuentre en la frustración de haber dejado de ser esa excepcionalidad que se consideraba la luz de la democracia y la ilustración en el mundo. Una frustración que, al estilo del ejemplo francés denunciado por el antropólogo Marc Augè, ha llevado a una incapacidad para adaptarse a la nueva realidad post-Guerra Fría. En un intento desesperado por encontrar un sentido existencial, se ha optado por tratar de transformar la mentalidad de la población, instaurando un constante tutelar que, paradójicamente, impide el desarrollo del pensamiento crítico individual. Mientras tanto, las nuevas generaciones posdigitales, con su forma de entender y relacionarse con el mundo, están derribando estas barreras narrativas tradicionales, desde el lenguaje hasta la manera en que se establece la comunicación interpersonal.
El convencimiento de que Europa es una isla de sapiencia, bienestar y libertad ha favorecido la aparición de políticos que parecen desconectados de la realidad, soñando con utopías irreales. Frente a un Estados Unidos encabezado por Trump, que actúa como un poder imperial sin complejos y prioriza sus propios intereses sin tapujos, y en un mundo donde el poder duro se impone como instrumento de supervivencia y continuidad, la respuesta de la Comisión Europea ha sido lanzar iniciativas como el Clean Industrial Deal.
«Ya no hay espacio para excusas narrativas, solo para un realismo crudo que demanda respuestas»
Esta propuesta, sin embargo, evidencia que no se ha logrado romper con el círculo vicioso de la autosatisfacción: en lugar de transformar en valor geopolítico y geoestratégico al gigante económico que es Europa, se continúa excavando el agujero de los biempensantes, convencidos de que Europa es un espejo en el que mirarse. Y, en efecto, el mundo nos observa, pero lo hace como ejemplo de lo que no debe hacerse.
En definitiva, Trump ha redefinido las reglas del juego en el ámbito internacional. Es probable que el artículo 5 de la OTAN se active únicamente cuando convenga a los intereses estadounidenses, lo que, en la práctica, ha erosionado el sentido estratégico de la alianza. No quiero imaginar qué pasaría si, por ejemplo, un aliado del flanco sur de la Alianza Atlántica tuviera un conflicto bélico con un país vecino del otro lado del Mediterráneo. La imitación se erige, entonces, como otra consecuencia inevitable: todos los actores geopolíticos pasarán a actuar en función de sus intereses y ante amenazas tanto directas como colaterales.
El mundo se ha vuelto, al mismo tiempo, más complejo y sorprendentemente más sencillo: ya no hay espacio para excusas narrativas, solo para un realismo crudo que demanda respuestas tanto en el ámbito interno —como sociedades verdaderamente libres— como en la arena internacional, donde ya no vendrá un «hermano mayor» a rescatarnos de los matones del barrio.