THE OBJECTIVE
Manuel Ruiz Zamora

Rumanía y la paradoja de la tolerancia

«Como no se defiende la democracia de ninguna de las maneras es negando la libertad de expresarse y de votar a quienes piensan de forma diferente»

Opinión
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Rumanía y la paradoja de la tolerancia

Protesta a favor de la UE en Bucarest. | Cristian Cristel (Xinhua News)

En Rumanía, la Oficina Electoral Central ha rechazado la posibilidad de presentarse a las elecciones de mayo al candidato ultranacionalista Calin Georgescu, el cual ya había ganado la primera vuelta de las que se celebraron en noviembre del año pasado y que también fueron anuladas por presunta financiación ilegal e injerencias de Rusia. Recordemos que el vicepresidente americano. JD Vance, hizo una alusión a este asunto en su ya célebre discurso ante los mandatarios europeos en la Conferencia de Seguridad de Múnich: «Me sorprendió» –dijo Vance– «que un excomisario europeo apareciera recientemente en televisión y pareciera encantado de que el Gobierno rumano hubiera anulado unas elecciones enteras. Advirtió que, si las cosas no salen según lo previsto, lo mismo podría suceder en Alemania». Para una mentalidad americana, añadía el vicepresidente, esta manera de actuar resultaba completamente incomprensible.

No obstante, hay muchos actualmente que se adhieren a este punto de vista que podríamos llamar preventivo. En concreto, consideran que las democracias tienen el deber de defenderse contra quienes desde dentro de ellas expresan posiciones antidemocráticas. Es la célebre paradoja de la tolerancia que ya formulara Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos a mediados del siglo XX. La cosa, básicamente, consiste en lo siguiente: si somos infinitamente tolerantes, también habremos de serlo con los intolerantes. Ahora bien, el objetivo de los intolerantes es acabar con la tolerancia, En consecuencia, si queremos preservar la democracia, los tolerantes deberemos ser intolerantes con los intolerantes. En palabras del filósofo: «La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia… Tenemos, por tanto, que reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia».

A quien esto escribe, Popper, siempre le resultó un liberal más bien antipático, al contrario, por ejemplo, que Isaiah Berlin o Stuart Mill, entre otras cosas, porque el alemán suele recurrir a una implacable caricaturización de las ideas de sus oponentes con tal de refutarlos. En la obra citada lo hace de forma particularmente grosera tanto con Platón como con Hegel, a los que convierte en heraldos por antonomasia de todos los totalitarismos. En su descargo hay que decir que Popper es sobre todo un filósofo de la ciencia y cuando los filósofos de la ciencia se empeñan en pensar filosóficamente, háganme caso, suelen resultar bastante cerriles.

No obstante, las posiciones de Popper han tenido multitud de adeptos, entre otras cosas porque hay parte de razón en que las democracias tienen que arbitrar de alguna forma recursos para defenderse de sus enemigos. El problema es la naturaleza de esos recursos. Hace unos días, Arcadi Espada, uno de nuestros imprescindibles, publicaba un artículo en El Mundo en el que apoyaba sin fisuras la decisión de la Oficina Electoral Central de Rumanía, aduciendo, entre otras cosas, que el problema de ese país no es tanto el subnormal de Georgescu (Arcadi dixit), sino el 23% del pueblo rumano que lo ha convertido en el político más votado.

Espada planteaba también las diferencias entre lo que él llama democracias militantes, como la misma rumana o la propia francesa, y las democracias más bien cómicas en este sentido, como la española, en la que frente a los dos intentos de golpe de Estado (Tejero y Puigdemont, el socio del Gobierno) «la militancia democrática más eficaz surgió de la única institución no democrática» En este punto, sin embargo, habría que recurrir a una exclamación típica de Espada y decir: hombre, hombre, que la Monarquía sea una institución no democrática se lo podemos admitir a la inveterada ignorancia podemita, pero desde un punto de vista constitucional es tan democrática como el Consejo General del Poder Judicial o la garantía última de la unidad de la nación que la Constitución le reserva a las fuerzas armadas.

«¿Quién controla al controlador? ¿Quién decide lo que el pueblo puede votar y lo que no?»

Sea como fuere, todas estas posiciones de, por así llamarlo, radicalismo democrático plantean un gran número de problemas. Para empezar, la más obvia. ¿Quién controla al controlador? ¿Quién decide lo que el pueblo puede votar y lo que no? Ya sabemos que en democracia el pueblo es sólo uno de los vectores del sistema (aunque, sin duda, ya desde la etimología de la palabra, el más importante), pero una cosa es que se desarrollen contrapesos para evitar la tiranía de la masa y otra bien distinta es que la libre expresión de ésta sólo alcance validación si se atiene a lo presuntamente correcto. En tal sentido, podrá aducirse que tales prohibiciones recaerán en organismos o instituciones constitucionalmente destinados para ello, pero esto nos lleva a la siguiente cuestión.

No conozco bien el grado de infiltración política que sufren las instituciones presuntamente neutrales de Rumanía, pero traslademos el caso a nuestra realidad política nacional, con un Tribunal Constitucional perfectamente controlado por el Gobierno o una fiscalía cuya independencia, por decirlo suavemente, es más o menos como la que podría mantener un adicto al bondage con el verdugo que le azota su trasero. A mí, como a Espada, tampoco me gusta Vox, y menos ahora que han adoptado las posiciones de todos conocidas en política internacional, ¿pero estaríamos dispuestos a asumir el riesgo de que un gobierno con pulsiones liberticidas como el que padecemos, aprovechando la ola de inhabilitaciones democráticas iniciada en Rumanía, decretara, a través de sus terminales institucionales, la exclusión de este partido de la vida política?

Porque ese otro de los grandes problemas que, como ha demostrado el dirigente alemán al que se refería Vance, plantea este asunto: el efecto contagio. ¿Podemos asegurar que la prohibición de que determinadas fuerzas políticas puedan concurrir a las elecciones se va a circunscribir a tan sólo Rumanía o vamos a tener que aceptar que esos procedimientos resulten también homologables al resto de los países de la Unión? ¿Estaremos dispuestos a vivir en democracias nominales que se sostienen a sí mismas como el barón de Münchhausen, tirando antidemocráticamente para arriba de sus propios cabellos? Porque podría ocurrir que creamos estar salvando nuestras democracias y lo que en realidad estemos haciendo es mantener en sus sillones a una serie de políticos profesionales que no sólo viven de espaldas al pueblo, sino que ni tan siquiera son capaces de hacerle creer que se interesan por sus problemas reales.

«La democracia que cree defenderse por medios antidemocráticos suele acabar siendo víctima de sí misma»

Pero tal vez la razón más decisiva contra este tipo de políticas sea, simplemente, que a la postre siempre se han demostrado no sólo ineficaces, sino directamente contraproducentes. La democracia que cree defenderse por medios antidemocráticos suele acabar siendo víctima de sí misma. Por eso, concuerdo una vez más con Vance (con el que discrepo, por supuesto, en otros puntos de su discurso) cuando dijo que una democracia que no es capaz de resistir la propaganda en contra es que a lo mejor no es demasiado fuerte. Yo también creo en una democracia militante, pero por otros medios: hemos vivido en sociedades en las que, en vez de pedagogía democrática en las escuelas, se le ha infligido a los chavales mala ideología. ¿Qué queremos ahora? ¿Que los demócratas broten de las piedras?

En efecto, la democracia se defiende cada día, pero se hace como los americanos, con todos sus defectos, llevan haciendo desde hace más de 200 años: inculcando sus valores, respetando sus símbolos, celebrando sus rituales. Como no se defiende la democracia de ninguna de las maneras es negando la libertad de expresarse y de votar a quienes piensan de forma diferente, porque podría darse el caso de que al final, la democracia, por su propia incompentencia, se reduzca única y exclusivamente a una élite que vive de ella. La libertad, por definición, implica siempre un riesgo de autodestrucción o de suicidio, pero sin ese riesgo simplemente no puede hablarse de democracia en sentido alguno.

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