El primero
«Los ciudadanos honrados y demócratas están pasando malos momentos. Europa ya prescinde de España, a la que consideran un apéndice del Magreb o de Venezuela»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Si la cara es el espejo del alma, el pobre fiscal general dimitido tiene toda la pinta de haber sufrido abusos desde la más tierna infancia. El último maltrato, sin embargo, ha sido el más cruel. Esta vez le ha chuleado su jefe (confirmado como «el puto amo» por un empleado) quien, tras una jugada de tahúres, se encaramó a la presidencia del Gobierno de España y ahí sigue amarrado al sueldo y al Falcon.
Todo el mundo sabe ya que Sánchez no es demócrata a la manera europea, sino a la manera latina, la de Maduro o Perón. Por eso Franco llamaba a su democracia «orgánica», del mismo modo que nosotros llamamos a la democracia que hay en España «sanchista». Nadie puede ofender acusando de demócratas a Otegi y los herederos del terrorismo vascongado. Tampoco puede insultarse llamando demócratas a los catalanes partidarios de arruinar a los españoles. Y el resto de los sanchistas, los de Sumar, Podemos, Unidos en lo que sea o Mareas que marean, tampoco tienen un pelo de demócratas porque son partidarios de la dictadura del proletariado.
Todos los sanchistas tienen otras prioridades antes que la de defender a los ciudadanos libres e iguales. Unos desean crear patrias nuevas en manos de las oligarquías locales. Otros aún más rancios, los tardocomunistas, quieren acabar con los patronos, con el capitalismo, con los ricos, con la burguesía o con cualquier otro fantasma de los años treinta del siglo pasado que ellos suponen aún recorriendo Europa, aunque estén enterrados desde hace más de cien años.
Lo curioso es que mantienen como una verdad de libro que, aparte de ellos, todos los demás españoles somos fascistas, y así se empeñan en vociferarlo las pasionarias del Gobierno de Sánchez. Y eso que son ellas las que incitan a tomar las calles, a la violencia y a la destrucción, como si vivieran en 1936. Cree el ladrón que todos son de su condición.
El caso es que cuando ese pobre hombre aceptó ponerse al mando de la fiscalía, debió de ser informado por nuestro chavista sobre sus tareas inmediatas: librar a España de la maldad satánica, es decir, de la derechayultraderecha (va todo junto) y que eso era lo justo y lo que competía a su cargo. Y ahí estaba él, para traer al mundo la pureza.
«Estamos solos, como tantas veces en este país de dictadores y de masas que chillan ‘¡vivan las caenas!’»
Dado el decurso del pobre García, su sustituta tampoco puede ser insultada como demócrata. Sabe muy bien para qué la han puesto ahí. Como dijo su amo, «¿no depende la fiscalía del presidente del Gobierno? Pues ya está». Y como prueba del nueve, las pasionarias han lanzado a la calle a las masas. Era un espectáculo argentino, venezolano o salvadoreño ver a esas multitudes, en buena parte femeninas, ante los juzgados, aullando sobre la inocencia de García, como si lo supieran de buena tinta («me lo ha dicho una amiga») y antes de que se publique la sentencia.
Los ciudadanos honrados y demócratas están pasando malos momentos. Sin duda los europeos ya prescinden de España, a la que consideran un apéndice del Magreb o una sucursal de Venezuela. Estamos solos, como tantas veces en este país de dictadores y de masas que chillan «¡vivan las caenas!».
Bien es verdad que más vale solos que mal acompañados, si os consuelan los refranes. El problema es que estamos muy mal acompañados, aparte de solos.
(Nota bene: este artículo se titula El primero porque, como era de esperar, ya han caído dos más mientras escribo estas líneas. La mano de la Justicia es lenta, pero casi siempre llega).