El policía japonés: Seicho Matsumoto
«Matsumoto es, como lo fue el siciliano Andrea Camilleri, un escritor tardío en esto de la novela policial. Pero bendita sea la tardanza»

El escritor japonés Seicho Matsumoto.
Seicho Matsumoto (1909-1992) fue considerado el Georges Simenon de la novela policial japonesa. Pero, una vez leído, tal vez habría que decir —como uno ya adelantó hace algunos años— que Georges Simenon podría ser el Matsumoto de la novela policial occidental. Los dos unen la clave del relato en la pormenorizada investigación que se lleva a cabo en cada caso sin olvidar el entorno en el que se producen los hechos. Un prodigio de inteligencia y sensibilidad hacia el lector, al que incorporan como un investigador más del caso a dilucidar. Matsumoto es, como lo fue el siciliano Andrea Camilleri, un escritor tardío en esto de la novela policial. Pero bendita sea la tardanza. En la escritura no hay prisa, solo se sustenta en el talento. Y el talento no tiene edad.
Recibió uno de los premios más relevantes de Japón, el Akutagawa, por Historia del diario de Kodura (1952) y, a partir de ahí, la carrera literaria no dejó de deslumbrar. Gracias a la extraordinaria labor de Libros del Asteroide, en español se han publicado El expreso de Tokio (1955), edición de 2014; La chica de Kyushu (1961), edición de 2017; Un lugar desconocido (1957), edición de 2021; El castillo de arena (1961), edición de 2023; y ahora, una de sus más deslumbrantes incursiones en el género, Punto cero (1959), edición de 2025.
En todas ellas se revela un autor que sigue las pautas de la novela policial con una atención sosegada, racional y crítica del Japón en el que vivió. Matsumoto no pierde nunca de vista al lector. He ahí el interés despertado. Le proporciona una suerte de hilos invisibles en la narración para que sea el propio lector quien vaya atándolos hasta construir un mapa de la situación. No hay pistas falsas, ni trucos, ni atajos, ni siquiera trampas benévolas. Uno sigue la historia, recorre los acontecimientos que se suceden, trata de identificar personajes, acciones, consecuencias, circunstancias y derivados hasta avanzar en cada página hacia la posible resolución del caso en cuestión.
Combina, con mentalidad nipona, la novela de detectives inglesa y la más dura tradición de la novela negra norteamericana. Un híbrido de ambas, pero a su manera. Es una creación sumamente singular. La cuestión es, lejos del exotismo, la profunda inquietud que provoca. Seguir cada pista —casi diría uno apuntarla en unas notas— para completar el damero maldito en el que cada investigación se convierte. No es casual que, como en el caso de tantos otros, su labor comenzara como periodista en Asahi. A la manera de la novela de detectives, condenadamente británica, Matsumoto se acerca a la gran novela negra norteamericana —la de Hammett, Chandler, Cain y demás— desde la crítica social, política y económica que introduce en sus novelas.
En Punto cero, la ocupación norteamericana de Japón tras la Segunda Guerra Mundial y la humillación que significó para millones de japoneses constituyen un elemento que Matsumoto trata con enorme sensibilidad y sentido. Pero fue una tragedia social, y el lector descubrirá el porqué. Tampoco es casual que en esta novela la protagonista, quien lleva a cabo la investigación con todos los ribetes, perfiles, márgenes e incertidumbres planteados, sea una mujer. Esto otorga a la novela un plus de crítica y compasión sobre la realidad social vivida por los integrantes de la historia a contar. Destapa heridas sangrantes en el seno de la sociedad japonesa de los años cincuenta del siglo pasado.
Teiko Itune es una joven de 26 años que acaba de casarse con Kenichi Uhara, diez años mayor que ella, mediante un casamentero. Uhara trabaja en una agencia de publicidad, la segunda más importante de Japón, y está destinado en la ciudad costera y norteña de Kanazawa. Tras una luna de miel sin más, Kenichi, so capa de despedirse de su cargo, viaja a Kanazawa al ser trasladado a la central de Tokio, donde vivirá con su esposa, pero en Kanazawa desaparece. No ha dejado huellas: todo es una incógnita. Ni los de la oficina de Kanazawa, ni los de Tokio, ni su propia esposa, ni su único hermano saben —ni sospechan— qué ha podido suceder.
Y es entonces cuando Teiko comienza la investigación. Y tal investigación es un viaje inquietante en el que Matsumoto despliega un mapa del Japón de 1959 tan real como descorazonador, y, por supuesto, apasionante para el lector. Porque este, junto a Teiko, irá reconstruyendo las piezas que permitan descubrir lo que ha ocurrido. Al ser una mujer quien protagoniza la investigación, Matsumoto introduce una nueva perspectiva narrativa en el género en Japón: el punto de vista femenino. Una mujer que no se arredra por nada, que manifiesta una sensibilidad especial ante los hechos que descubre y que contempla la realidad de la sociedad japonesa y lo que ha significado la ocupación americana para muchas mujeres —y las consecuencias derivadas para sus vidas y su futuro— con una mirada de enorme sensibilidad.
Como se mostraría en las siguientes novelas de Matsumoto, la geografía de Japón, las vías ferroviarias, las localizaciones precisas, los paisajes y los paisanajes serán elementos vertebradores de la acción y la trama. Política, economía, relaciones laborales, ocultaciones, silencios, melancólicas presencias del pasado, supervivencia, mentiras, máscaras y apariencias conjugan un argumento perfecto. Matsumoto, recuerde el lector, te ha dado pistas, ha dejado cabos sueltos, impresiones, comentarios, detalles y situaciones que te permiten avanzar junto a Teiko en el ajedrez enredado de la desaparición de Kenichi. Te invita a seguir, casi lápiz en mano, cada nuevo paso y a relacionar hechos y reacciones, y así la novela se convierte en un juego de inteligencia y audacia. Y de lógica.
Un juego perverso y sugestivo de inteligencia, una de esas obras que, tratándose de un género tan transitado como el policial, todavía te advierte de que la literatura es algo más que juntar caprichosamente palabras, porque cuando se ordenan en una historia, pueden ser terribles.