The Objective
Antonio Agredano

Europa, un pececito entre pirañas

«Mientras Putin invade Ucrania y Trump toma el poder en Venezuela, aquí andamos escribiendo blandos comunicados defendiendo la soberanía danesa de Groenlandia»

Opinión
Europa, un pececito entre pirañas

ilustración de Alejandra Svriz.

Cuando llegué a la Gran Sala Hipóstila en el templo de Karnak, me sentí muy pequeño. Me acerqué a una de sus grandes columnas y tuve a centímetros sus inscripciones. Mire a ambos lados antes de estirar el dedo y casi acariciar, con culpa y extrañeza, una de las líneas dibujadas en la piedra. Un trabajo de hace tres mil años y la yema de mi índice recorriendo sin rozarlo el camino del cincel.

En el Gran Museo Egipcio caminé junto a esculturas que sólo había visto en libros. Me asomé a los ojos de Akenatón, giré en torno al capitel de granito rojo de Hathor. Me hice un selfi junto a la máscara funeraria de Tutankamón. Sentí en Egipto que todo era cercano. Entré en tumbas, me acerqué para admirar sus relieves, sus pigmentos, todo tan alcance de la mano, literalmente hablando.

Enamorado de aquello, llevé a mis hijos esta Navidad a una pequeña y bonita exposición con algunas piezas menores en la Sala Vimcorsa de Córdoba. Les conté algunas cosas sobre sus dioses, las momias, por si despertaba su curiosidad. Y me hizo gracia que, al entrar en la sala, el vigilante, con mucha solemnidad, me dijera: «Están prohibidas las fotos y mucho menos con flash». No protesté, porque soy un ciudadano dócil. Pero pensé: «Esto debe ser Europa».

En El Cairo no hay problemas con las balizas y los tapones no están pegados a las botellas de agua. Eso son cosas que sólo preocupan aquí. En este misterioso y antiguo continente que parece en sí mismo un museo. No sólo por su patrimonio cultural, sino por sus propios valores, por su mesura y por su ñoñería.

Mientras Putin invade Ucrania y Trump toma el poder en Venezuela, aquí andamos escribiendo blandos comunicados defendiendo a una Dinamarca jibarizada en su defensa soberana de Groenlandia. El mundo se ha acelerado. Va hacia un lugar nuevo. Pero Europa está a otra cosa. Quizá es momento de preguntarse si un pez tan débil podrá sobrevivir en un bidé lleno de pirañas. Si bastará con el blindaje económico para aguantar el desafío global. Si hay que agriar el carácter o morir mansamente manteniendo esta moralidad envejecida.

«La desunión europea será tierra fértil para el matonismo internacional de los de siempre»

Vuelve el servicio militar, se aprueban subidas en el presupuesto militar, pero hay países, como España, que ven tan lejano el conflicto, que prefieren agarrarse a un pasado de paz, de estabilidad y de soberanía nacional. Como esos amigos que aún visten igual que vestían cuando tenían 20 años. La desunión europea será tierra fértil para el matonismo internacional de los de siempre.

¿Somos conscientes del gran desafío que tenemos frente a nosotros? ¿Creemos que cerrando los ojos pasará este capítulo oscuro sin rozarnos? Sólo hay que abrir X para perder la esperanza. Un montón de gente sobreactuada, convirtiendo en problema asuntos sin importancia. Subiendo fotos de gente con la cara pintada disfrazada de Baltasar, importando un agravio sin sustento emocional en nuestro país. Despreciándolo todo. Cantando a lo feo. Elogiando la pereza. Leyendo en clave política cualquier menudencia que les toca vivir. Explicándole a las editoriales a quién premiar y a quién no. Con una bilis, con un retorcimiento, tan europeo, tan ocioso, tan autoindulgente.

Quizá las cosas se han puesto serias. Y Europa debe sacudirse algunos complejos y trazar un plan conjunto, más apegado a la realidad, y menos perdido en el laberinto del bienquedismo y de las batallas emocionales. O seguir como si nada. Con sus prohibiciones, sus afectaciones y sus miedos. Su palabrería hueca. Sus complejos. Que mientras el mundo cambia, la momia europea yazca negruzca y eviscerada.

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