Nuestro reflejo en Venezuela
«Zapatero sigue con su diplomacia oracular, tratando de disimular su proverbial incompetencia con oscuros pactos que el chavismo vende como grandes logros»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Aunque con respecto a Venezuela está aún todo por ver y por tanto cualquier análisis sea a estas horas inevitablemente precipitado, en España la extracción de la muela podrida de Maduro nos ha servido al menos como repentino espejo ideológico. Por una parte, nuestra izquierda ultramontana ha puesto el grito en el cielo por la operación de Estados Unidos, comparando a Trump con Hitler y echando mano, en fin, de la habitual retórica revolucionaria con que suele disimular su desoladora inconsistencia intelectual y moral. Ni siquiera haciendo un enorme esfuerzo de empatía y generosidad puede uno entender cómo queda alguien en el mundo capaz de defender la delincuencia de Estado que en países como Cuba y Venezuela ha redundado en la miseria y la muerte civil de sus habitantes. ¿De verdad la resistencia contra la «bota imperialista», el monstruoso capitalismo y el putrefacto Estado del Bienestar –los instrumentos de aburguesamiento de la conciencia proletaria, según el credo de esa iglesia– justifican el éxodo de millones de personas y el sometimiento totalitario del resto? ¿No venimos de un siglo en que ya quedó con creces demostrado que bajo la abstracción redentora se esconde, por el bien de la humanidad, una montaña de cadáveres y moscas?
Por lo que respecta a nuestro Gobierno, el papel de Pedro Sánchez se ha limitado a elevar el tono de su protesta por exigencia de sus socios y a hacer vagas apelaciones al derecho internacional para terminar condenando la intervención estadounidense con esa característica falta de convicción que siempre transluce nuestro presidente sin funciones. Uno tiene la sensación de que al día siguiente podría argumentar lo contrario y se quedaría tan ancho en sus trajes cada vez más holgados. Por otro lado, entre bambalinas y con su sonrisilla de sátiro bufo, Zapatero sigue con su diplomacia oracular, tratando de disimular su proverbial incompetencia con oscuros pactos que luego el chavismo vende como grandes logros. Trump derroca a Maduro y confirma a Delcy Rodríguez, pero resulta que es Zapatero quien está pilotando la transición desde su despacho, incluida la liberación de presos políticos. ¿No podría haberlo conseguido antes si tanta influencia tenía? (La liberación, por cierto, no parece más que un teatrillo en el que salen unos y entran otros, una maniobra de distracción del intacto aparato represor). Zapatero se parece cada vez más a Mr. Chance, el jardinero autista interpretado por Peter Sellers, que por una serie de malentendidos termina siendo un poderoso consejero en el entramado de Washington. Siempre que dice una tontería, sus acólitos lo interpretan como una metáfora muy honda de la situación política y económica.
Los capitostes de nuestra derecha, por último, nos han deleitado con otra muestra de sus variopintas y difusas opiniones, desde las soflamas iniciales de Ayuso y Abascal hasta el habitual y mohíno temple de gaitas de Feijóo. Los que dicen creer tanto en el derecho internacional y la democracia liberal deberían haberse hecho antes en voz alta y ante todos sus votantes, unas cuantas preguntas acerca de lo que está ocurriendo dentro del sistema que en principio defienden. Es evidente, como ha dejado claro él mismo en una reciente entrevista en The New York Times, que a Trump se le da una higa el derecho, ya sea nacional, internacional o canónico. El promotor inmobiliario solo obedece, según dice, a su propia ley moral. (La ley inmoral en mí y al cuerno las estrellas. Así ha terminado Kant en su bocaza). Trump ya lo venía demostrando antes de la extracción cuando empezó a disparar contra lanchas de presuntos traficantes para solaz del mundo entero. ¿Somos conscientes de lo que todo eso supone?
Cuando Hannah Arendt se empezó a interrogar acerca de los orígenes del totalitarismo, se dio cuenta de que el primer paso esencial para la dominación total había sido matar en el hombre a la «persona jurídica». Con su desprecio a la ley y los procedimientos, a la Cámara de Representantes, a los jueces y los periodistas, Trump se alinea descaradamente con todos los autócratas del mundo que se oponen a los fundamentos de la Constitución de los Estados Unidos. Su lógica es muy sencilla y transparente –hay que reconocerle esa virtud–, puesto que, frente al embate comercial de Rusia y China, el presidente considera que la democracia liberal ya no es competitiva y que por tanto es lícito el intento de doblegarla hasta convertirla en un culto a su persona y a todo lo que representa su movimiento de exaltación nacional.
Bien es verdad que el mal de raíz no es un invento de Trump. La «excepción» como forma de gobierno es algo que se está extendiendo como un tumor en todo el orbe liberal. Desde la caída de las torres gemelas y la guerra contra el yihadismo, la democracia estadounidense decidió extender los poderes presidenciales y minar las garantías constitucionales –como se consagró en la «ley patriótica» de 2001, refrendada por George W. Bush– en aras de la seguridad nacional, el mismo altar en el que se amparó ese agujero negro dentro del Estado de derecho que es Guantánamo, el campo de concentración que ni siquiera Obama consiguió cerrar. Así las cosas, a nadie debería extrañar –y menos aún a los corifeos de Trump en nuestro país– el asesinato de Renee Nicole Good en Mineápolis hace unos días a manos de un agente migratorio. El Gobierno de Trump se ha apresurado a justificar la ejecución de la ciudadana estadounidense por considerarla parte de la «izquierda radical» y arguyendo que el policía actuó «en defensa propia», contra la pasmosa evidencia de un video que todo el mundo debería ver y que hiela la sangre. Después de matar a la persona jurídica, el segundo paso, según Arendt, para la dominación total, era exterminar a la «persona moral».
«Trump ya no quiere ciudadanos sino tan solo consumidores automatizados, de la misma manera que ya no busca aliados sino tan solo vasallos»
Tampoco deberían escandalizarse nuestros trumpistas ibéricos cuando su presidente salió en rueda de prensa a admitir los verdaderos motivos de la extracción, que por supuesto nada tenían que ver con la democracia ni con los presos políticos ni con las elecciones fraudulentas. Cómo iba a invocar la limpieza de sufragio alguien que se pasó cuatro años vociferando que en su país las elecciones de 2020 fueron un robo en toda regla y que Joe Biden era un presidente ilegítimo. No, el único motivo de la extracción que admitió el sacacorchos había sido quitarle el tapón a otra extracción, la del petróleo, lo que Juan Pablo Pérez Alfonzo, ministro de Hidrocarburos en Venezuela y fundador de la OPEP, llamó con propiedad «el excremento del diablo».
La derecha presuntamente liberal de este país haría bien en incorporar alguna de estas cuestiones a sus discusiones habituales. La vía del trumpismo conduce a un modelo de sociedad basado en un capitalismo salvaje sin libertades y a la liquidación de la idea de polis que ha alimentado a las modernas democracias desde el siglo XVIII. Trump ya no quiere ciudadanos sino tan solo consumidores automatizados, de la misma manera que ya no busca aliados sino tan solo vasallos. Incluso Le Pen y Bardella en Francia se están poniendo la careta de De Gaulle para distanciarse del modelo estadounidense, escandalizados –qué cosas– por la falta de respeto a la soberanía nacional y el derecho internacional. Pero, en fin, tampoco ahora vamos a descubrir que los padres son los reyes. Estados Unidos lleva poniendo y quitando dictadores desde hace más de un siglo, como bien sabemos en España desde el vergonzoso abrazo de Eisenhower con Franco. Incluso el legendario Ike tuvo que tragarse todos los principios por los que había capitaneado a los aliados durante la Segunda Guerra Mundial por la consabida razón de Estado.
Si algún papel le queda a la Unión Europea en este juego de matones y depredadores que se está organizando entre Estados Unidos, China y Rusia, obsesionadas las tres potencias con el comercio y los recursos, debería ser el de ofrecer, no solo seguridad jurídica, isonomía, dignidad democrática y educación pública, sino sobre todo una forma de vida, garantizada por esos cuatro pilares, que se distinga netamente de la concepción atroz de la existencia derivada del imaginario político de Maduro, Trump, Putin o Xi Jinping. Pues, como decía André Malraux en plena y ridícula carrera espacial entre Estados Unidos y la URSS, allá por los años sesenta del siglo pasado, ¿de qué sirve llegar a la luna si es para suicidarse?