The Objective
Gabriela Bustelo

La polarización pacifista

«Donald Trump promete traer la paz mundial mediante la amenaza de desestabilizar a todo país que obstaculice su proyecto de ‘paz por la fuerza’»

Opinión
La polarización pacifista

Ilustración de Alejandra Svriz.

Vivimos en una era caracterizada por la verborrea hueca y autocensurada. Los políticos globales tuitean mensajes en un lenguaje estéril, usando palabras desinfectadas para evitar cualquier arista que pueda rozar el delicado tejido de las normas internacionales. Por este escenario aséptico ronda un líder que no habla en párrafos, sino en ráfagas. Y su actividad no tiene relación alguna con la política tradicional, sino que practica una especie de crisis diaria del superego. Donald Trump es una paradoja hiperactiva, un oxímoron parlante, un Rorschach humano donde unos ven un pope mesiánico y otros un tirano bocazas. Esta dicotomía explica que una operación de alcance supranacional como extirpar a un dictador extranjero de su guarida pueda resultar simultáneamente admirable e inadmisible.

El propio Trump nos ha explicado, con su característico lenguaje sin filtros, que le trae sin cuidado el orden global basado en unas reglas compartidas. Huye de las alianzas multilaterales por considerarlas extorsiones disfrazadas; abandona el derecho internacional como quien se zafa de una asignatura prescindible; y las normas del engranaje democrático le incordian como obstáculos que le impiden deslizarse por las verdes lomas en su carrito de golf. En el caso de la polémica extracción de Nicolás Maduro, le han surgido partidarios por todos los rincones del mapamundi. El abogado brasileño Felipe Hasson sostiene que «invocar el derecho internacional para defender a un dictador es una perversión intelectual». Durante la Segunda Guerra Mundial, alega Hasson, las grandes potencias podrían haber decidido no liberar los campos de concentración para respetar la soberanía alemana, omisión que hoy se consideraría un acto de complicidad nazi.

Impávido ante la tensión geopolítica mundial, Trump es un antihéroe tan poderoso como capaz de detonar el caos bélico planetario. Llevaba asediando las costas venezolanas desde agosto de 2025 y había avisado que iba a pasar a la acción, cuando un apático día de principios de enero la fanfarronada se convirtió en realidad. ¿Le quería dar una lección de superioridad a María Corina Machado, por haber ganado ella el Premio Nobel de la Paz? La distopía trumpiana nace de un cableado psicológico singular, que zanja asuntos irresolubles mientras inflama un reguero de problemas atroces.

En marcado contraste con autócratas tipo Vladímir Putin o Xi Jinping —o nuestro Pedro Sánchez—, el líder americano atiende a la prensa casi diariamente, incluyendo el clásico turno de preguntas. Según Associated Press, su frecuencia de interacción mediática supera con creces la de los seis presidentes estadounidenses que le anteceden. Las peroratas que improvisa en estas ocasiones pueden parecer inconexas y deslavazadas, pero aportan contexto a su desconcertante hiperactividad.

El viernes 9 de enero, Donald Trump tuvo una sesión informativa en la Casa Blanca para animar a las grandes multinacionales petroleras a invertir en la Venezuela controlada por Estados Unidos. Saliéndose del guion, una periodista le preguntó si cambiaría de opinión sobre incorporar al proceso venezolano a la líder María Corina Machado en el caso hipotético de que ella decidiera regalarle su Premio Nobel de la Paz. Lejos de parecerle inoportuno el tema, Trump entró rápidamente en fase de monólogo interior, verbalizando su pensamiento en tiempo real. «Yo he parado ocho guerras, ocho guerras gigantescas», proclamó. Tras un par de minutos divagando sobre los millones de vidas que ha salvado, y las confrontaciones que ha impedido sin usar armas nucleares, vino la frase de la tarde: «Nadie en la historia de la humanidad merece el Nobel más que yo». Tras la arrogante proclama asomaba la posibilidad de que Donald Trump haya invadido Venezuela para darle una cura de humildad a la valerosa heroína de la resistencia antichavista. Todos practicamos ya lo que Coleridge llamaba la «suspensión de la incredulidad». Todo es posible.

«El mundo contiene la respiración porque el pandemonio trumpista carece de precedentes en la era de las grandes democracias»

Al fin y al cabo, el cerebro dúplex que permite a Trump sortear los estándares occidentales y confiscar a un dictador latinoamericano es el mismo que reduce toda tragedia humana a una consigna de enfrentamiento partidista, a menudo con una crueldad glacial. Del cráneo trumpista sale también la justificación política del asesinato de una mujer por parte de un agente del Servicio de Control y Aduanas ICE en Minnesota. La guerra maniquea de los bandos jibariza la empatía, los matices y la justicia procesal, que quedan reducidos a daños colaterales, con una lógica simplista de los buenos contra los malos, de ellos contra nosotros, de la existencia como una apuesta a todo o nada.

Esta metodología inaudita produce un desconcierto que otorga un poder fugaz y aterrador. Después de haber logrado culminar una operación de tecnología militar tan eficaz como la venezolana, cabría darse por satisfecho. Pero Trump, desprovisto de corsés plurinacionales, amenaza con repetir el plan en Colombia y en México, apostillando que EE UU necesita «tener» Groenlandia y que la va a conseguir como sea. El mundo contiene la respiración porque el pandemonio trumpista carece de precedentes en la era de las grandes democracias. Es el equivalente geopolítico a jugar al ajedrez con una paloma gordezuela que tira todas las piezas por el tablero y se pasea tan campante por los escaques, mientras en su caótico aleteo resuelve un rompecabezas que los grandes maestros llevaban décadas rumiando.

La contribución de Donald Trump a la geopolítica es esta polarización pacifista que viene practicando: la promesa de traer la paz mundial —casi como una concursante de Miss Mundo—, mediante la amenaza de desestabilizar a todo país que obstaculice su proyecto de paz por la fuerza. Ahora sabemos, porque nos lo ha dicho sin rodeos, que nadie en la historia de la humanidad merece el Nobel de la Paz como él. Pero no es la paz lo que unifica al planeta en la Era Trump, sino la ansiedad compartida de 8.000 millones de habitantes subidos a una terrorífica atracción de feria que deja al mundo sin respiración mientras sus frenéticos seguidores le piden a gritos otra vuelta.

Publicidad