El ‘efecto Trump’
«Si sobrevuela una pregunta sobre el convulso año de mandato de Trump, sería esta: ¿se está saliendo después de todo el presidente estadounidense con la suya?»

Ilustración de Alejandra Svriz.
De todos los aspirantes a autócratas del mundo, que son muchos, incluido nuestro presidente Pedro Sánchez, era difícil imaginar que fuera a ser Donald Trump, uno de sus máximos exponentes, quien devolviera la esperanza a millones de seres humanos para librarse de sus regímenes opresores. Frustrada por la pasividad de la comunidad internacional y tras décadas de estar sometida a dictaduras criminales, la mayoría del pueblo venezolano, iraní o cubano espera hoy que Donald Trump les ayude. El presidente estadounidense ha pasado de priorizar los intereses de Estados Unidos, como recogía su estrategia Make America Great Again (MAGA) con la que ganó las elecciones presidenciales hace un año, a querer convertirse en el líder del mundo libre. La paradoja: el ‘efecto Trump’, un iliberal consumado, se expande hoy por el mundo.
Un efecto que ha puesto más en evidencia que nunca la gran hipocresía de buena parte de la izquierda europea y, de manera especialmente significativa, la española, colaboradora directa de alguna de esas dictaduras. Su ideología está por encima de los derechos humanos. Su antiamericanismo los lleva a llamar democracia a la dictadura de Maduro, que se ha perpetuado en el poder pese a la aplastante evidencia de haber perdido las últimas elecciones, y a calificar de secuestro la captura del líder venezolano; a mirar para otro lado en el caso de la brutal represión de las mujeres en Irán por coincidir sus deseos de derrocar al régimen de los ayatolás con los de Israel o Estados Unidos, o a apoyar lo que resta del opresor régimen castrista para mantener viva la llama de la revolución cubana que tanto les hizo soñar desentendiéndose de la desahuciada situación de los habitantes de la isla.
La eficacia de la audaz acción militar de Trump en Venezuela parece haber envalentonado al presidente estadounidense, decidido ahora a jugar un papel más activo en la escena internacional. Mal que les pese a sus correligionarios de MAGA. Y aunque el presidente insista en que la intervención en Venezuela reportará beneficios a Estados Unidos por el acceso al petróleo y las tierras raras del país caribeño, el pésimo estado de la industria petrolífera, vandalizada y desmantelada durante años por el régimen chavista, estos tardarán aún en concretarse.
Asimismo, y pesar de la voluntad expresada por su secretario de Estado, Marco Rubio, de iniciar un proceso de transición democrática cuando se estabilice la situación, habrá que ver si Trump no deja esas aspiraciones democráticas en suspenso. No hay que descartar que el statu quo actual, con la nueva presidenta, la colaboradora del régimen criminal de Maduro Delcy Rodríguez, ahora a sus órdenes, sirva mejor a los intereses de Washington. Por el bien del pueblo venezolano, esperemos que no sea así.
Poder hacer en Irán una intervención controlada similar a la de Venezuela que sirviera para derrocar al Gobierno actual y colocar uno alternativo, obediente a los intereses de Estados Unidos, es impensable. Se trata de un país de 90 millones de habitantes, sin tradición democrática alguna y con una enorme capacidad desestabilizadora sobre la región de Oriente Medio, una zona que ha dejado de ser prioritaria para EEUU, como recoge la Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Administración Trump hace pocas semanas. Las repercusiones no serían solo geopolíticas sino también económicas. Irán es una de las potencias petrolíferas más importantes del mundo (es el tercer país con las mayores reservas de crudo), pero sobre todo controla el tráfico de los petroleros que atraviesan el estrecho de Ormuz, la angosta boca del Golfo Pérsico por la que pasa el 20% del petróleo que se vende en el mundo.
Por el momento la presión ejercida por Washington en los últimos días sobre el régimen de los ayatolás en forma de un posible ataque militar ha servido para que el Gobierno iraní haya rebajado la brutal represión de las protestas populares por parte de las fuerzas de seguridad: más de 2.000 muertos reconocidos por el propio régimen. Diversas organizaciones humanitarias cifran en más de 4.000 los ciudadanos asesinados por el régimen. Los iraníes se ven de nuevo condenados a la siniestra dinámica de protestar, sufrir una represión salvaje, que el régimen rebaje su brutalidad, presionado por las sanciones y las amenazas internacionales, para de nuevo instaurar el miedo ejecutando a los prisioneros políticos. ¿Ha servido el derecho internacional para parar esta insoportable dinámica? No parece.
Como Venezuela, Irán, a pesar de su inmensa riqueza petrolífera, es una economía fallida. La devaluación de su moneda, la hiperinflación, la ausencia de servicios públicos básicos, la escasez de alimentos y las élites corruptas que les gobiernan están en el origen de las protestas. Estas se producen tres años después del levantamiento de las mujeres iraníes bajo el lema «Mujer, Vida, Libertad», para luchar contra la ausencia de libertades y la brutalidad represora del régimen. Un movimiento que lejos de extinguirse es uno de los principales motores que sostiene las protestas. Cerca del 60% de la población iraní tiene menos de 39 años. No conoce nada más que la dictadura religiosa. Y una persistente miseria económica.
Y luego está Groenlandia. Las presiones de Trump para hacerse con la mayor isla del mundo que no es un continente y que representa un punto estratégico clave en la defensa del Ártico, con un tamaño superior a la suma de Francia, España, Alemania y el Reino Unido, están sirviendo por el momento para que Europa se comprometa a reforzar su presencia militar en la zona. Más allá del simbólico envío de militares por parte de los países aliados y los colindantes con Dinamarca, país miembro de la UE que ostenta la soberanía sobre Groenlandia (15 soldados franceses, 13 alemanes, tres suecos, dos noruegos, dos finlandeses y uno respectivamente el Reino Unido y Holanda), Bruselas confía en que la determinación europea para fortalecer la defensa del ambicionado territorio, junto con la libertad que Dinamarca está aparentemente dispuesta a dar a Estados Unidos para establecer cuantas bases militares considere necesarias y darle acceso a sus tierras raras, pueda disuadir al presidente estadounidense de conquistarla y crear un conflicto sin precedentes entre dos miembros de la Alianza Atlántica.
Durante la Guerra Fría, Estados Unidos tuvo 17 bases militares en Groenlandia, con 10.000 soldados desplegados en su territorio. Hoy tiene solo una y apenas 200 soldados. Y la amenaza china y rusa en la estratégica zona es un hecho. ¿Está Trump echando un órdago a los aliados para que se pongan la pila? ¿O puede que el presidente estadounidense, conocido su inmenso narcisismo, quiera pasar a la historia como el primer presidente de EEUU que amplió el territorio sobre la que es país soberano? Lo veremos en los próximos meses.
Si sobrevuela una pregunta sobre el convulso año de mandato de Donald Trump, sería esta: ¿se está saliendo después de todo el presidente estadounidense con la suya? En muchos frentes, parece que sí. De eso escribiré en el próximo Subjetivo.