El espacio en blanco
«Cuánto mejor le iría a Trump (y de rebote también a los inuit) si en vez de empeñarse en conquistar el mundo se dedicase a leer sobre él»

Nuuk, la capital de Groenlandia.
A cierta edad uno ya sabe más o menos las cosas que nunca hará en esta vida, a pesar de que durante mucho tiempo las tuvimos como proyectos seguros. Por ejemplo yo siempre soñé con pisar alguno de los espacios polares, sea en el extremo norte o en el máximo sur de nuestro planeta. Lo he recordado estos días, cuando el incansable Trump (¡que bien se lo está pasando, el tío!) está empeñado en quedarse con Groenlandia. Le puede salir algo más caro que a España contentar a Cataluña, pero a él le hace una ilusión que no veas: y donde hay ilusión verdadera, no se mira el precio. A mí haber visitado Groenlandia también me hubiera gustado mucho. Cuando yo aún viajaba me hice el propósito de ir, aunque allí no había hipódromos. Pero su capital se llama Nuuk que mola un montón: ¡es como uno de esos sitios a los que iba Tintin! Me hubiera gustado tanto visitarla y tomar allí suaasat, su sopa de foca, ballena, arroz y lo que se tercie. Hay que aprovechar para tomarla ahora, antes de que llegue la invasión trumpista y todo se convierta en Burger King. Sus habitantes son los inuit, lo que nosotros en nuestro atropello hemos llamado esquimales de toda la vida. Según los antropólogos más populares (los que redactan los folletos de las agencias de viajes) los inuit «son un pueblo amable y tranquilo, son simpáticos, tímidos y risueños (compartir la risa con alguien es equivalente al contacto íntimo) con una moral basada en la generosidad y la comunidad, sin más leyes que las de la experiencia transmitida por la costumbre». Vaya, pues apetece estar entre inuits: sin duda son mucho más tratables que Trump. Yo los conocí durante el trimestre que fui profesor invitado en la universidad danesa de Aarhus y me cayeron sumamente simpáticos: los fines de semana me los encontraba en los bares y debo reconocer humildemente que su entusiasmo etílico me dejaba muy atrás.
Lo más parecido a un espacio polar que he pisado en mi vida ha sido Islandia y sus inmensos glaciares todavía se me aparecen en sueños por la noche. Los glaciares, los geysérs, las fumarolas… era un paisaje de los orígenes del mundo, cuando aún estaba en formación. La guía turística que llevábamos nos advertía que quizá los accidentes geográficos que consignaba hubieran cambiado ya desde la última edición… Todo era blanco, blando, húmedo. Uno se sumergía en el agua caliente de la laguna termal y veía caer la nieve desde lo alto y desaparecer antes de tocarnos como si nos protegiese un escudo invisible. La luz no se apagaba nunca del todo (corría por entonces el mes de julio), solo llegaba a un suave crepúsculo plateado y así permanecía ya hasta el amanecer. A las tres de la madrugada podía verse a los más entusiastas jugando al golf. La comida era lo menos ilusionante del programa, pero no habíamos ido allí por su gastronomía. Y yo fui en la mejor compañía, irrecuperable ya, por la cual sacrificaría hoy si volviese a ser alcanzable el frío y el calor, el mar y el cielo, los glaciares inmensos y el volcán Sneffels por el cual sabemos que se desciendo al centro de la tierra. Pues mi viaje al páramo blanco es ante todo literario, como los mejores que he disfrutado en mi vida. Aquello sobre lo que nada se ha escrito no merece la pena mirarlo. Desde la niñez me gustaron las narraciones sobre las nieves perpetuas y sus criaturas, como los que aparecen en los eternos relatos de Jack London. Mi álbum preferido de Tintín es el que transcurre en el Tíbet, su albúm blanco. Y también tuve (y tengo) un cariño especial por un seguidor de London, el entrañable James Oliver Curwood: ¡cuántos libros suyos bien nevados he leído! «Kazán, perro lobo», «Bari, hijo de Kazán», «Los cazadores de lobos» (sobre el que Budd Boetticher hizo una película a finales de los cuarenta)… ¡Qué inmensa suerte haber pasado mis mejores años como lector sin distraerme con «éxitos» como David Uclés!
Pero sin duda la narración más impresionante que conozco sobre el gran espacio blanco es el final de la única e inconclusa novela de Edgar Allan Poe, «Las aventuras de Arthur Gordon Pym». Tras peripecias por tierra y sobre todo por mar, algunas escalofriantes, el protagonista llega a la zona antártica (sí, desde luego, Groenlandia nos cae un poco lejos) y el relato se va haciendo más enigmático, con la gran figura blanca envuelta en una especie de sudario y que provoca terror en los nativos. No conozco novela que se apodere más profundamente del lector que esta, porque se va haciendo más y más misteriosa mientras el relato avanza hasta dejarnos insólitamente perturbados. Julio Verne se atrevió a escribirle una segunda parte, «La esfinge de los hielos», que no está nada mal (emociona ver a Verne tratando de convertirse al tono de Poe, tan opuesto al suyo) pero es mejor no hacer comparaciones. ¿Ven? Cuánto mejor le iría a Trump (y de rebote también a los inuit) si en vez de empeñarse en conquistar el mundo se dedicase a leer sobre él. Si lo que busca son tierras raras, en ninguna parte las encontrará mejores que en la literatura…