The Objective
Luis Antonio de Villena

Taiwán y Groenlandia

«Autónoma, con su idioma propio, Groenlandia es ahora Europa»

Opinión
Taiwán y Groenlandia

Alejandra Svriz

Alguien auguró —hace el año— que la llegada de Trump, entonces con el tema de los aranceles a troche y moche, iba a ser como la entrada del elefante en una cristalería. Ahora es o parece peor (a mi entender) porque abre mil frentes y no termina de solucionar ninguno —Gaza, Venezuela— y porque es ya nítido que el presidente de EEUU está inmerso en el más puro y duro imperialismo, bajo banderas —solo parcialmente ciertas— de paz y libertad. Lo que Trump quiere imperiosamente es que EEUU sea la primera potencia del mundo (no solo en números) sino en realidad cotidiana, y que todos —China y Rusia aparte— seamos vasallos del Imperio USA. ¿No lo somos ya? Más y mejor. María Corina le ofrece su Premio Nobel de la Paz y recibe buenas palabras, pero no un calendario democrático para Venezuela, donde todavía rige el nefasto chavismo, aunque Maduro esté en la cárcel. La construcción de un nuevo orden mundial —abolido ya lo que, más o menos, salió de Yalta en 1945— es el tema de su hegemonía y no deja de irse complicando. 

Trump quiere Groenlandia, enorme isla cubierta en más de un 85% de hielo perpetuamente, habitada solo en el sur por apenas 57.000 habitantes. Una entidad autónoma desde 1979, perteneciente a Dinamarca desde 1814. ¿Qué quiere Trump en el enorme hielo ártico? ¿Espacio? Eso dijo buscar Hitler. Cuidado. En realidad, una posición geopolítica frente a China y Rusia y una futura fuente de riquezas naturales. Es decir, poder y dinero. El imperialismo básico. Aún duda como arrancarla de Dinamarca (Groenlandia no tiene recursos para ser independiente, es una quimera) aunque la isla desde el vikingo Erik el Rojo ha gravitado en el espacio de la Europa escandinava. Desde 1261 fue soberanía de Noruega, y después —quedó dicho— de Dinamarca. Autónoma, con su idioma propio (el groenlandés, junto al danés) Groenlandia es ahora Europa, como la cercana Islandia con su curioso aparente trastrueque de nombres, «Groenlandia» significa «tierra verde» e «Islandia», «tierra de hielo». Pero en verano hay más verde en Islandia, tierra mucho más habitable que la muy poco verde «Greenland». Aquí no hay problemas de libertad ni de democracia, se trata (en la óptica de Trump) de dominio puro y duro, su voluntad imperial. ¿Lo conseguirá sin atreverse aún con otra isla, rica y fértil, Cuba, casi destruida por 65 años de socialismo dictatorial? ¿Por qué no Cuba antes que Groenlandia en su dialéctica de Imperio? Porque ha empezado por el pastel de Venezuela, y aún no sabemos qué hará y Cuba podría ser, por su ejército y alianzas, un problema más duro. Pero en una Venezuela o una Cuba libres veríamos la mano de un Trump demócrata, antes que la mano de un codicioso Trump. 

«Si la China continental invadiese la pequeña, en comparación, China insular, nuestro César Trump tendría que defender Taiwán. ¿Lo haría de veras?»

Taiwán es otra isla en todo contraria a Groenlandia. Taiwán está muy densamente poblada y es hoy uno de los más ricos países de Asia. La República Popular China —China comunista y ahora capitalista a su modo también— en el río revuelto que agita Trump, pretende hacerse con Taiwán que es la República de China. Si la China continental invadiese la pequeña, en comparación, China insular, nuestro César Trump tendría que defender Taiwán. ¿Lo haría de veras? Taiwán fue descubierta por los portugueses en 1542 y la llamaron Formosa, hermosa. En el siglo XVII tuvo administración solo comercial, holandesa. El Imperio hispánico, entre 1626 y 1642, pone planta y fuertes en Formosa, pero retornan los holandeses. Es a partir de 1684 cuando la última dinastía imperial de China, los Qing o Manchúes se hace con el control de la ya entonces Taiwán, parte del Imperio Chino. Aunque aún llegarían después los japoneses que solo fueron expulsados en 1945, al fin de la II Guerra Mundial, cuando dos Gobiernos y modos de vida, luchan por imponerse en una —entonces— empobrecida China. De un lado el ejército nacionalista del Kuomintang al mando de Chang Kai-shek y del otro el ejército popular del partido comunista chino, mandado por Mao Zedong, quien, tras años de guerra civil, se proclama vencedor en 1949. Entonces se crea la República Popular China, mientras en Taiwán e islotes adyacentes, continúa la República de China, la que derribó en 1912 el decrépito Imperio manchú. Tanto Taipéi como Pekín, con el mismo idioma, se consideran China. No es una cuestión de identidad, todos chinos, sino una cuestión de forma de gobierno y de libertades. En 1949 más de dos millones de chinos continentales se refugiaron del comunismo en Taiwán, y el número creció. Pero el gobierno de Chiang Kai-shek llevó con él un inmenso tesoro de arte chino, hoy visible en el Museo Nacional del Palacio en Taipéi. Mientras, durante la loca Revolución Cultural, los guardias rojos de Mao destruyeron piezas y edificios de la cultura antigua, los grandes museos y monumentos de Taiwán se edificaron al modo tradicional chino incluso pequinés, lo que no excluye la muy moderna Taiwán. Taipéi 101 —con rasgos de pagoda— es uno de los rascacielos mejores y más altos de Asia. La bandera de Taiwán (República de China) fue la bandera china desde 1928 y perdura. La bandera de la República Popular es oficial desde 1949. Son dos modos de China, no dos Chinas. Los chinos continentales (por lo que vengo de decir) no pueden destruir Taiwán, solo unirla a su origen. En Taipéi se escribe el chino tradicional y en Pekín el chino simplificado —menos trazos en bastantes caracteres— pero es lo mismo. ¿Se metería Trump ahí, fuera de su área «pactada» de poder? No lo sabemos y no le incumbe, salvo por mil y un tratados a favor de la libertad, así es que debiera hacerlo.

Trump ¿paladín de la libertad y la paz, fogoso anticomunista? No estaría mal. Pero, Trump ¿adalid de la ganancia económica y el indiscriminado poderío estadounidense? Gustará mucho menos. Aún nada resuelto. La moneda brilla en el aire.

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