The Objective
Antonio Elorza

El gran depredador

«Trump es un impulsor de la inseguridad y de la conflictividad generalizadas. No persigue finalidad alguna colectiva, sino solo la maximización de su poder»

Opinión
El gran depredador

Ilustración de Alejandra Svriz.

Si no recuerdo mal, fue un dibujante del diario El Sol, Luis Bagaría, quien acuñó para Hitler la calificación de «payaso trágico». El dictador alemán era un tipo de egolatría explosiva, cargado de agresividad, de formas zafias e incluso grotescas, las cuales sin embargo no suscitaron irrisión o desprecio, sino que ejercieron como imán de un arrollador movimiento de masas. Le sirvieron para lograr una subordinación inmediata de una sociedad a sus intereses y para la destrucción de todo adversario. En suma, tuvo lugar un innovador y siniestro fenómeno político, tan peligroso como eficaz, cuya aparición solo resultó explicable por los cambios registrados en la comunicación y el liderazgo político en la sociedad de masas. El personaje, de apariencia ridícula y despreciable, pasó a ser ídolo de millones de ciegos seguidores. Casi un siglo más tarde, a nadie conviene mejor ese título de payaso trágico que a Donald Trump.

Lo prueba la vertiginosa sucesión de acontecimientos recientes. En pocos días, entre gestos de triunfo, amenazas y humor de brocha gorda, Trump ha dado todo un recital sobre sus asombrosas capacidades y ambiciones, y de su voluntad irrefrenable de poder. Siempre a partir de una personalización radical de la política y de una renuncia no menos radical a la ideología y a la moral. En primer plano, el éxito de Venezuela, la conquista de su petróleo, desligado de todo compromiso democrático. Como contrapunto, el abandono de Ucrania a su suerte frente a Putin. Falsa coartada, la aparente solidaridad con la revuelta de Irán, atizándola primero y abandonándola de sopetón. A modo de envoltura, la proyección imperialista, de conquista de Groenlandia, acompañada de destrucción o sumisión de Europa. Hacia el interior de su país, represión propia de un régimen totalitario en Minnesota, subproducto de la caza de inmigrantes. Balance: afirmación de un mega-capitalismo de estricta depredación, en cumplimiento de su consigna MAGA, a costa de destruir un orden normativo secular y de la convivencia internacional. Y también de la democracia.

Ha sido evocada la similitud de Trump con el Padrino del film clásico. La primera diferencia de que el presidente americano no está a la cabeza de una mafia. Él es el protagonista único de la organización. En un nuevo panorama político mundial, donde abundan los ejemplos de gansterismo, entendido como formación de un poder personal arbitrario por encima de los aparatos de Estado y de las normas constitucionales, caso de Pedro Sánchez en España, el de Trump es excepcional, ya que pretende instaurar un poder suyo que se sobreponga y anule a toda oposición, y a toda norma, en una esfera de poder trazada por él mismo.

La operación Maduro ha sido un verdadero autorretrato político-moral. La hipótesis de que había sido una agresión pactada, verosímilmente con participación española, directa o indirecta, se confirmó muy pronto con la ausencia de todo cambio político en Caracas, las declaraciones de Albares, el goteo de presos liberados, y la noticia de los contactos previos de la CIA con Diosdado Cabello. Consecuencia: el 3 de enero no se dio un ejercicio de realismo político, con Delcy en el papel de nuevo Suárez, dados la falta de «apoyo popular» (sic) y «respeto» a Corina, sino pura y duramente un ensayo de apropiación del petróleo de Venezuela, a cambio de que todo siguiera estrictamente igual bajo la dictadura chavista.

Sánchez, o Sz/ZP, había realizado ya un magistral ejercicio de cinismo, parando la reacción de la UE al golpe electoral de Maduro y salvando a González Urrutia. Si entonces se opuso a las sanciones, ahora pide de inmediato su levantamiento y cubre desde un principio ante la UE el gran fraude de la apropiación de Venezuela al precio de consolidar un régimen opresor y corrupto. De paso quedan bien cubiertos los pasados tratos de la era Ábalos con la cleptocracia caraqueña, vía Delcy. Con Groenlandia al caer, nadie se ocupará de denunciarlo. En suma, una división implícita del trabajo con Trump, mediante una presión pro-chavista que solo España puede ofrecer en la UE. Será además una colaboración discreta, eficiente y tal vez rentable, compatible con el uso interno de Trump como espantajo político.

«Corona esta faena la estocada del desprecio a la democracia, ahora a costa de la líder opositora María Corina Machado»

Corona esta faena la estocada del desprecio a la democracia, ahora a costa de la líder opositora María Corina Machado, al igual que antes le tocó a Zelenski, aprovechando la siniestra novedad de la sustracción de la medalla como premio Nobel. USA tenía ya una tradición secular de apoyo neocolonial, a la destrucción de la democracia. Esta vez ha añadido una esperpéntica ceremonia de humillación, dirigida a degradar y anular la personalidad política de la víctima. Y con ella de la democracia venezolana aplastada por Maduro. Una dictadura corrupta es un vasallo mucho más seguro.

A medio y largo plazo, Trump olvida la advertencia de Maquiavelo. Aunque luego intente disimular el papel desempeñado, recuerde el resentimiento mantenido por la oposición democrática española respecto de Estados Unidos por el apoyo al franquismo. La «vieja afrenta» será difícil de olvidar.

En la misma línea de actuación, Trump tiene que doblegar y humillar a la UE, sobre todo después del fracaso en ganarse a Putin, que permitirá el aplastamiento de Ucrania. Solo la inesperada resistencia militar de Kiev, tan difícil de sostener, se opone a su lógica de reparto territorial entre imperios, léase de la selva entre las grandes fieras. Y sobre el menor intento de resistencia europea sobre Groenlandia, la respuesta de Trump ha sido inmediata: agresión económica.

Trump aspira a presentarse como el leviatán de Hobbes, el poder absoluto que impone a los demás la sumisión a cambio de la paz, pero en realidad es por sí solo un impulsor de la inseguridad y de la conflictividad generalizadas. No persigue finalidad alguna colectiva, sino solo la maximización de su poder depredador. El ansia por conquistar Groenlandia es la muestra más inmediata.

«Una revolución democrática nunca podrá triunfar sobre la teocracia islámica sin intervención exterior»

Irán es otro ejemplo bien reciente, del precio a pagar por esa subordinación de toda actuación política a su interés personal. La revuelta iniciada el 28 de diciembre fue una nueva prueba de la incompatibilidad entre las demandas de la población iraní y el resuelto propósito de la teocracia por conservar su poder y sus privilegios. A sangre y fuego, literalmente. Es también la comprobación de una ley general: una dictadura islamista, la de los ayatolás, la de los talibanes o la del Estado Islámico, llegará hasta el aniquilamiento de quienes se le enfrenten, con el fin de evitar la instauración de un poder laico. Una revolución democrática nunca podrá triunfar sobre la teocracia islámica sin intervención exterior.

En la superficie, la ocasión parecía óptima para jugar esa baza por Trump, con el gran premio de petróleo incluido, solo que técnicamente, en el plano militar, no estaba en condiciones de aprovecharla. Incluso su mayor portaaviones estaba en el Caribe. A pesar de ello, insistió en azuzar a los manifestantes para que intensificasen las protestas, anunciando una intervención americana que no podía llegar. Resultado: más muertes, y para nada. Llegado el momento la suspensión de unas ejecuciones le permitió salvar la cara en un mutis por el foro. Entre tanto, Jamenei le dirigía la inevitable denuncia y celebraba haber «doblado el espinazo» a sus ciudadanos. Una dictadura islámica está legitimada por Alá y ve en sus oponentes solo agentes del Mal, interior o de los grandes satanes, Israel y Estados Unidos.

Para Trump, solo cuenta él mismo, no el precio que los demás pagan por sus decisiones. Llegados aquí, vale la pena volver la mirada al que considera su gran éxito, la paz en Gaza. Los problemas de abastecimiento siguen, el imperio del hambre sigue, Hamás no ha entregado las armas y el único gran beneficiario, Netanyahu, intensifica una represión mortífera sobre Cisjordania. Algo de dudosa rentabilidad para el propio Israel a medio plazo. 

Trump no quiere la democracia, le resulta inútil como objetivo de política exterior, y hacia el interior de su país, va camino de constituir su principal obstáculo. Dentro de los Estados Unidos no es tan fácil aplastar al adversario como a él le gusta. El levantamiento cívico en Minneapolis contra una forma brutal de persecución de los inmigrantes puede ser el punto de partida del enfrentamiento decisivo entre su voluntad de afirmación personal a toda costa, y la resistencia ofrecida por una sociedad. Las elecciones de noviembre serán una primera piedra de toque. La norteamericana cuenta con dos siglos y medio de vida democrática. Cabe esperar que sobreviva a Trump el diagnóstico de Tocqueville en La democracia en América: «El origen, las luces, y sobre todo las costumbres, les han permitido mantener la soberanía del pueblo». Así sea, por Norteamérica y por el resto del mundo.

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