¿Qué hubiera hecho Winston Churchill?
«Habría dicho que la soberanía de Groenlandia no tiene precio, porque la dignidad de Dinamarca, que es la de toda Europa, no se vende en una subasta de minerales»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hay días en los que en los que la actualidad política me revuelve las tripas con tal eficacia que ni siquiera logro encontrar algo de paz escuchando alguno de mis viejos vinilos de Los Smiths, sobre todo aquellos primeros en los que cada tema iba cargado con un extra de esa recia melancolía eléctrica, tan británica como la mermelada de naranjas amargas, que a veces es la única respuesta cuerda ante un mundo desquiciado.
Un mundo en el que un mercachifle grotesco, un embaucador que además resulta que es el presidente de los Estados Unidos, ha decidido que Europa es el tablero de un Monopoly gigante y que Groenlandia es esa casilla azul oscuro que quiere comprar a golpe de arancel y amenaza militar.
Y no, lo que estamos viviendo no es menor, no es una broma de mal gusto ni una divertida excentricidad. Ni siquiera es sólo una crisis diplomática; es el primer asalto del tecno-autoritarismo (o del tecno-imperialismo si lo prefieren) a Occidente, a la decencia, a todo lo que es bello y justo, a nuestras elecciones libres, a nuestra cultura, a nuestro derecho, al libre comercio, a la libertad de expresión… es decir, todo lo que representa Europa.
Y es que el tipo de la Casa Blanca, ese que confunde la geopolítica con una transacción inmobiliaria en Queens, ha puesto a Europa en su punto de mira: aranceles de mercadillo, amenazas de invasión y un desprecio absoluto por la soberanía de una nación y de un continente aliados que ha compartido con los EEUU todas las trincheras desde el fin de la Gran Guerra. Un panorama de matonismo transatlántico en el que uno no puede evitar hacerse una pregunta: ¿qué hubiera hecho hoy Winston Churchill?
Me refiero al Winston Churchill de verdad, no a la caricatura que algunos usan en sus discursos para justificar cualquier tropelía. Me refiero al hombre que, en los momentos más oscuros de 1940, supo que la libertad no se negocia con quien te pone una pistola sobre la mesa. Churchill, que amaba la «Relación Especial» con Estados Unidos porque creía que era la garantía de la civilización, habría sido el primero en encender un puro y recordarle a Trump que esa relación no se basa en el vasallaje, sino en el respeto mutuo entre democracias libres.
«Churchill sabía que el apaciguamiento solo alimenta al cocodrilo con la esperanza de ser el último en ser devorado»
Winston, que en Zúrich nos pidió crear una familia europea donde las naciones pequeñas contarán tanto como las grandes, habría visto en esta agresión a Dinamarca un ataque directo a la línea de flotación de Occidente. No se habría quedado callado mientras el Chamberlain entreguista de turno redactaba comunicados tibios en Bruselas o mientras algunos, engorilados por la retórica populista, aplauden desde la distancia al matón de turno. Churchill habría dicho que la soberanía de Groenlandia no tiene precio, porque la dignidad de Dinamarca, que es la de toda Europa, no se vende en una subasta de minerales.
Si el viejo león levantara la cabeza hoy, no perdería el tiempo en el politiqués que tanto nos agota. Habría mirado a los ojos de los líderes europeos y les habría instado a sacar todo su armamento económico sin temblarles el pulso. Porque ante alguien que usa el comercio como arma de guerra contra sus propios amigos, la única respuesta es la firmeza y la unidad inquebrantable. Churchill sabía que el apaciguamiento solo alimenta al cocodrilo con la esperanza de ser el último en ser devorado. Y Groenlandia no va a ser el aperitivo de nadie.
Nosotros, que a veces parecemos seres confundidos en medio de las ruinas de una civilización que se desmorona, deberíamos aprender de esa claridad moral. No se trata de elegir entre Trump o el vacío; se trata de elegir entre la libertad de un pueblo soberano o la sumisión ante el capricho de un tipo cuya mente enferma siente que anexionar territorios es «psicológicamente necesario para el éxito». Churchill habría defendido Groenlandia como defendió las islas británicas: con palabras que son ejércitos y con una fe inquebrantable en que el derecho está por encima de la fuerza.
Así que, mientras vuelve a sonar de fondo la voz de Morrissey cantando su Bigmouth Strikes again me quedo con esa imagen: la de un Churchill que no se rinde, la de una Europa que se planta y la de una Groenlandia que sigue siendo dueña de su destino.
Porque si permitimos que la fuerza sustituya a la ley, lo próximo no serán los aranceles, sino el fin de todo lo que nos hace ciudadanos libres. Y eso, amigos, cuando se pierde es muy complicado de recuperar.